La ciencia se asoma a la Semana Santa: del laboratorio a la torrija y al arte de Salzillo
López Nicolás revela en Hora Cofrade cómo la física, la química y la biología explican la gastronomía tradicional y la obra ‘La Oración en el Huerto’

MURCIA
La Semana Santa no solo es emoción, fe y tradición. También es ciencia. Así lo demuestra el científico, docente y divulgador, José Manuel López Nicolás, que ha pasado por Hora Cofrade para explicar que, detrás de un dulce tan cotidiano como la torrija o de una obra maestra como La Oración en el Huerto de Salzillo, hay más química y física de la que imaginamos.

La ciencia se asoma a la Semana Santa: del laboratorio a la torrija y al arte de Salzillo
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López Nicolás asegura que cada torrija es “un experimento científico perfecto”. Todo empieza con el pan duro, cuyo bajo nivel de humedad permite absorber la leche gracias a un proceso físico llamado imbibición, una absorción por capilaridad clave para que la torrija mantenga su forma. La leche infusionada con limón y canela libera compuestos aromáticos —como el limoneno y el cinamaldehído— que impregnan el pan.
Luego llega el huevo, donde las proteínas se desnaturalizan y crean una red que “sella” la torrija y evita que se rompa al freírla. Y en la sartén ocurre la magia: la reacción de Maillard, responsable del dorado, el aroma tostado y el sabor tan característico. Incluso el azúcar o la miel del final tienen explicación científica, desde la caramelización hasta procesos de ósmosis que modifican la textura interna.
Pero la ciencia no se queda en la cocina. López Nicolás invita a mirar el paso salzillesco La Oración en el Huerto como si fuera un laboratorio. Explica que Salzillo eligió la madera de ciprés por sus propiedades biológicas y resistencia natural, utilizó pigmentos procedentes de insectos y minerales de medio mundo, y dominó con precisión la anatomía humana para reproducir músculos, tendones y posturas con rigor casi académico.
También hay ingeniería y física: las figuras esconden estructuras internas de madera y hierro, y el escultor calculó el centro de masas de cada una para garantizar su estabilidad durante la procesión. La óptica entra en juego con el claroscuro que dirige la mirada del espectador, y la geología y la química aparecen en los pigmentos —desde ocres hasta lapislázuli— y en los materiales utilizados en el estofado y los adhesivos.
Incluso detalles curiosos, como los dátiles naturales del paso, tienen lectura científica: son energéticos, ricos en fibra y micronutrientes, y forman parte de una tradición popular que rodea a la obra.
Con todo ello, López Nicolás defiende que la ciencia no resta emoción a la Semana Santa: “al contrario, la amplifica”. Porque comprender lo que ocurre detrás de cada torrija y cada talla aumenta la admiración por un patrimonio cultural que también es, en gran medida, un prodigio de conocimiento acumulado durante siglos.




