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Cannes 2023 | Justine Triet alerta de los peligros de la autoficción en 'Anatomía de una caída'

La directora francesa divierte con un drama judicial que funciona como un reloj y que muestra una de las mejores interpretaciones del certamen, la de la actriz alemana Sandra Hüller

Fotograma de 'Anatomía de una caída' / Festival de Cannes

Cannes

La autoficción es el género de moda. Después del Premio Nobel de Annie Ernaux y de las películas que los directores consagrados se encargan de realizar cada año sobre sus infancias o adolescencias. Pero la autoficción, una manera de contar la vida de una mismo para contar la de todo un país, una comunidad o lo que se quiera, también entraña sus peligros. Es la lección que sacamos de Anatomía d'une chute, película que compite por la Palma de Oro en el Festival de Cannes y que dirige la directora francesa Justine Triet.

La cineasta ganó el César a la mejor ópera prima con La batalla de Solferino, antes de eso, la película fue presentada en el Festival de Cannes en 2013. Fue también la película que dio la bienvenida al gobierno del socialista François Hollande. La historia de una pareja y su hijo en un momento de caos, la celebración de la victoria electoral del nuevo presidente en el centro de París, donde la madre, reportera, debe cubrir el momento estelar. Un retrato de una generación y de las dinámicas perversas de la pareja y la familia, un tema que la directora volvió a tratar en Victoria y la magnífica Sybil y que ahora desarrolla desde otro punto de vista en Anatomía de una caída.

Triet forma parte de una nueva generación de directores y actores que, con respeto hacia la nouvelle vague francesa, han ido reconfigurando el cine francés actual. La propuesta de la directora ha sido la de hibridrar varios géneros, jugar con lo autobiográfico y lo generacional y hablar de temas cotidianos. En esta ocasión elige el thriller judicial, el melodrama y la comedia para contar un juicio y reconstruir el crimen que la justicia trata de dilucidar. Un padre de familia aparece muerto de una caída en una casa de montaña en medio de la nieve, en Grenoble. La principal sospechosa es la mujer, una escritora alemana, que trata de sobreponerse a un accidente que dejó casi ciego al hijo de ambos.

Como en Sybil, la directora se adentra en la psicología de sus personajes, siempre con una sospecha, pero también con carisma. La directora va dejando pistas de lo que pudo ocurrir en esa casa, antes del accidente o asesinato. Reconstruir la historia a partir del testimonio hablado en el juicio, de recuerdos y de memoria y de escenas donde el sonido y la imagen muestran ciertas disonancias, porque la verdad no es de un solo palo.

Como en sus películas, las mujeres son complejas, guardan secretos y cometen errores. De ahí que no sean aceptadas por la comunidad, como le pasa al personaje de Sandra Hüller, una escritora seca, prepotente y alemana, que no tiene nada que ver con el entorno francés donde se ha criado su marido. Celos profesionales, celos sexuales, infidelidades y reparto de tareas, temas que están en una sociedad de clase media alta y que dinamitan la manera en la que se ha configurado el rol de las mujeres y los hombres en el matrimonio o la pareja.

En esta cautivadora película, la directora francesa hace además otra cosa interesante, explorar la relación que cada uno de nosotros tenemos con la ficción, con las narrativas y los símbolos. En realidad, Anatomia de una caída es una clase de semiótica, sobre cómo puede interpretarse un signo, con el magnífico ejemplo de una grabación de una pelea, o la lectura de uno de los libros de la sospechosa, escritora que usa la autoficción, lo que la hace todavía más sospechosa al hablar de los traumas íntimos de pareja en sus escritos. Narrativas reduccionistas como las que hace la prensa, los abogados acusadores y qeu son capaces de condenar a inocentes, aunque la película no se mete a descubrir el misterio, sino simplemente cómo el misterio cambia dependiendo del relato que se cuenta de él.

En esas narrativas se encuentra, por supuesto, el machismo. Y es que para determinar si es culpable, se analizará su vida sexual, la forma en que cuida de su hijo, su carrera y su rol como vecina. Las apariencias, de nuevo, por encima de las evidencias. Y aquí, el público español, se acordará del Caso Vaninkof. Para Triet, la justicia no es el lugar de la verdad, sino el lugar donde cada uno se intenta reapropiar de la historia. Las referencias visuales son obvias, desde Doce hombres sin piedad, obra clave del cine procesal, a la más reciente Saint Omer, aunque en este caso Triet aporta humor y cotidianidad a los espectadores y tomas a veces borrosas, que se acercan al documental, con zooms y movimientos de cámara, para dar más sensación de estar en esa peligrosa línea de la autoficción. Las peleas y la disección de la pareja moderna nos recuerda a Historia de un matrimonio, película con Adam Driver y Scarlett Johansson.

Triet cambia los roles tradicionales y abre la caja de pandora. La pelea entre ambos está basada en los reproches masculinos, de un hombre que se ha quedado al cuidado del hijo, mientras ella escribía y desarrollaba su carrera. Incapaz de aceptar el éxito de su pareja y su rol de cuidador, entra en una depresión y en disputa permanente. Un reflejo veraz del momento actual de cambio de roles en la sociedad moderna post Me Too. En medio de todo esto, la que brilla es la actriz alemana, Sandra Hüller, descubierta precisamente en este festival con la comedia de Maren Ade, Toni Erdmann, que también está en otra de las cintas en competición, The Zone of interest, de Jonathan Glazer. Aquí lleva el peso de toda la historia pasando de la comedia, al drama, sin alejarse de la naturalidad y cambiando el francés y el inglés en ese tenso juicio.

 
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