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Opinión

Pelota de ping pong

Solemos imaginar la materialización del mal como algún objeto siniestro: las alambras de Auschwitz o algún instrumento de tortura. Pero muchas veces el mal no es más que un objeto corriente. Como una pelota de ping pong.

Pelota de ping pong

Pelota de ping pong

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Madrid

Durante los últimos 100 años, millones de personas se han exiliado de Latinoamérica por motivos políticos. El momento álgido fue entre los años 60 y 80, cuando el continente sufrió una oleada de dictaduras sanguinarias, auspiciadas por EEUU. Una de las más salvajes fue la de Argentina. Se calcula que medio millón de argentinos abandonaron el país huyendo de la persecución política entre 1976 y 1983. Es posiblemente el segundo mayor exilio político del siglo XX. El primero fue el provocado por la Guerra civil española. Los que lograron huir fueron los afortunados. Los desafortunados fueron los 30.000 desaparecidos que dejó el régimen, casi todos asesinados por las fuerzas de represión. A ellos hay que añadir las decenas de miles que pasaron por centros de detención clandestinos pero sobrevivieron.

Los centros de desaparición clandestinos eran los lugares a los que iban a parar las personas secuestradas por las fuerzas de seguridad del estado. Allí sufrían torturas, abusos sexuales y todo tipo de vejaciones y privaciones. A muchos los acababan arrojando al mar o al Río de la Plata desde un helicóptero -los famosos vuelos de la muerte.

Hoy me gustaría hablaros de una pelota de ping pong.

Os preguntaréis qué tiene que ver una pelota de ping pong con la represión. Dejadme que os lo cuente.

Poco después de acabada la dictadura, y al contrario de lo que sucedió en España, en Argentina se inició un proceso de justicia transicional y de recuperación de la memoria. Como parte de este proceso se realizaron numerosas exhumaciones de fosas y se excavaron centros de detención clandestinos. Los arqueólogos excavaron algunos de ellos para encontrar pruebas de los crímenes cometidos y convertirlos en sitios de memoria.

Uno de ellos fue el denominado Club Atlético. Funcionó solo algunos meses de 1977 y a continuación fue demolido y se le construyó encima una autopista. Porque la dictadura tenía muy claro que lo que cometía eran crímenes que había que ocultar. En el centro había 41 celdas y tres salas de tortura por las que pasaron un mínimo de 1.500 personas.

En las excavaciones se localizaron miles de objetos. Entre ellos, una pelota de ping pong.

¿Qué hacía allí? Los supervivientes dieron la clave. Resulta que los torturadores, en sus muchas horas muertas, se dedicaban a jugar al ping pong. Tranquilamente. De hecho, el sonido repetitivo de las pelotas rebotando es una memoria recurrente entre los antiguos prisioneros. Hay que tener en cuenta que los presos tenían los ojos vendados. No podían ver. Pero escuchaban. Y en circunstancias de privación sensorial, los sentidos que permanecen activos se vuelven hipersensibles. El chasquido de las pelotas de pingpong, el golpe del plástico contra la madera, se grabó así a fuego en la memoria. Algunos llegaron a pensar que era una grabación, otra forma de hacerles enloquecer.

Solemos imaginar la materialización del mal como algún objeto siniestro: las alambras de Auschwitz o algún instrumento de tortura. Pero muchas veces el mal no es más que un objeto corriente. Como una pelota de ping pong.

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