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Ciencia y tecnología

La COVID-19 es mucho más que una infección respiratoria: numerosas autopsias revelan que puede afectar a cualquier órgano durante meses

Un estudio revela que la enfermedad puede atacar distintas partes del cuerpo incluso meses después de la infección

Dosis de vacuna contra la covid-19 / Borja Abargues

Madrid

Ya han pasado más de tres años desde que las autoridades chinas confirmaran los primeros casos de COVID-19 en la región china de Wuhan. Después de que varias personas ingresaran en uno de los hospitales de la capital de Hubei aquejadas de una neumonía provocada por este nuevo tipo de coronavirus, muchos compararon esta enfermedad con el síndrome agudo respiratorios grave (SARS) que contagió a 8.000 personas de 29 países y territorios diferentes entre 2002 y 2004. Desde entonces se han registrado 664 millones de contagios en todo el mundo y 6,7 millones de defunciones, tal y como refleja el mapa desarrollado por la Universidad de Johns Hopkins en su página web.

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Algo que ha llevado a los investigadores e investigadoras de todo el mundo a tratar de comprender qué hay detrás de la misma. Y lo cierto es que, tres años después de estos primeros casos, siguen descubriendo datos hasta ahora inéditos sobre esta enfermedad. Hace ya varias semanas, un grupo de investigadores de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos publicaban los resultados de un estudio en la revista de divulgación científica Nature en los que daban a conocer que la COVID-19 es mucho más que una enfermedad respiratoria.

Descubren restos de SARS-CoV-2 230 días después de la infección

Después de llevar a cabo un total de 44 autopsias a personas fallecidas como consecuencia de la COVID-19, los investigadores han encontrado restos de SARS-CoV-2 en todo el cuerpo. Desde los pulmones hasta otros órganos como el corazón, el bazo, los riñones, el hígado, el colon, el tórax, los músculos, los nervios, el tracto reproductivo el ojo e incluso el cerebro. Tal y como destacan en Science Alert, los investigadores llegaron a detectar restos del nuevo coronavirus en el cerebro de un paciente fallecido 230 días después de que comenzara a mostrar síntomas: "Nuestros datos indican que el SARS-CoV-2 puede provocar una infección sistémica y persistir en el organismo durante meses en algunos pacientes".

Para llegar a esta conclusión, los responsables de este estudio analizaron el nivel de ARN mensajero del SARS-CoV-2 en 85 lugares y fluidos. De esta manera, los investigadores pudieron conocer de primera mano dónde podría haberse replicado el virus durante la vida de una persona. Después de llevar a cabo estas autopsias a personas fallecidas entre abril de 2020 y marzo de 2021, los científicos descubrieron que las personas mayores no vacunadas fallecidas como consecuencia de la COVID-19 mostraron signos de replicación del SARS-CoV-2 en un total de 79 lugares y fluidos corporales.

¿Cómo viaja por nuestro cuerpo?

De hecho, el estudio publicado en Nature apunta a que algunos de los cambios en los órganos de las personas fallecidas se hicieron evidentes en las dos semanas posteriores a la aparición de los primeros síntomas. Mientras que los pulmones de las personas analizadas estaban menos infectados que al principio en las etapas posteriores a la recuperación de la COVID-19, otras partes del cuerpo no mostraron tanta mejoría: "Aunque la mayor carga de SARS-CoV-2 se encuentra en los tejidos respiratorios, el virus puede diseminarse por todo el cuerpo". Sin embargo, por el momento no saben cómo puede propagarse a los distintos puntos del cuerpo.

En el estudio publicado por los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos, los investigadores aseguran que no se han encontrado restos virales detectables en el plasma sanguíneo. Por esa misma razón, el patógeno podría estar viajando por otros medios para llegar a distintas partes del cuerpo. Dado que por el momento se desconoce la manera en la que el virus viaja por el cuerpo, los investigadores aseguran que tratarán de dar con la respuesta a este enigma en los próximos meses porque podría ser fundamental para comprender por qué algunos pacientes sufren de COVID-19 de larga duración.

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