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Crítica de 'Top Gun: Maverick' | Tom Cruise se niega a jubilarse en un blockbuster emotivo, épico y machirulo

El actor regresa al taquillazo que le convirtió en estrella en una película nostálgica, machirula y también divertida para el verano

Tom Cruise en Top Gun / cedida

El mundo de Top Gun Maverick es un poco como el nuestro, está en plena decadencia, pero se resiste a morir. Maverick, ese piloto chulesco y seguro de sí mismo, con ganas de comerse el mundo y ser el número uno de su promoción que conocimos en 1986 a ritmo de Take my breathe away, está ahora a punto de la jubilación, aunque se resista. Se ha quedado obsoleto, o eso parece.

Nuestro héroe ve cómo su puesto de trabajo -y el de sus compañeros- peligra, porque el gobierno desvía los fondos hacia los drones a expensas de los pilotos humanos. “El futuro se acerca, y tú no estás en eso”, le gruñe el almirante Ed Harris. Pero Cruise, la última gran estrella de Hollywood, a punto de cumplir 60 años, y con una nueva entrega pendiente de Misión imposible y esta vuelta de Top Gun, película que le dio el cariño de la taquilla, todavía tiene mucho que ofrecer.

Todos los personajes que rodean a Cruise consideran su personaje como una reliquia, tal y como le pasa al mismísimo James Bond, alguien de otro mundo, que ya no encaja, pero al mismo tiempo es una leyenda, el único capaz de seguir batiendo récords de velocidad en el aire. Esa reliquia es laboral y heroica, pero también sexual. .

La secuela llega en la época de los drones, ya han pasado unas cuantas guerras: Vietnam, Irak 1, Bosnia, Irak 2 y ahora hay un enemigo del que no se dice su nacionalidad. Curioso en una película que lleva varios años en el cajón y que se estrena en plena ofensiva rusa contra Ucrania y contra la OTAN. De hecho es una misión de la OTAN la que este piloto tendrá que dirigir. Y mantiene o repite algunas de las escenas y momentos que tanto gustaron de la cinta original, la dirigida por Tony Scott.

Tom Cruise volviendo al bar y descubriendo a unos jóvenes insolentes, como lo fue él en su día, a los que tendrá que formar para la nueva misión. La música sonando de repente en momentos álgidos, la estética, los vuelos, los cuerpos sudorosos y desnudos jugando en la playa, hasta el machismo se repite. Y sin embargo, en esa repetición la secuela encuentra su propio espacio y configura como un blockbuster que funciona, que apela a la nostalgia, a la épica -muchísimo más que en la primera-, al amor romántico y a las espectaculares escenas de acción. En esto se nota que el cine de acción ha cambiado en las últimas décadas y Joseph Kosinski se suma a la acumulación de acción, desgracias y desafíos en los últimos minutos. Después de la difícil misión en tierras enemigas, hay persecuciones de misiles, drones y motores que explotan. Y la acumulación funciona.

La tragedia bordea todo el rato, pero no acaba de aparecer, pues la tragedia también es nostálgica, está en el pasado. Nada que ver con la fuente de conflicto en la trama de la primera, que se centraba en cómo lidiar con el duelo de un compañero. Aquí ese duelo y la muerte aparecen siempre como referencia al pasado. Está Val Kilmer en una emotiva escena de despedida a un actor que ya no puede hablar debido a las secuelas de un cáncer de garganta

Centrémonos en el amor romántico, quizá lo que más chirría de un blockbuster refrescante y divertido. El personaje vivía en la primera un romance con su superiora, a la que evidentemente le daba su poquito de mansplaning. Qué se le va a hacer, eran los ochenta. Después del Me Too y otras cuantas reivindicaciones más, el viejo mundo de Top Gun no muere del todo tampoco en este aspecto. Ninguna de las dos actrices que aparecían en la original están en la secuela. Al personaje de Meg Ryan -madre de uno de los protagonistas, Milles Teller, que parece hermano de Cruise- la han matado y aparece solo en un flashback y una foto. Tampoco Kelly McGillis, Charlie en la cinta original. La actriz dejó claro en una entrevista en Entertainment Tonight que era “vieja, gorda y aparento mi edad. Y eso no es lo que se lleva a escena“. Han sustituido al objeto del deseo de la primera, por otro nuevo, la actriz Jennifer Connelly, un personaje que es una ex novia de Cruise con la que vuelve a encontrarse, pero que no es Charlie. 14 años más joven que McGillis y más delgada.

En el 86, Top Gun fue todo un fenómeno. Puso de moda una forma de vestir, un modelo de gafas y hasta sirvió como campaña de reclutamiento para el ejército en plena era Reagan, la del expansionismo, la de la aparente gloria, la de la exaltación de la masculinidad, aunque sin olvidar esa lectura homoerótica que nos regaló el mismísimo Tarantino. Este nuevo Top Gun nos recuerda con nostalgia lo que fueron aquellos años, es casi una captura de un momento concreto, donde esos hombres blancos estadounidenses sintieron que vivirían para siempre. Pero todo se acaba, Cruise está cerca de la jubilación, el mansplaining se denuncia, y los pilotos son sustituidos por la tecnología. Mientras eso llega, disfrutemos de lo que queda, viene a decirnos Top Gun.

El tiempo es el tema central de Maverick. El pasado como trauma que puede repetirse. Ese temor del personaje a volver a perder a su compañero, el hijo de su amigo fallecido. O al futuro, qué pasará con su oficio, con su nuevo amor. O al tiempo de la acción, ¿lograrán acabar la misión en esos escasos dos minutos y explotar todo el uranio enriquecido que un país del eje del mal ha recopilado? Pero hay un tiempo más, fuera de la trama. A Maverick le preocupa que el tiempo borre sus hazañas, que no haya legado. Ese susurro del personaje de "Todavía hay tiempo" en un momento crucial de la acción, es también un susurro a los cines, a la taquilla, a los espectadores. Todavía hay tiempo para recuperar el cine.

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