"Cruces y rayas que forman secuencias": investigan un sistema de protoescritura 40.000 años más antiguo que las tablillas de Mesopotamia
Un estudio sugiere que, mucho antes de que los sumerios usaran los primeros sistemas de escritura, los humanos del Paleolítico ya utilizaban complejas secuencias de signos para codificar información

La figurilla de Adorant de la cueva de Geißenklösterle, de aproximadamente 38.000 años de antigüedad.

Hace 40.000 años, un hombre de las cavernas grabó unas pequeñas marcas en el marfil de un colmillo de mamut. No sabemos qué significan y probablemente no lo sepamos nunca. Pero su repetición le dice a muchos expertos en lenguaje que es bastante probable que no fueran casuales. Probablemente, nuestro antepasado estaba anotando algo en un objeto que luego podía transportar. ¿Quizás eran las piezas de caza que llevaban ese invierno? Ha pasado tanto tiempo que ese rastro quizás es imposible de seguir más allá de la imaginación.
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Sin embargo, la investigación, liderada por el lingüista Christian Bentz de la Saarland University y la arqueóloga Ewa Dutkiewicz del Museo de Prehistoria e Historia Antigua de Berlín, concluye que estas marcas —esas pequeñas cruces y rayas— poseen "una densidad informativa comparable a la escritura proto-cuneiforme más temprana". Esto significa dos cosas: que podemos estar ante un sistema de protoescritura mucho más antiguo que los conocidos y que hace 40.000 años, cuando el Homo sapiens ya se había expandido por Europa y convivía con los neandertales, sus capacidades cognitivas eran comparables a las actuales. Los resultados se acaban de publicar en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

La figura de mamut de la cueva de Vogelherd, de aproximadamente 40.000 años de antigüedad, presenta múltiples secuencias de cruces y puntos en su superficie. Crédito Crédito: Universität Tübingen / Hildegard Jensen, CC-BY-SA 4.0

La figura de mamut de la cueva de Vogelherd, de aproximadamente 40.000 años de antigüedad, presenta múltiples secuencias de cruces y puntos en su superficie. Crédito Crédito: Universität Tübingen / Hildegard Jensen, CC-BY-SA 4.0
Marcas con intención
Su trabajo se ha fijado en las más de 3000 muescas, líneas, puntos y cruces que, humanos parecidos a nosotros, grabaron en 260 piezas hace entre 34.000 y 45.000 años. Muchas de estas piezas proceden de la Jura de Suabia (Swabian Jura), en el suroeste de Alemania. Esta cordillera se considera una de las regiones arqueológicas más relevantes de Europa por sus cuevas con restos del Paleolítico superior.
En la Vogelherd Cave, por ejemplo, apareció esa pequeña figura de mamut tallada en marfil de la que hablábamos antes. Está cubierta por filas de cruces y puntos cuidadosamente tallados. Cerca, en la Geißenklösterle Cave, se halló la conocida figura del “Adorante”, una placa de marfil con un ser híbrido, que parece entre un humano y león. También tiene secuencias regulares de marcas en su reverso. Otro "Hombre león", descubierto en la Hohlenstein-Stadel Cave, presenta también muescas distribuidas a intervalos constantes en uno de sus brazos.
Durante décadas, los paleontólogos han considerado estas marcas "decoración o símbolos sin estructura clara". El nuevo análisis cuestiona esa visión.
3.000 signos al ordenador
El equipo digitalizó más de 3.000 incisiones en 260 objetos paleolíticos. No trataba de descifrar su significado. Eso parece misión imposible. Lo que buscaban era entender si había una frecuencia, una repetición. Si el siguiente signo anotado podía ser previsible. Para ello, aplicó modelos estadísticos y algoritmos de IA para medir su complejidad y su densidad de información.
Los resultados revelan que estas secuencias no funcionan como los sistemas de escritura modernos, que representan el lenguaje hablado y presentan alta densidad informativa con menor repetición. Sin embargo, estos signos paleolíticos sí muestran patrones repetitivos —por ejemplo, cruz-cruz-cruz o línea-línea-línea— que los alejan del lenguaje escrito actual.
La sorpresa llegó al compararlos con las primeras tablillas protocuneiformes de Mesopotamia, datadas hacia el 3.000 a.C. Según el estudio, "la densidad informativa de ambos sistemas es estadísticamente similar". La complejidad estructural de estas secuencias paleolíticas y de la escritura protocuneiforme temprana comparte rasgos notables. Implica, según los autores, que probablemente el conocimiento estaba ahí, pero que los humanos tardamos 40 milenios en ponerlo en práctica.
Es decir, que la capacidad humana para codificar información se desarrolló a lo largo de decenas de miles de años y que, "solo" hace 3000-5000 años, emergió un sistema que representaba el lenguaje hablado y que transformó la historia de nuestra especie.
¿Qué estaban registrando?
La investigación no determina qué información concreta contenían estas secuencias, pero abre la puerta a interpretaciones. Su tesis principal es que podrían haber servido para coordinar actividades, registrar cantidades o transmitir conocimientos esenciales para la supervivencia.
Los objetos, muchos de ellos lo suficientemente pequeños como para caber en la palma de la mano, "parecen haber sido transportados por sus propietarios". Esta portabilidad es común a muchos dispositivos humanos: desde las primeras tablillas mesopotámicas, pasando por los libros, hasta los actuales smartphones.

Javier Ruiz Martínez
Redactor de temas de sociedad, ciencia e innovación en la SER. Trabajo en el mejor trabajo del mundo:...




