Opinión

Nunca fuimos a la Luna

Ese primer paso está bien, aunque uno se pregunta si no deberíamos mostrar la misma preocupación por otros grupos de edad, sobre todo el de los más mayores, que tampoco parecen inmunes en absoluto a la toxicidad de las redes

Un anciano sostiene un teléfono móvil / Bloom Productions

Madrid

El mundo comienza a reaccionar por fin ante la evidencia de los perjuicios que las redes sociales están causando al bienestar emocional y la salud mental de los adolescentes. Australia ha sido pionera en prohibir el acceso a los menores y otros países, como Francia, Reino Unido, Dinamarca o España, se están moviendo en la misma dirección. Nos ha costado ver que tras esas nuevas formas de relacionarse había mecanismos diseñados para crear adicción, aumentar la fragilidad emocional, debilitar la capacidad de atención y hacer más fácil el acoso.

Ese primer paso está bien, aunque uno se pregunta si no deberíamos mostrar la misma preocupación por otros grupos de edad, sobre todo el de los más mayores, que tampoco parecen inmunes en absoluto a la toxicidad de las redes. Es fácil intuirlo observándolos en el transporte público o en las largas esperas en las consultas médicas.

Hay varios rasgos que distinguen a estos mayores vulnerables: en lugar de manejar el móvil con ambas manos simultáneamente, usan solo el dedo índice -rígido y parsimonioso, como si estuvieran contando billetes- de su mano preferida; miran la pantalla muy de cerca, por razones obvias; y a menudo se olvidan de que tienen el volumen demasiado alto por su déficit de audición, con lo que molestan a todo el mundo a su alrededor con la sucesión veloz de ruidos, risas y músicas absurdas que salen de su teléfono supuestamente inteligente.

Pero, más que esa mera constatación de las limitaciones físicas que impone la edad llama la atención la expresión de credulidad y fascinación con que se asoman a esas ráfagas de contenidos. Si se piensa bien, mientras para los adolescentes la tecnología digital es algo natural que conocen desde su más tierna edad, para los mayores representa casi un milagro que ese objeto que nos cabe en un bolsillo nos dé acceso instantáneo y permanente a tantas noticias, eventos y conocimientos. Desde ese punto de vista, son un grupo social más predispuesto a prestar atención y verosimilitud a un instrumento que les permite acceder a contenidos que antes no estaban a su alcance fácilmente y que, en consecuencia, les hace sentirse más autónomos y capaces de entender los enredos del mundo.

Esa sensación de empoderamiento, lejos de ser ridícula, es sin duda admirable. Aprender y descubrir cosas que uno no sabía es siempre una conquista intelectual que debería estar al alcance de todas las personas a lo largo de toda la vida. El problema es que a nadie se le habría ocurrido pensar que esa maravilla tecnológica serviría también para canalizar contenidos -cortos, rápidos, excitantes, inapelables y que no dejan respiro ni tiempo para pensar- gestionados por algoritmos que privilegian todo lo que causa mayor impacto y crea adhesión y adicción, sin ningún filtro respecto a su relación con la verdad.

Con esa exposición permanente y con bajas defensas frente a un canal de comunicación tan poco fiable no se hace raro que un 22 % de los adultos españoles no crean que el hombre ha llegado a la Luna o que el 15 % crean que el cambio climático es un invento de los científicos para conseguir mayor financiación, según datos de la reciente encuesta de la Fundación BBVA sobre cultura científica. Un estudio que señala que la mayoría de la población española se siente cercana al mundo de la ciencia, aunque esa confianza disminuye en las personas mayores de 54 años.

Vivimos con seguridad en un mundo más informado y con mayor nivel de educación. Lo que ha cambiado es la percepción de la ignorancia. Tradicionalmente, la ignorancia se sentía culpable y se ocultaba salvo para alguna discusión atolondrada en la barra del bar. Hoy la ignorancia no se reconoce a sí misma, porque las redes sociales han convencido a sus víctimas de que no son ignorantes, sino personas que se han abierto a la luz de los hechos alternativos que alguien les estaba ocultando. Y de ahí es difícil salir.

José Carlos Arnal Losilla

Periodista y escritor. Autor de “Ciudad abierta,...