Observo y experimento
Si observamos cómo va el mundo, vemos que es tal cual lo experimentamos. No estamos equivocados, solo estamos solos

Barcelona
Llevo el método científico metido en el tuétano de los huesos. Todo empezó en el colegio. Había un libro que se llamaba Observo y experimento. Pero soy mal científico, pues lo hago al revés. Primero experimento y después observo. Resulta que me doy cuenta de las cosas una vez que han pasado. Sin talento para ser científico, me quedé en escéptico. Es casi lo mismo; pero, a diferencia de los científicos, los escépticos no sacamos conclusiones. Somos así por romanticismo. Un romántico les tiene pánico a las conclusiones. Reparen en las vidas de los románticos, y vean cómo acabó la mayoría. Desengáñense, las vidas de nuestros autores románticos concluían sin romanticismo. El ejemplo de Larra no sirve. Era medio francés. Los españoles nos hemos hecho franceses o con los libros, quienes tenían recursos, o trabajando, quienes no tenían; por ejemplo, yendo a la vendimia. La historia del pobre se cuenta con uvas. Vean, si no, El lazarillo de Tormes o Las uvas de la ira. A lo que iba, observemos la biografía de nuestro gran poeta romántico, José de Espronceda. Resulta que murió de garrotillo, como en La familia de Pascual Duarte. Bueno, en la novela de Cela, el prota murió en el garrote, y había un niño que moría de moquillo. Durante la posguerra, si no la fusilaba Franco, a la gente se la llevaba el garrotillo, una perlesía o un cólico miserere. Ahora, nos suenan lejanas; pero, con esas palabras, vemos que los antiguos fallecían abrazados al vocabulario, agarrados las palabras que habían dicho en la vida. Las palabras estaban llenas de experiencia. Lo que se observaba era lo que se experimentaba. Y también ahora es así. Si observamos cómo va el mundo, vemos que es tal cual lo experimentamos. No estamos equivocados, solo estamos solos.




