Opinión

Disiento

El estilita / Radio Coruña

A Coruña

“Disiento”. En cuanto dije eso, supe que me había vuelto a pasar. Estaba en una sala de la Comandancia de la Guardia Civil, con compañeros de otros medios, algunos mandos de la Benemérita y los responsables del gabinete de comunicación. Faltaban tres días para la Navidad y habían organizado una reunión para comentar algunos aspectos del trabajo. No me tocaba trabajar, pero aquello tampoco era trabajo, solo era algo social. En media hora estaría fuera. Entré al reservado junto a la cantina. Llegué de los últimos, y para entonces ya estaban bebiendo y charlando animadamente varios compañeros, esencialmente de radio y una de televisión, que no conocía, además de dos colegas de un medio escrito. Tras saludar, me serví algo y me mojé los labios. No conocía al nuevo comandante, que acababa de incorporarse, y resultó ser un tipo de estatura media, con gafas y un ojo blanco. Parecía afable.

Las periodistas de medios audiovisuales comenzaron a alabar la labor del gabinete de comunicación de la Guardia Civil que, hay que reconocerlo, sabía hacer su trabajo. Producía noticias a menudo, y las acompañaba de material gráfico, que es todo lo que puedes esperar de un gabinete de prensa. Las compañeras se dirigieron al coronel explicando lo bien que estaban las imágenes y los vídeos que le enviaban, pero que las periodistas de la radio también necesitaban audios. Le daba más autenticidad que lo leyera un mando de la Guardia Civil. Suspiré. El responsable de prensa me preguntó por qué estaba tan callado. Bromeé algo para animar el ambiente y entonces alguien, no recuerdo quién, afirmó que sin el gabinete de comunicación no podríamos hacer nuestro trabajo, que prácticamente nos salvaba la vida. Y ahí fue cuando tuve que disentir.

“Para mí, el gabinete no es más que un obstáculo que tengo que sortear”. En cuanto lo dije en voz alta, hubo risas, y la de prensa pareció ofendida. “¿Ah, sí?”, dijo. Me expliqué: a mí no me sirve de nada tener la información al mismo tiempo que el resto. Trabajo para un pequeño periódico, y nadie va a leer la información en él si la puede escuchar en la radio o en la televisión, o leerla en cualquiera de los otros periódicos. Necesitaba adelantarme, y el gabinete de prensa no iba a darme preferencia, así que nunca conseguiría una primicia, que es lo que garantizaba las visitas en la página web. “Vivimos y morimos por las visitas”, dije, como si impartiera una especie de discurso motivacional. Podía ver por el rabillo del ojo que alguien de la competencia asentía. En realidad, yo iba mucho más allá: despreciaba la idea de que los periodistas estamos aquí para hacernos eco de la información que los gabinetes de prensa deciden entregarnos en la cantidad y el momento que ellos deciden. Para cortar y pegar no necesitas un periodista, el desafío está en conseguir la información que no quieren darte, la que te pone en cabeza aunque solo sea por un día, con la certeza de saber que en las demás redacciones se comentará tu noticia, que tus compañeros de oficio saben apreciar, mucho más que los lectores. Para mí, los gabinetes de prensa producían propaganda a partir de la información, y los periodistas debíamos producir noticias. A lo más que podíamos llegar era a aliados de circunstancias.

Por supuesto, los guardias civiles no lo entendían. Para empezar, se quejaban de que podíamos poner en peligro las operaciones policiales haciendo saltar la liebre antes de tiempo. O simplemente porque las filtraciones les dejaban mal: unas semanas atrás, había recibido la llamada nada menos que del anterior coronel de la Comandancia (acababa de jubilarse), muy molesto porque había publicado una gran operación antidroga conjunta con la Policía Nacional en la que habían conseguido incautarse de 14 kilos de heroína. Todos sabían que pasaba algo, por los coches patrulla yendo y viniendo por la ciudad, pero había sido yo quien había descubierto los detalles o más bien mi contacto en la Guardia Civil, al que llamo la Pilarica, de la que ya he hablado. Al día siguiente, estaba muy satisfecho de mí mismo, repantigado en la redacción y encantado de haberme conocido, cuando llamó el coronel para echarme la bronca.

Al parecer, la jueza instructora estaba muy molesta por haberse enterado de la operación por la prensa, pero aquello me parecía un precio muy pequeño a pagar por una exclusiva. Sobre todo, si lo pagaban ellos. Escenifiqué la que había sido mi respuesta ante compañeros y guardias civiles. Me encogí de hombros y puse cara de inocencia, mirando directamente al nuevo jefe, para que supiera con quién se jugaba los cuartos: “Le dije ‘Mi coronel ¿Acaso recriminaría a un hombre que robara un pedazo de pan para comer?’”. Todos se rieron, incluso la de prensa, muy a su pesar. “No es lo mismo”, protestó. Me volví hacia ella y le respondí, tajante: “Claro que sí, porque si no lo saco primero, no me como nada”.

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