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Un sistema solar imposible desafía todo lo que sabíamos sobre la formación de planetas

Patricia Fernández de Lis cuenta cómo los astrónomos descubren en torno a la estrella LHS 1903 una arquitectura inédita: un planeta rocoso más allá de dos gigantes gaseosos

Madrid

Un equipo internacional de más de 150 astrónomos de 17 países ha descubierto un sistema planetario que no se parece a nada observado hasta ahora. El hallazgo, publicado este jueves en la revista Science, describe cuatro planetas orbitando la estrella enana roja LHS 1903 con una disposición que contradice las teorías clásicas sobre cómo se forman y organizan los sistemas solares.

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Ciencia | Un sistema solar imposible desafía todo lo que sabíamos sobre la formación de planetas

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Como ha contado la periodista Patricia Fernández de Lis en Hora 25, hasta ahora, tanto los modelos teóricos como las observaciones confirmaban un patrón claro: los planetas rocosos, como la Tierra o Marte, se sitúan cerca de su estrella, mientras que los gigantes gaseosos, como Júpiter o Neptuno, ocupan órbitas más lejanas. La explicación es física y sencilla: el intenso calor de la estrella impide que los gases se acumulen en las regiones más internas durante la formación del sistema.

Sin embargo, LHS 1903 rompe esa regla. El sistema cuenta con un planeta rocoso en la órbita más cercana a la estrella, seguido por dos planetas gaseosos de tamaño similar a Neptuno. Y, más allá de estos gigantes, aparece otro planeta rocoso. Es decir, un mundo sólido situado donde, según la teoría, no debería existir.

Vainas de guisantes

En más de 6.000 exoplanetas descubiertos y casi 4.500 sistemas planetarios catalogados, nunca se había observado una arquitectura semejante. Muchos sistemas alrededor de enanas rojas —estrellas más pequeñas y frías que el Sol— presentan configuraciones homogéneas, con planetas de tamaño similar alineados como "vainas de guisantes". Este, en cambio, combina cuerpos rocosos y gaseosos en un orden insólito, como si en la misma vaina convivieran guisantes y lentejas alternados.

La explicación propuesta por los investigadores es aún más disruptiva que la propia disposición. Según sus cálculos, el planeta rocoso exterior no se formó al mismo tiempo que los otros tres, sino millones de años después. En una primera fase, cuando el disco de gas y polvo que rodeaba la estrella aún conservaba abundante material gaseoso, se habrían formado los tres planetas interiores. Los dos centrales, al crecer, capturaron grandes envolturas de gas y se convirtieron en mini-Neptunos.

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Pero cuando el gas ya se había disipado, el material sólido restante habría dado lugar a un cuarto planeta rocoso en una órbita más externa. De confirmarse, el sistema sería el primer ejemplo claro de una doble “génesis” planetaria en un mismo entorno estelar.

El planeta más llamativo, ese mundo rocoso exterior, tiene un radio 1,7 veces el de la Tierra y una densidad similar, lo que indica que es un cuerpo sólido. Sin embargo, no parece un candidato prometedor para albergar vida. Completa una órbita en apenas 29 días y su temperatura superficial ronda los 60 grados centígrados, probablemente demasiado elevada para mantener agua líquida estable.

Más allá de la cuestión de la habitabilidad, el descubrimiento obliga a revisar los modelos actuales de formación planetaria. Si los sistemas pueden organizarse de formas tan distintas, las posibilidades de encontrar mundos potencialmente habitables podrían ser mayores de lo previsto.

El hallazgo ha sido posible gracias a una combinación de telescopios espaciales y terrestres. Los tres primeros planetas fueron detectados por el satélite TESS de la NASA y confirmados con observaciones desde Canarias, México y Hawái. El cuarto planeta, el que altera por completo el esquema, fue identificado por el telescopio espacial europeo Cheops. El descubrimiento llega en un momento clave, cuando la Agencia Espacial Europea debate ampliar la vida operativa de Cheops tres años más.

La avispa de película de terror

Más allá del espacio, Fernández de Lis también ha dejado otra investigación llamativa en el ámbito de la biología. Científicos chinos han desentrañado el mecanismo molecular por el que la avispa Cotesia vestalis castra a las orugas en las que deposita sus huevos. Junto a ellos, inyecta un virus integrado en su propio ADN que bloquea la producción de esperma del huésped, redirigiendo su energía hacia el desarrollo de las larvas.

Este caso, como otros ejemplos de manipulación parasitaria en la naturaleza, ilustra una auténtica carrera armamentística evolutiva. Además, tiene aplicaciones prácticas: la oruga afectada es la polilla de la col, una plaga que causa pérdidas millonarias en cultivos. Comprender estos mecanismos podría permitir el desarrollo de biopesticidas más sostenibles, sustituyendo insecticidas químicos por control biológico.

Álvaro García-Dotor

Álvaro García-Dotor

Periodista en Hora 25

 

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