El Rubio y el FiSahara, la cultura como arma de resistencia y esperanza en el desierto
La XIX edición de esta muestra de cine se celebra este año de 27 de Abril a 3 de Mayo

Vitoria-Gasteiz
El cuarto episodio del podcast "El Rubio: una historia del Sáhara" profundiza en cómo el pueblo saharaui ha convertido el arte, el cine y la literatura en su principal herramienta de resistencia tras décadas de exilio en la hamada argelina.
El origen de una convicción, de las trincheras a las letras
Ahmed Lefdellel, conocido como "El Rubio", relata una trayectoria vital que comenzó en el frente de batalla y que, con el tiempo, logró consolidar la cultura como un pilar fundamental de la identidad de su pueblo frente al olvido internacional.
Al estallar la guerra en 1.975, Ahmed partió hacia el frente con una mochila que contenía lo que él considera "el mejor equipaje que se puede llevar en la vida", una fotografía del Che, un libro de Federico García Lorca y una cinta de Joan Manuel Serrat con poemas de Miguel Hernández. Durante 47 años, estos objetos han sido su brújula anímica.
En medio del conflicto armado, impulsó la que sería la única clase de español en el frente de batalla; bajo la sombra de una acacia y aprovechando los momentos en los que el estruendo de las armas callaba, utilizaba una pizarra y tizas para enseñar el abecedario a sus compañeros, convencido de que la cultura "puede ser un arma para construir".


Con la firma del alto el fuego en 1.991, la lucha saharaui se trasladó al terreno de dar visibilidad a la situación de su pueblo. Ahmed, que trabajaba desde 1996 en el Ministerio de Cultura, ideó en 1.998 el festival internacional de música "Sáhara en el Corazón" en la wilaya (provincia) de Esmara. A pesar del éxito rotundo de esta primera edición, la falta de financiación dificultó la continuidad del proyecto, lo que le llevó a buscar nuevas formas de expresión.
FiSahara, un sueño en la arena
Fue en el año 2.000 cuando un encuentro fortuito con el cineasta Javier Corcuera, quien inicialmente viajaba para realizar un documental, cambió el rumbo de la resistencia cultural en los campamentos de refugiados de Tinduf.
Durante una expedición al campamento de su ciudad natal, Dajla, el más remoto de todos, le propuso a Corcuera una idea que en ese momento parecía un despropósito, organizar un festival de cine en pleno desierto. "Estás loco", fue la respuesta inicial del cineasta, pero la perseverancia de "El Rubio" permitió que en 2.003 naciera el FiSahara.
Aquellos inicios fueron especialmente duros: sin red eléctrica ni vehículos, el equipo debía comprar carburante cada noche para alimentar grupos electrógenos que permitieran proyectar películas sobre pantallas improvisadas ante un público masivo que llenaba la arena bajo las estrellas.
Impacto social y apoyo internacional
El proyecto creció gracias al respaldo vital de figuras de la cultura como Pilar Bardem, quien fue la primera en ofrecer su ayuda incondicional, o actores como Juan Diego Botto. Testimonios como el de Guille Galván, integrante de Vetusta Morla, retratan a Lefdellel como un anfitrión incansable, capaz de "conseguir lo inconseguible" entre las ventiscas del desierto para que los artistas invitados comprendieran la historia y la dignidad de su pueblo.


La llegada de este festival supuso un hito visual y emocional sin precedentes para una población que vivía aislada. Como relata el propio Ahmed, muchos niños nacidos en el refugio vieron por primera vez en su vida una pantalla gigante, transportada en camiones que transformaban la arena del desierto en una sala de cine bajo las estrellas. La actriz Nathalie Poza describe como "conmovedor" el impacto de ver a familias enteras sentadas en el suelo, descubriendo a través del séptimo arte historias que les conectaban con el resto de la humanidad.
Actores como Luis Tosar, Clara Lago, Guillermo Toledo o Itziar Ituño destacan cómo esta experiencia transformadora permite al mundo del cine convertirse en un altavoz de la "causa justa y noble" de un pueblo que se niega a ser olvidado. La documentalista norteamericana Pamela Yates afirma que "es un festival que combina la política con el arte y la cultura...es un acto de resistencia".
Uno de los secretos del FiSahara es su modelo de convivencia único: los artistas invitados no se alojan en hoteles, sino que conviven en las jaimas de las familias saharauis. Esta dinámica genera vínculos profundos, hasta el punto de que el premio del festival, el Camello Blanco,-símbolo de la paz-, es tradicionalmente donado como muestra de gratitud por los cineastas ganadores a sus familias de acogida, que a su vez se han convertido en los mayores promotores de las obras de sus "huéspedes".


En su XIX edición, bajo la dirección de María Carrión, el FiSahara se va a celebrar del 27 de abril al 3 de mayo de este año en el campo de refugiados de Ausserd consolidándose como una herramienta de diplomacia cultural que logra reunir lo que la política ha sido incapaz de resolver en casi medio siglo.
El legado, una nueva generación de narradores
Gracias a su impulso, se ha creado la Escuela de Formación Audiovisual Abidin Kaid Saleh, una escuela de cine en los propios campamentos, permitiendo que una nueva generación de cineastas saharauis, con un papel protagonista de las mujeres, ruede sus propios documentales y películas. Para nuestro protagonista, este es el mayor logro: que su pueblo ya no sea solo objeto de documentales ajenos, sino que tenga las herramientas para narrar su propia historia.
El Sáhara ha dejado de ser meramente un espacio geográfico usurpado para convertirse en un "estado de ánimo" y una causa noble, sostenida por la lucha cultural de sus habitantes.




