"Sabes que están violentando tus derechos y no puedes hacer nada”
Maritza, Yanet y Carmen ponen voz a la precariedad y el desgaste que atraviesan muchas trabajadoras del hogar y de los cuidados en Gipuzkoa
Maritza, Yanet y Carmen ponen voz a la precariedad y el desgaste que atraviesan muchas trabajadoras del hogar y de los cuidados en Gipuzkoa
“En vez de apoyarme, sentí que me terminaron de hundir”. La frase es de Carmen Gaitán, trabajadora del hogar y de los cuidados durante 14 años en Gipuzkoa, y resume una de las grietas más profundas de este sector: la distancia entre el vínculo afectivo que se construye en las casas y la realidad de quienes sostienen los cuidados. Carmen, economista y madre de cuatro hijos, llegó desde Nicaragua con la idea de trabajar unos años y regresar. No fue así. Pasó más de una década como interna y hoy arrastra una depresión por la que lleva casi dos años de baja. La despidieron y ni siquiera sabe si podrá volver al mismo trabajo.
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Su testimonio, junto al de Maritza Moreno y Yanet Flores Cunaya, pone rostro a una realidad que SOS Racismo Gipuzkoa quiere visibilizar en la jornada ‘Mi trabajo en tu hogar es trabajo’, que se celebrará el 14 de marzo en el Museo San Telmo de San Sebastián. Las tres relatan en ‘Hoy por Hoy San Sebastián’ una experiencia compartida que se resume en largas jornadas sin descanso, miedo a reclamar y una sensación persistente de invisibilidad.
Maritza Moreno llegó desde Nicaragua empujada por una situación difícil en su país. Allí había sido docente y estudiado trabajo social. En Gipuzkoa, encadenó cinco años como interna sin vacaciones ni festivos pagados. “Sabes que te están violentando tus derechos y no puedes hacer nada. Sientes una impotencia terrible”, cuenta.
Yanet Flores Cunaya, nacida en Perú, llegó tras quedarse viuda, con dos hijos y la necesidad de salir adelante. En Perú había sido peluquera. En España, sin papeles, el empleo doméstico y el cuidado de mayores fueron la vía de entrada al mercado laboral. Logró estudiar peluquería, pero los problemas de salud la devolvieron al sector del que nunca llegó a salir del todo. “Te dicen que eres de la familia, pero en la realidad no es así”, afirma.
El miedo a hablar
En los testimonios se repite un patrón: el régimen de internas como forma de disponibilidad casi total. “El tiempo no es tuyo. El tiempo es del empleador”, resume Carmen. En su caso, comenzaba la jornada los domingos por la tarde y salía los sábados, mientras Maritza apenas podía salir unas horas el fin de semana.
A esa sobrecarga se añade el miedo. Miedo a perder el trabajo, a no regularizar la situación, a reclamar salarios o descansos, a enfermar. “Si vas a hablar, a decir que te pagamos mal, te podemos echar”, recuerda Yanet sobre las amenazas veladas que muchas trabajadoras reciben cuando no conocen bien sus derechos o no tienen margen para defenderlos.
Cariño exigido, derechos negados
La técnica del área de trabajo del hogar de SOS Racismo Gipuzkoa, Marlin Castillo, introduce otro elemento revelador. Algunas ofertas de empleo siguen exigiendo que la trabajadora sea “cariñosa”, además de contar con formación o experiencia. Para la entidad, ese detalle aparentemente menor retrata bien la posición ambigua que ocupa este trabajo. Se exige entrega emocional, pero esa implicación afectiva no siempre se corresponde con mejores condiciones ni con más protección cuando la trabajadora necesita apoyo.
Desde el sector insisten en que no se trata solo de empleadores, sino de un sistema de cuidados que descansa en gran medida sobre mujeres migrantes, con poca protección y escaso reconocimiento.
Preguntadas sobre qué es para ellas la dignidad, coinciden: “hacer valer tus derechos” y perder el miedo a hablar. Para cuidar bien no basta con tener paciencia o vocación; hacen falta descanso, protección, reconocimiento y condiciones que no destruyan a quien sostiene el cuidado. Lo que falla, sugieren, no es solo una familia o un empleador concreto, sino una estructura que resuelve una necesidad social básica a costa de trabajo invisible y vulnerable.