La mudanza más allá de embalar cajas: un duelo disfrazado de nuevos comienzos
Raquel Mascaraque analiza las consecuencias de los cambios desde el plano psicológico
La mudanza más allá de embalar cajas: un duelo disfrazado de nuevos comienzos
Cambiarse de casa o de ciudad esconde efectos psicológicos que no siempre se tienen en cuenta. Las primeras semanas pueden ser muy curiosas al sentirnos como cuando cambiabas de colegio y tenías que hacer amigos nuevos. Tenías ya unas rutinas establecidas de las que tienes que prescindir. Una mudanza se gestiona mediante el duelo, ya que todo aquello que dejas atrás (aunque hayas elegido hacerlo), muere simbólicamente, y tienes que aprender a gestionarlo. Tu vida cambia: tu hogar, tus rutinas, tu vida social, donde haces la compra, el gimnasio… Y este duelo no es lineal ni ordenado y cada persona lo vive de una manera, pero suele pasar por varias fases bastante reconocibles
La primera suele ser la negación. De alguna manera, es como si te fueses a ir pero todo lo que te gustaba hacer fuese a seguir igual. Esto está acompañado de la idealización. Cuando llegas al sitio todo es nuevo, hay ilusión y energía, organizas tu nueva casita. Es como si estuvieras de vacaciones.
Luego puede llegar una segunda fase que casi nadie te cuenta cuando empiezas a hacer vida: la desorientación. Aquí aparece el 'no conozco a nadie', el 'me siento rara sin saber por qué'. Es como si el cerebro hubiese perdido sus mapas contextuales y tiene que volver a encontrarse. Esto puede venir acompañado de la comparación constante: 'en mi ciudad esto era mejor o peor', 'allí tenía a no sé quién'. No es que el pasado fuese perfecto, porque por algo te has ido, pero era conocido, y el cerebro con tal de no gastar recursos, muchas veces prefiere no arriesgar aunque el cambio a largo plazo sea a mejor.
Esto se asemeja a la parte de negociación del duelo. Comparar lo que has perdido con lo nuevo que te llega para ir haciendo balance. Otro efecto poco romántico de las mudanzas son las relaciones cambian. Algunas se enfrían. Y es que hay relaciones que viven un poco de la improvisación, como ver aun amigo por la calle y que surja el 'vamos a tomarnos un café'). Otras sin embargo, están más programas y son más sólidas, y en la distancia sigue siendo así. Todos estos cambios te pueden dejar en un estado de tristeza. Pero hay que darse margen, pero poco a poco aparece la reorganización. Empiezas a crear nuevas rutinas, nuevos lugares propios... Cosas muy simples: ya sabes dónde aparcar, dónde pasear, ir a comprar, dejas de usar GPS para ir al gimnasio… Y ya solo eso genera mucha paz mental.
Algo de lo que mucha gente no se percata es que somos la misma persona en todas las ciudades en las vivimos. Esa es la parte de aceptación del duelo, porque a veces te pillas intentando replicar comportamientos que tenías previamente porque es lo que conoces.
La personalidad tiene flexibilidad para que puedas adaptarte al contexto en el que estás. Hay ciudades donde somos más sociales, más fiesteros, más culturetas. Otras nos vuelven más introspectivos. Y claro, cuando te mudas es como si tu cerebro siguiese desembalando cajas porque todavía no sabe donde has guardado parte de tus gustos.
Algo en lo que cae mucha gente es en el gran mito de el 'nuevo comienzo'. Mudarse no te reinventa automáticamente. No te convierte en otra persona por arte de magia. El tiempo no hace nada, es lo que haces con ese tiempo. Es más, muchas veces vas a irte a replicar patrones antiguos. Mudarse no es empezar de cero, es volver a colocarte en el tablero, porque a veces, para acercarte más a tus valores o forma de vida soñada te tienes que alejar de aquellas personas a las que quieres, y eso también hay que digerirlo.
Por ello hay que darle espacio al duelo, porque el cerebro tiene sus tiempos y aunque físicamente no te quede ni una caja por desempacar, el cerebro sigue con alguna que otra caja debajo de la cama que todavía no ha abierto.