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Sociedad

Pensar antes de juzgar: dilemas jurídicos

Félix Martín reflexiona y desmiente algunas creencias jurídicas aceptadas popularmente

Pensar antes de juzgar: dilemas jurídicos

Existen muchas creencias jurídicas que todos tenemos y que repetimos con mucha seguridad sin haberlas pensado demasiado. Por ello, nuestro fiscal Félix Martín nos plantea varios dilemas que ayudan a entender porqué la respuesta correcta puede no coincidir con lo que nos sale de forma intuitiva.

Primer dilema: presunción de inocencia

Esta situación podría vivirla cualquiera. Imagina que uno de tus amigos con quien compartes tiempo, conversaciones y confianza es acusado de un delito contra la libertad sexual. No hay sentencia ni condena. Jurídicamente, tiene presunción de inocencia. Ese amigo acude a ti y pide apoyo. Quiere seguir quedando, hablar... hay varias opciones que podríamos elegir:

  • Opción uno: apoyo a mi amigo. Sigo a su lado porque mantiene su inocencia y tiene presunción de inocencia.
  • Opción dos: no le apoyo. Me distancio al menos hasta que se aclare la situación.

Tal y como está formulada la pregunta, las dos son correctas y, al mismo tiempo, ninguna. Se explica con una imagen muy conocida. La justicia se representa como una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Esa venda significa dos cosas: La primera, que a la justicia como idea abstracta sí hay que exigirle ser aséptica. Esto quiere decir que la justicia no le puede importar si el acusado es simpático, si es feo, si nos cae bien, o quién es.

Institucionalmente, la respuesta es clara: justicia significa presunción de inocencia hasta sentencia. Pero esa exigencia solo se hace a la institución de la justicia, no a las víctimas. No se puede exigir a los amigos porque dejaríamos de ser seres humanos.

Nuestra reacción depende de cosas humanas: de la conciencia ética, de cómo nos sentimos en ese momento, de lo que sentimos por esa persona, del juicio personal que hacemos. Porque los prejuicios desaparecen cuando los miramos de frente. El problema no es tener prejuicios es creer que no los tenemos. El día que uno se convence de que es completamente neutral, deja de hacerse preguntas y esto es muy peligroso.

Segundo dilema: legítima defensa

Imagina esta situación: es de noche, estás en casa y escuchas un ruido. Alguien ha entrado sin permiso. Sales, te lo encuentras y hay miedo. Reaccionas con violencia y el intruso queda gravemente herido… o incluso muere.

Hay varias opciones:

  • Opción uno: Es legítima defensa. Entró en mi casa, como él cometió allanamiento de morada eso me legitima a defenderme. Mi reacción está justificada
  • Opción dos: No todo vale. Defenderse no es lo mismo que castigar ni que vengarse. Mi comportamiento no puede tener amparo legal.

Hay una frase que se repite mucho: 'Se lo ha buscado'. Esta es la clave de la confusión, una cosa es entender el miedo y otra convertirlo en una licencia para hacer cualquier cosa. En España, la legítima defensa es una eximente jurídica muy concreta que exige que concurran tres elementos:

  • El primero, agresión ilegítima: tiene que haber un ataque real a bienes serios: la vida, la integridad. No basta la sospecha.
  • Segundo elemento, necesidad racional del medio empleado. Es decir, que no hubiera otra forma razonable menos lesiva de frenar la agresión.
  • El tercero, proporcionalidad. Es decir, que la respuesta no sea excesiva en relación con la agresión.

Si la respuesta es excesiva, y continúa más allá del ataque no hablamos de legítima defensa, sino de pretexto de defensa. En España estos requisitos actúan como freno: protegen al agredido y a la sociedad de la venganza privada.

Y aquí la pregunta ya no es solo jurídica, también es ética: ¿Queremos una sociedad donde la ley permita matar para proteger una casa?

Tercer dilema: la prescripción

Hay decisiones del Derecho que racionalmente se pueden explicar, pero emocionalmente cuestan mucho de aceptar. Imagina un hecho ocurrido hace 25 o 30 años. Testigos que ya no recuerdan bien. Documentos que no existen. Pruebas que se han degradado o han desaparecido. La persona investigada ha hecho su vida. No ha vuelto a delinquir. Ha formado una familia. Ha trabajado. Y décadas después, el Estado decide juzgarle. ¿Sería eso justo?

La clave está en que la prescripción no existe para proteger al culpable, sino para proteger la justicia material. El Derecho penal busca castigar bien y el paso del tiempo afecta a algo esencial: la fiabilidad del juicio. Con el tiempo: la memoria falla, las pruebas se degradan, los testigos desaparecen... Un juicio así corre el riesgo de no ser justo ni para la víctima ni para el acusado. A veces, juzgar tarde es juzgar mal. En esos casos debemos buscar otras formas de reparar a las víctimas

La prescripción es un equilibrio entre memoria, justicia y seguridad jurídica. Por eso es mala cuando deja a una víctima sin reparación y es justa cuando evita un juicio injusto por el simple paso del tiempo.

Quizá esa sea la idea que une todo el concurso de hoy: en el derecho como en la vida, las cosas no son lo que parecen.