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El caso de Gisèle Pelicot como punto de inflexión: los debates que ha abierto

Félix Martín analiza los estereotipos que ha roto uno de los casos criminales que más ha conmocionado a Europa

El caso de Giséle Pelicot como punto de inflexión

El caso de Giséle Pelicot como punto de inflexión

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La semana pasada comenzamos a analizar uno de los casos criminales que más ha conmocionado a Francia en los últimos años: el caso de Gisèle Pelicot. Hablamos de quién era ella, de quién era su marido Dominique Pelicot y de cómo, durante años, dentro de una casa aparentemente normal del sur de Francia, se desarrolló una realidad criminal difícil de imaginar.

Hoy continuamos la historia comenzando por la cronología, porque el caso Pelicot tiene tres momentos muy distintos.

  1. Mientras los hechos suceden: según la investigación judicial, se produjeron durante casi una década, entre 2011 y 2020. En esos años Dominique Pelicot tenía entre cincuenta y tantos y sesenta años, y Gisèle Pelicot estaba también en esa misma etapa de la vida. Sus hijos ya eran adultos. Gisèle era madre y también abuela. Dominique Pelicot durante estos años habría estado drogando a su esposa con distintos medicamentos sedantes. Esos fármacos provocaban en Gisèle un estado de inconsciencia profunda. Y en ese estado, según la acusación, no sólo la agredía sexualmente él mismo, sino que llegó a invitar a otros hombres a acudir al domicilio familiar para mantener relaciones sexuales con ella mientras permanecía inconsciente.
  2. Descubrimiento: en 2020 Dominique Pelicot es sorprendido en un supermercado grabando bajo la falda a varias mujeres con su teléfono móvil. La policía interviene su teléfono y otros dispositivos electrónicos. Y cuando los investigadores empiezan a analizar ese material… aparece algo inesperado: carpetas enteras que documentaban lo que había ocurrido durante años en su casa.
  3. La investigación: cuando los investigadores analizan el material comprenden que no están ante un hecho aislado. Eran vídeos grabados durante años y aparecen distintos hombres manteniendo relaciones sexuales con Gisèle Pelicot mientras ella permanecía inconsciente. A partir de ahí la investigación se convierte en un trabajo de reconstrucción. Empiezan a aparecer nombres y el caso da un giro perturbador: no se trata de una sola persona. Según la investigación judicial se llegó a identificar a más de setenta hombres que habrían acudido al domicilio. Finalmente más de cincuenta son acusados en el procedimiento. Esto implicó dos desafíos: uno de investigación, ya que esto obligó a los investigadores a realizar un trabajo complejo. Cada uno de esos hombres debía ser identificado, determinar cuándo acudieron al domicilio, qué ocurrió... Pero también desde el punto de vista jurídico, porque en un proceso penal cada persona responde por su propia conducta. La investigación revela también que muchos de esos hombres habían sido contactados a través de internet. Dominique Pelicot utilizaba foros y espacios digitales donde establecía contacto con otros hombres y les proponía acudir a su domicilio para mantener relaciones sexuales con su esposa. Relaciones que, según él afirmaba, eran consentidas. Pero la realidad que muestran las imágenes es completamente distinta.

Cuando la policía intervine un teléfono

Hoy en día cuando la policía interviene un teléfono móvil y empieza a analizarlo, es frecuente que aparezcan muchas más cosas de las que motivaron la intervención inicial. Los teléfonos móviles se han convertido en una especie de archivo de nuestra vida. En ellos hay fotografías, vídeos, conversaciones, historiales de navegación, ubicaciones, contactos… Desde el punto de vista de la investigación criminal pueden ser una fuente de información extraordinaria. Aunque hay un matiz: el hecho de que la policía intervenga un teléfono no significa que pueda revisar todo su contenido de forma indiscriminada. El acceso a determinados datos —por ejemplo conversaciones privadas o contenidos almacenados— suele requerir autorización judicial específica, porque estamos hablando de derechos fundamentales como la intimidad o el secreto de las comunicaciones.

En cualquier caso, en este asunto el análisis de los dispositivos permitió descubrir algo que nadie esperaba. Que detrás de aquel episodio aparentemente menor en un supermercado se escondía una realidad criminal mucho más grave.

¿Qué pensaban esos hombres cuando entraban en esa casa?

Esa es la pregunta que empezó a hacerse toda Francia cuando se conocieron los detalles de la investigación, ya que lo que aparecía en ese sumario rompía muchos estereotipos. Durante mucho tiempo la sociedad ha tendido a imaginar al agresor sexual como una figura marginal, un depredador fácilmente reconocible. Pero aquí aparecía algo muy distinto. Hombres normales, vecinos, trabajadores. Personas con una vida social integrada.

Y eso convirtió el caso Pelicot en algo más que una investigación criminal. Lo convirtió en un espejo incómodo para la sociedad que obligaba a preguntarse cómo esto había podido suceder durante años sin que nadie lo sospechara y por qué tantos hombres habían decidido cruzar esa puerta.

Mientras la investigación avanzaba, el caso empezó a salir del sumario y a entrar en la conversación pública. Antes de que comenzara el juicio, la prensa francesa y europea discutía qué significaba realmente este caso. Cuando se conocieron los primeros detalles de la investigación, el caso ocupó portadas durante semanas. Y muchos medios no se limitaron a contar los hechos, intentaron entender qué decía este caso sobre la sociedad. Periódicos como Le Monde o The Guardian publicaron análisis que iban más allá del proceso penal. Porque lo que aparecía en la investigación rompía varios estereotipos sobre la violencia sexual.

Estereotipos sobre la violencia sexual que rompe el caso

El estereotipo del agresor: durante mucho tiempo la violencia sexual se ha imaginado como el acto de un depredador aislado, un monstruo fácilmente reconocible. Pero el caso Pelicot mostraba algo distinto: decenas de hombres que no eran delincuentes habituales, con vidas normales. Esto obliga a hacerse una pregunta incómoda: si estos hombres no encajan en la imagen clásica del agresor, ¿cómo debemos entender la violencia sexual? Muchos analistas escribieron que el caso Pelicot demostraba algo que los estudios criminológicos llevan tiempo señalando: la violencia sexual no siempre se presenta como un acto excepcional cometido por individuos marginales. A veces aparece dentro de la vida cotidiana.

El estereotipo de la víctima: Gisèle Pelicot tampoco encajaba en algunas de las imágenes que a veces dominan el relato mediático de la violencia sexual. Era una mujer mayor, y eso llevó a muchos periodistas a reflexionar sobre cómo se construyen socialmente los relatos sobre las víctimas. Durante mucho tiempo la cultura ha tendido a imaginar a la víctima de violencia sexual como una mujer joven atacada por un desconocido. Pero la investigación mostraba algo completamente distinto.

Estereotipo cultural: algunos sociólogos señalaban que el caso obligaba a discutir cómo se construyen las ideas sobre el consentimiento y el deseo en la cultura sexual contemporáne. Durante años, muchas representaciones culturales del sexo han puesto el foco en el deseo masculino. Y cuando el deseo de uno se convierte en el centro absoluto de la escena, el consentimiento del otro puede empezar a diluirse.

Ahí apareció también un debate sobre pornografía y cultura digital. Muchos analistas recordaron que la pornografía por sí sola no explica un crimen como éste. Pero también señalaron que determinadas representaciones del sexo pueden banalizar la idea de consentimiento y normalizar situaciones en las que el cuerpo de la mujer aparece como algo disponible. Cuando esas representaciones se combinan con dinámicas de grupo, con anonimato digital o con la presión de otros hombres, el resultado puede ser muy problemático.

 

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