La banalidad del mal: el caso de Gisèle Pelicot
Félix Martín analiza la historia que ha abierto debates en Europa sobre la violencia y el consentimiento

La banalidad del mal: el caso de Gisèle Pelicot
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Esta semana en Juzgado de Guardia analizamos con nuestro fiscal el caso de una mujer, Gisèle Pelicot. Esta historia ha conmocionado a Francia y ha abierto debates en Europa sobre la violencia, el consentimiento y los modelos de masculinidad.
Cuando se aborda este caso, se descubre algo inquietante: no es sólo el crimen de un hombre. Es una historia que obliga a preguntarse cómo fue posible que decenas de hombres tomaran decisiones que jamás deberían haberse tomado.
Aprovechando que Giséle ha visitado nuestro país la semana pasada, analizamos este asunto en Juzgado de Guardia. Porque además es uno de esos acontecimientos criminales que todo el mundo cree conocer, pero que muy poca gente ha comprendido en toda su dimensión. Si uno se queda sólo con el titular, parece un crimen monstruoso cometido por un hombre contra su esposa. Pero cuando empiezas a leer con calma lo que ha sucedido descubres cosas que casi nunca aparecen en los titulares. Por un lado mucha gente no sabe que esto no fue un episodio aislado, sino algo que según la investigación judicial ocurrió durante años. Tampoco que no hablamos de dos o tres hombres, sino de decenas de hombres que entraron en aquella casa. Y lo más inquietante: muchos no eran criminales conocidos, sino hombres aparentemente normales —trabajadores, vecinos, padres de familia— que tomaron la decisión de cruzar una puerta sabiendo que al otro lado había una mujer inconsciente.
El caso Pelicot no es sólo un crimen terrible, es algo mucho más perturbador: una historia que obliga a hacerse preguntas muy incómodas sobre la violencia, el consentimiento y sobre cómo algo así pudo ocurrir durante tanto tiempo sin que nadie lo sospechara. No es sólo la historia de varios hombres que cometen un crimen, es la de muchas decisiones individuales de personas que sabían que estaban cruzando un límite que nunca debería cruzarse.
¿Quién era Gisèle Pelicot?
Una de las cosas que más llaman la atención sobre este caso es que estamos hablando de una mujer francesa que durante décadas llevó una vida normal. Es madre, es abuela, trabajó durante años y estaba casada desde hacía mucho tiempo con Dominique Pelicot. Vivían en el sur de Francia, en una pequeña localidad de la Provenza llamada Mazan, cerca de Aviñón. Un lugar tranquilo donde los vecinos se conocen y nadie imagina que pueda esconderse algo así. La imagen que uno tiene es la de una pareja completamente integrada en su entorno. Los periodistas franceses que han hablado con personas de su entorno la describen como alguien sociable, una mujer que disfrutaba mucho de su familia y especialmente de sus nietos. Si uno intenta imaginar un día normal en la vida de Gisèle Pelicot antes de que todo esto saliera a la luz, probablemente sería algo muy parecido a lo que viven muchas personas de su edad.
Por ello, cuando uno entiende quién era Gisèle Pelicot antes de que todo esto se descubriera, es cuando empieza a comprender la dimensión humana de lo que ocurrió después. Porque no estamos hablando de una historia abstracta, sino de la vida de una persona concreta que durante años creyó estar viviendo una vida normal.
La aparente normalidad: una trampa perfecta
Porque cuando hablamos de crímenes muy graves tendemos a imaginarlos como algo que sucede en entornos marginales o en situaciones extremas. Pero aquí estamos hablando de una vida completamente corriente. La aparente normalidad puede ser la trampa perfecta para que un criminal perpetúe su acción delictiva. Porque muchas veces la sociedad se tranquiliza pensando que los grandes crímenes sólo los cometen personas fácilmente identificables como peligrosas.
Dominique Pelicot, el marido de Gisèle, era percibido por su entorno como un hombre absolutamente normal. Un vecino más. No estamos ante una historia donde todo el mundo dijera después: 'ya se veía venir'.
Otro factor peculiar de este caso, es que la propia víctima no sabía lo que estaba sucediendo. Gisèle Pelicot vivió durante años sin conocer la realidad de lo que estaba ocurriendo. Y su marido era capaz de fingir durante años ser un marido convencional al día siguiente de haberla violado junto con otros muchos hombres.
¿Quién era Dominique Pelicot?
Gisèle y Dominique Pelicot llevaban muchos años juntos. Habían construido una vida familiar larga, con hijos, con nietos, con una historia compartida. Dominique Pelicot había trabajado durante años en distintos empleos, había pasado por varias ciudades y finalmente la pareja se había instalado en Mazan, en el sur de Francia, buscando una vida más tranquila.
Nada en apariencia hacía pensar que estuviéramos ante una persona peligrosa. Y esto es algo que muchos periodistas han subrayado cuando han hablado con personas que lo conocían. Muchos vecinos repetían la misma frase: 'Jamás habríamos imaginado algo así'. En este caso lo que aparece es algo que en criminología conocen muy bien: la existencia de una doble vida.
Una persona que mantiene durante años una apariencia de normalidad en su entorno social, mientras desarrolla en secreto conductas completamente diferentes. Esa doble vida es muy excitante y le hace adicto a ella como un círculo vicioso. Si bien en este caso hay una peculiaridad desde el punto de vista criminológico.
La doble vida en criminología
Cuando analizamos casos de criminales con doble vida encontramos un patrón bastante frecuente. Son personas que mantienen una fachada de normalidad en su entorno, pero que delinquen fuera de ese entorno. Eligen víctimas anónimas, separan completamente su vida social de su actividad criminal. Pero en el caso que estamos analizando hoy sucede algo mucho más inquietante. Porque el delito no ocurre fuera del entorno, sino en el hogar. Y además no estamos hablando de un comportamiento impulsivo, estamos ante conductas que implicaban planificación, repetición y organización durante años. Así como exponerse a la participación de terceros.
Además, existe un elemento añadido: durante mucho tiempo la propia víctima no sabía lo que estaba ocurriendo. Esto es lo más difícil de comprender para quien escucha esta historia por primera vez. Es común preguntarse: ¿cómo es posible que algo así pudiera suceder durante años sin que la propia víctima se diera cuenta? La respuesta nos lleva a algo complejo desde el punto de vista jurídico y criminológico: la sumisión química. Según la investigación judicial, Dominique Pelicot habría estado administrando durante años a su esposa distintos medicamentos con efectos sedantes muy potentes. Estas sustancias provocaban un estado de somnolencia profunda, de pérdida de conciencia y ausencia de memoria.
Estamos hablando de una situación en la que una persona pierde su capacidad de decidir, de reaccionar, de comprender lo que está ocurriendo. Desde el punto de vista jurídico eso es determinante porque una persona en ese estado no puede consentir nada. Y esa circunstancia es fundamental para entender todo lo que vendría después. Durante mucho tiempo antes de que saliese a la luz, Gisèle Pelicot no sospechó de esto. Pero con el paso de los años empezó a notar cosas que le resultaban difíciles de explicar. Momentos de cansancio extremo, pérdidas de memoria, sensaciones de haber dormido profundamente sin entender por qué... Incluso llegó a pensar que podía tener algún problema de salud. Aimar Bretos en la entrevista que hizo a Gisèle en Hora 25 toca este tema: el propio marido acompaña a su mujer al médico para tratar estos supuestos problemas de salud. Seguramente disfrutada de esas visitas al confirmar su sensación de impunidad y por ende de gran poder.
Este contexto ayuda a situarse en el complejo caso de Gisèle Pelicot, pero la siguiente semana analizaremos con Félix Martín la historia en profundidad.




