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El origen e historia de la Feria de Navidad de València

Desde sus inicios, la feria ha sido trashumante. Nadie la quiere cerca, aunque todos la hayan disfrutado alguna vez. Y los ayuntamientos han debatido siempre dónde colocarla para hacer felices a todos.

La València olvidada. La Feria de Navidad

La València olvidada. La Feria de Navidad

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Valencia

"La València olvidada" se ha desplazado este jueves hasta la plaza del Ayuntamiento de València, junto a una de esas bolas gigantes de la decoración de Navidad.  El objetivo es recordar que aquí, en este suelo, ha estado docenas de años la popular Feria de Navidad. Porque València, como todas las grandes ciudades y pueblos de España, solía montar una feria en la que había casetas para la venta de dulces y turrones, al tiempo que reservaba un espacio para el comercio de aves destinadas a las comidas y cenas de las fiestas.

Todo empezó a organizarse hacia 1867. Cerca del Ayuntamiento, la plaza de San Francisco, donde se había despejado la comunicación entre la calle de las Barcas y la de la Sangre, sede del Ayuntamiento, se empezó a configurar como un espacio central de la ciudad, dado que allí llegaba el ferrocarril. Quedaba en pie el viejo convento de San Francisco, utilizado como cuartel de Caballería, pero había sitio para ubicar una feria de golosinas a la que se unieron puestos de baratijas, juguetes y algunas atracciones de circo con feriantes.

Como siempre ocurre, el lugar elegido para la feria gustó a unos y molestó a otros. De modo que al año siguiente se probó con más éxito en la Glorieta y el Parterre, los únicos jardines de la ciudad. Pero siguió el debate. Y empezó el movimiento ambulatorio de una feria que entre 1872-1878 se ubicó en los solares de San Cristóbal, cerca de la calle del Mar, y en los diez años siguientes volvió a la Glorieta.

Desde sus inicios, la feria ha sido trashumante. Nadie la quiere cerca, aunque todos la hayan disfrutado alguna vez. Y los ayuntamientos han debatido siempre dónde colocarla para hacer felices a todos.

En 1891 se derribó todo el cuartel de San Francisco y la ciudad se encontró en el centro con un enorme solar, el de la actual plaza del Ayuntamiento. Y allí entre comentarios que dijeron que la feria pasaba de un jardín a un corral, se ubicó en 1895, donde tuvo 30 columnas de cinco brazos de luces de gas para admiración de los valencianos.

Históricamente, la feria donde más ha estado ha sido en esta plaza y en la Glorieta. Y aquí se ha ido adaptando al espacio disponible. Porque se construyó el primer jardín y los feriantes se fueron acoplando a los solares que se formaron, sobre todo cuando la estación se trasladó a su emplazamiento actual. El solar de la Equitativa, el de Telefónica, y el suelo destinado a construir la avenida del marqués de Sotelo, llamada entonces de Amalio Gimeno. Después, la feria ha ido a muchos lugares de la ciudad donde había solares o avenidas en proyecto: en la Gran Vía de Germanías, por ejemplo, estuvo durante los años veinte y treinta. Pero yo la he conocido en la Alameda durante décadas, pese a las quejas de los vecinos; y en la avenida de la Plata, en el cauce del Turia e incluso dentro del Mercado de Abastos... Ahora está en el puerto.

En sus años mejores, que yo creo que fueron los de finales del XIX y primeras décadas del XX, era una feria circense típica. Con casetas del hombre más alto del mundo, de la mujer barbuda, del tragasables y del mago que hipnotizaba a cualquier espectador. Tenía casetas de tiro y muchas tómbolas. Tenía charlatanes que vendían crecepelos y hojitas de afeitar. Y en los primeros tiempos del cine albergó hasta cuatro chiringuitos de proyecciones de los hermanos Lumiere. En 1902, hay que recordar que se produjo el incendio del circo de los leones de Malleu y que se escaparon dos de las fieras, contenidas a punta de látigo por su valiente domador.

Después fue llegando, además, el tiovivo, el tren de la Bruja, el grandioso tobogán de la Exposición de 1909 y toda clase de atracciones feriales: la Ola y los Urales, el balancé y la noria. Y cuando la técnica lo permitió, los coches de choque y la montaña rusa. Muchos valencianos habrán oído hablar del Luna Park, que fue un conjunto de atracciones con patinaje, y desde luego todos evocamos las románticas casetas de algodón dulce, de manzanas de caramelo y almendras garrapiñadas... un clásico acompañamiento festivo de la Navidad.

Como todo en la vida, tiempos felices salpicados de jornadas trágicas también. La feria, como es evidente, está expuesta a la climatología, y en València ha habido años de muy mal tiempo, de grandes vendavales que han restado público o han dañado incluso las instalaciones. La improvisación municipal y la lluvia convertían la feria, muchas veces, en un barrizal.

Pero el año peor de la Feria de Navidad fue 1926. La feria estaba instalada entre Germanías y la plaza de toros. Y el 22 de enero, un carrusel que hacía volar en círculos unos carromatos con forma de aviones, sufrió un accidente terrible. Uno de los asientos, con cinco niños y jóvenes a bordo, salió disparado al romper sus cadenas. El artefacto dio tres giros completos a los pasajeros aterrorizados antes de derrumbarse sobre la gente que huyó despavorida. Hubo en total cuatro muertos y más de cuarenta heridos. Por esas fechas podemos ver los primeros comentarios en la prensa en demanda de inspecciones de seguridad serias para unas atracciones feriales que, sin duda alguna, requerían de un control técnico municipal.

** Texto de Francisco Pérez Puche, cronista oficial de la ciudad de València. Periodista y escritor.

 
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