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'Modelo 77', el thriller carcelario que explica las cuentas pendientes de la Transición

Alberto Rodríguez inaugura el Festival de Cine de San Sebastián con un poderoso thriller sobre la lucha de los presos sociales en las cárceles españolas con Javier Gutiérrez y Miguel Herrán

Fotograma de 'Modelo 77'

San Sebastián

Alberto Rodríguez y Rafa Cobos, director y guionista sevillanos, han ido configurando en su cine, dicen que sin planearlo, un relato que cuestiona la versión oficial o la versión oficialista de la historia reciente de España. Grupo 7, sobre la cara b de la Expo de Sevilla, La isla mínima, sobre cómo la justicia y la policía actuó tras la muerte de Franco, El hombre de las mil caras, sobre Roldán, incluso la serie La Peste, sobre la corrupción en el siglo XVI, pueden leerse como una crónica alternativa a convenciones que todos hemos asumido como parte de un relato único.

Con Modelo 77, un thriller carcelario rodado dentro de la famosa cárcel barcelonesa, supone un paso más en esa línea narrativa. Si la construcción de esa cárcel estaba inspirada en ese modelo panóptico, que diseccionaba Foucault, la película ahonda, precisamente, en las teorías del filósofo francés sobre el castigo y la vigilancia. Los setenta fueron una época de crisis económica, frente al desarrollismo de la década anterior. La delincuencia creció, ya que la dictadura no ofrecía otro modo de vida. Además, había leyes para detener a los homosexuales. La muerte de Franco y la posterior amnistía sacó de la cárcel a los presos políticos, pero los presos comunes siguieron cumpliendo las condenas impuestas por tribunales franquistas. Ahí estaba el Tribunal de Orden Público, la Ley de Bandidaje y Terrorismo, la Ley de Peligrosidad Social o los Consejos de Guerra. Ese magma de criminalidad, de desazón e injusticia, pero también las ansias de libertad que imponía el momento de cambio de nuestro país, se cuelan por el relato de la película.

La necesidad de los derechos de la población reclusa

Las galerías de los presos políticos eran universidades, las de los presos comunes eran un mercadillo. Lo explica César Rubio en su libro Cárceles en llamas: el movimiento de presos sociales en la Transición y lo evidencia el relato de Modelo 77 que funciona como una metáfora perfecta de lo que fue y de cómo se comportó la sociedad española del momento.

Rodríguez sitúa bajo las celdas y naves de la cárcel a unos actores estupendos, liderados por Javier Gutiérrez y Miguel Herrán, pero donde destacan también los secundarios, Fernando Tejero y Jesús Carroza. El de Modelo 77 es un relato coral, de las muchas realidades que sufrieron unos años a un tiempo esperanzadores y la vez decepcionantes. Lo hace con una decisión compleja, la de poner a delincuentes, sin explicar si han matado, si han robado o han traficado. Pueden ser culpables, pero ese no es el debate que plantea la película, sino la necesidad de derechos de la población reclusa.

Está la condescendencia, la falta de salidas económicas, las torturas de una política y unos funcionarios que no hicieron la transición. Que, como el personaje de Javier Gutiérrez en La isla mínima, seguían oponiendo los métodos de la dictadura en plena democracia. “Las palizas eran la continuación de la vigilancia penitenciaria por otros medios”, dice Rubio en su libro parafraseando a Clausewitz. Y por supuesto, está la heroína. Un factor que, junto a las torturas, acabó con la lucha sindical dentro de las prisiones. Ocurrió en la Modelo, pero también en Carabanchel o en tantas cárceles de España. Sobre la heroína, fue la manera de romper la lucha que COPEL, la organización de presos, llevó a cabo mediante huelgas, acciones y protestas. Y aquí volvemos a la metáfora con la España de los setenta y ochenta. Fue al droga también la que acabó con una parte importante de la juventud obrera, de esos barrios de Bilbao, Barcelona, Valencia o Madrid, donde empezaba la lucha por los derechos que la nueva democracia estaba dejando de lado.

Al igual que en sus anteriores películas en esta todo encaja. La fotografía de Álex Catalá que vuelve a fijarse en la documentación de la época, en esa cúpula de cristal, para recrear aquella miseria y aquella sensación de opresión. Rodríguez parece más austero que en otras ocasiones y, como siempre, la música de Julio de la Rosa vuelve a meternos en esta cárcel, donde la fuga es lo de menos, porque lo que importa es que el espectador viva, a través del personaje de Miguel Herrán, que podríamos ser cualquiera, la entrada en un submundo apartado e injusto de la sociedad española. Hay también una relectura actual, de lo que pasa dentro de una prisión, de aquello que no vemos, ni queremos ver y de cómo juzgamos a quién está dentro.

En fin, Modelo 77 se acerca al thriller, a la acción de esa fuga, pero sobre todo a la emoción y al retrato de unos personajes que brillan por encima del relato y que demuestran, una vez más, que esa transición “modélica”, lejos de romper con la dictadura, dejó intactas instituciones y personas del antiguo régimen.

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