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BOCADOS LITERARIOS

Ladrones de torrijas

Un pequeño 'true crime' gastronómico

Madrid

Una amiga me contó lo que le había sucedido a sus vecinos, una pareja mayor que vivía sola, no sé si porque no tenían hijos o porque estos se habían independizado ya.

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Era domingo por la mañana y, antes de salir a dar un paseíto, la señora se entretuvo haciendo un dulce que salía muy bien: torrijas de leche y canela. Preparó cuatro torrijas grandes, bien hermosas, doradas y generosamente espolvoreadas con azúcar, y las dejó reposando en una fuente sobre la mesa de la cocina.

Al volver a casa después del paseo, les llamó la atención que había cristales de azúcar derramados en el portal. El reguero de azúcar llegaba hasta el ascensor y también el suelo de este estaba impropiamente azucarado. Pensaron que algún crío había entrado o salido de casa comiendo dulces, ensuciándolo todo sin cuidado, y comentaron entre sí lo mal que educaban algunos padres a sus hijos.

Habían entrado a robar

Al salir del ascensor, comprobaron que el reguero de azúcar salía justamente de su casa, cuya puerta estaba entreabierta. Era evidente que la cerradura había sido forzada. Durante su breve ausencia, habían entrado a robar.

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Temiendo que hubiese alguien dentro del piso, llamaron a la policía, que se presentó pronto y entró con precaución en la vivienda. Ya no había nadie, pero el piso estaba bastante revuelto.

Faltaba un poco de dinero en efectivo que guardaban por si acaso y unas joyitas de oro o plata cuyo valor era sobre todo sentimental: una medalla de la Virgen, el marco de plata con una foto de boda, un anillo que la señora ya no se ponía porque no le entraba en los dedos deformados por la artrosis, un alfiler de corbata de cuando los hombres llevaban la corbata con alfiler, y poco más.

Sabor de hogar

Pero al entrar en la cocina lo comprendieron todo. Entendieron el origen del misterioso camino de azúcar que, saliendo de su casa, pasaba por el descansillo, el ascensor y el portal hasta llegar a la calle: de las cuatro torrijas cuidadosamente elaboradas por la mañana, faltaban dos.

Dedujeron, por tanto, que habían sido dos los ladrones. Y, que al no encontrar nada demasiado valioso, habían tomado cada uno una torrija y habían salido a la calle comiéndoselas con gula y con precipitación, dejando a su paso un rastro dulce que marcaba su trayectoria.

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“Menudo susto, ya no puede uno estar tranquilo ni en su casa” debieron de pensar. Pero yo pienso que aquello, más que un delito, fue un homenaje a la cocinera, autora de unas torrijas irresistibles, que estaban diciendo “comedme” incluso en mitad de un robo con allanamiento de morada.

Me imagino también a los ladrones como dos jóvenes impulsivos y un tanto descerebrados, que probablemente venían de familias desestructuradas. Para ellos, quizás, las dos torrijas robadas venían a traerles un sabor de hogar que echaban de menos, que tal vez nunca habían tenido.

 

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