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La Ventana de la Memoria
Política

José San Martín: su hijo Koldo se hizo guardia civil para ocupar su lugar tras matarle ETA

El capitulo 76 de 'La ventana de la memoria' aborda también el tratamiento psicológico a las víctimas del terrorismo

Capítulo 76 / José San Martín

Vitoria-Gasteiz

El 25 febrero de 1992, sobre las dos y media de la tarde, el guardia civil José San Martín Bretón salió de la estación de tren de Algorta (Bizkaia), donde vivía, para ir a casa a comer. Allí, se encontraba esperando un miembro de ETA, que le disparó por la espalda, le remató en el suelo y huyó con un cómplice en coche al grito de 'Gora ETA'. José tenía 48 años, dejó viuda y dos hijos. Le recordamos en el capítulo 76 de 'La ventana de la memoria'.

Koldo, uno de sus hijos, se hizo guardia civil porque "a mi padre lo asesinaron, lo quitaron de en medio y yo decidí ocupar su sitio". Su padre, José, era riojano, pero amaba Euskadi. Llegó desde La Rioja a trabajar al País vasco, en una naviera, "pero luego decidió prosperar y se hizo guardia civil".

Fue destinado al cuartel de La Salve, en Bilbao. La familia vivía en Erandio, pero "por razones de seguridad a mi padre le aconsejaron que nos trasladáramos a un cuartel" en Algorta.

La infancia y adolescencia de Koldo como hijo de guardia civil en Euskadi fue "complicada". "Yo empecé a ser víctima sin saberlo", recuerda. "Mi padre nos enseñó a ocultar su profesión, que no podíamos decirla porque había gente que no le gustaba y le podían causar daño". Koldo cuenta que cuando le preguntaban a qué se dedicaba su padre, él decía que "funcionario", como le habían enseñado en casa, aunque no supiera ni qué era eso. Y a la hora de estudiar con sus compañeros de clase, "siempre me las tenía que ingeniar para que nadie viniese a mi casa, porque era el cuartel". Recuerda también que, cuando vivían en Erandio, "el día en que había colada de uniformes de mi padre, mi madre hacía colada de sábanas y mantas. En los voladores, por los laterales ponía sábanas largas y por el interior mezclaba los uniformes con ropa de paisano para que el color verde no identificase que ahí vivía un guardia civil".

El 25 de febrero de 1992, Koldo se encontraba en Cádiz haciendo el servicio militar. Pese al tiempo transcurrido lo recuerda todo "como si fuese ayer". Su padre se marchó a trabajar, como todas las mañanas. "Se despidió de mi madre. Los dos no sabían que iba a ser la última vez que se iban a ver". Al mediodía, José salió antes de trabajar y regresó a Algorta en tren, rompiendo las rutinas, porque iba a acompañar a Nekane, la novia de Koldo, a hacer una gestiones con el seguro. "Al salir de la estación, cuando llega a la plaza Villamonte, allí había un comando esperando para cometer una acción terrorista. Y mi padre tuvo la mala suerte que una de los terroristas, María Ángeles Pérez del Río, sabía que era guardia civil. Cuando vi a mi padre hizo una señal a Juan Carlos Iglesias, alias Gadafi, que salió detrás y le descerrojó un tiro en la nuca, por la espalda. En el primer tiro ya estaba muerto. Pero el terrorista, para asegurar su huida, le metió un segundo tiro en el suelo, en la cabeza. El tiro de gracia, que le llamaban", relata.

"ETA también mato a mi madre"

Toda la vida de la familia se truncó aquel día. Tuvieron que dejar el cuartel de Algorta y volvieron a Logroño "a empezar una nueva vida". Koldo decidió hacerse guardia civil para ocupar el sitio dejado por su padre. Su madre "lo llevó muy mal, siempre digo que aquel día ETA mató a mi madre también. Aquel día sufrió cinco infartos, reventó el marcapasos".

Koldo volvió a Euskadi, ya de guardia civil, a la prisión de Nanclares de la Oca (Álava), aunque hoy en día reside en Logroño y colabora como víctima educadora. "Yo tenía una cosa muy clara, que esto se tiene que contar y que la gente joven tiene que saber". Reconoce que "es bastante duro y complicado, porque te tienes que desnudar por dentro delante de personas que no conoces", pero para él merece la pena "porque la reacción de los chavales es muy buena".

En esos encuentros con alumnos y alumnas de bachillerato, Koldo les suele contar que necesitó ayuda psicológica, "porque esto se hace bola y necesitas ayuda para que te ayude a tirar. Yo intenté hacerlo solo y no pude". A los chicos les llama mucho la atención el tema del perdón, de los beneficios penitenciarios, pero, sobre todo, el de la venganza. "Algunos me preguntan ¿pero tú no te has vengado? Y les digo que no, porque la diferencia que hay entre un terrorista y yo es que yo no soy un asesino". Y se emociona al recordar que, a veces, "cuando acabas, hay gente que viene y te dice, ¿te puedo dar un abrazo? Y eso, eso es adrenalina pura".

¿Cómo se puede hacer tanto daño?

Mónica Pereira es psicóloga en emergencias de la red nacional para la atención a las víctimas del terrorismo del Ministerio del Interior. Tiene larga trayectoria en tratar a víctimas de terrorismo y catástrofes, que "ambas sufren la misma reacción inicial, pero la diferencia está en que, cuando está la mano del hombre en medio, es mucho más difícil de superar y de entender por qué alguien puede hacernos tanto daño".

Esa es una de las preguntas que se hacen las víctimas, como "¿por qué a mí? Y, sobre todo, la pregunta que viene después, cuando las cosas no se solucionan como a ellos les gustaría, ¿por qué es tan injusto?, ¿por qué no pagan los que tienen que pagar? Muchas personas se quedan enganchadas a esa necesidad de resarcimiento".

Pereira distingue entre las víctimas que reciben ayuda psicológica en los primeros momentos y aquellas que lo hacen pasados muchos años. "Si la recibes al principio, el tratamiento te ayuda a recuperarte dentro de tus propios valores. Cuando pasa mucho tiempo, lo que ocurre es que se transforma la personalidad, empiezas a ver el mundo de una manera diferente y siempre más negativa que antes", explica.

Los síntomas con los que acuden a las consultas suele consistir en un trastorno de estrés postraumático, "básicamente son experimentaciones de lo vivido, ya sea en el día a día, ya sea mediante pesadillas; un nivel elevado de ansiedad; y un cambio en la percepción del mundo".

"Cambia su esquema de valores y "cosas que antes le parecían importantes ahora les parecen absurdas; y al revés. Pero ocurre que el resto del mundo no ha cambiado con ellos y entonces se genera una escisión con el mundo con el que convivían anteriormente".

No venganza, pero sí reparación

A los bachilleres les llama la atención que las víctimas nunca recurran a la venganza, pero Pereira tiene una explicación psicológica para ello. "Hay una explicación que es que no quiero convertirme en la persona que me ha hecho daño a mí. Ese ojo por ojo es ponerse en el mismo lugar que la otra persona. Cuando se trabaja en terapia, la sed de venganza viene de la rabia. Si trabajamos la rabia, reducimos esa necesidad de venganza. Lo que no quiere decir que no necesiten reparación, que no necesiten saber que se ha hecho algo desde la sociedad, desde el Estado, desde las instituciones...para resarcir su dolor".

La reflexión final de 'La ventana de la memoria' la firma la asociación 'Marques de las amarillas' de guardias civiles.

Eva Domaika

Jefa de informativos en Cadena SER Vitoria. Presenta...