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Mascha Schilinski explora los traumas heredados y la memoria corporal en la misteriosa 'El sonido de la caída'

La cineasta alemana sorprendió el año pasado en el Festival de Cannes con esta ambiciosa y medida propuesta sobre los fantasmas y huellas que persiguen a varias generaciones de mujeres

Fotograma de 'El sonido de la caída' / ELASTICA FILMS

Fotograma de 'El sonido de la caída' / ELASTICA FILMS

Fotograma de 'El sonido de la caída' / ELASTICA FILMS

Madrid

Contaba Oliver Laxe tras un encuentro en los premios del cine europeo que tenía la impresión de que los autores de su generación estaban examinando hoy las cicatrices del pasado. "He sentido que los europeos estamos trabajando la herida intergeneracional e interpersonal, cada uno desde un prisma diferente, pero sí trabajando con el peso de esas mochilas y esos linajes, cómo los dolores de nuestras familias se han ido anclando en la genética y cómo lo hemos ido heredando". Se refería el director gallego a su comunidad de mutilados en ese fin del mundo que es 'Sirat', a la de Joachim Trier en 'Valor Sentimental' con la sombra de la Segunda Guerra Mundial, y a la de Mascha Schilinski en 'El sonido de la caída'.

"Tuvimos esta idea de que los traumas se heredan de generación en generación. Ya no tenemos acceso a esos traumas, pero algo permanece en el corazón de la gente porque es habitualmente el cuerpo el que muestra esta narrativa de un trauma del pasado", explicaba la directora alemana en el pasado Festival de Cannes, donde compartió el Premio del Jurado con el español. Su propuesta recorre 100 años de la historia de Alemania a través de la historia de cuatro chicas jóvenes que habitaron la misma granja en el norte de su país.

"Teníamos la impresión de que el tiempo se había detenido en esta región, de que nada había cambiado en esa granja. Todo parecía intacto. Y encontramos una foto de tres mujeres de los años 20 y fue sorprendente, parecía una foto muy moderna para la época y tuvimos la impresión de que estas mujeres nos miraban directamente", añadía la cineasta en la rueda de prensa del certamen tras despertar muchísima expectación con esta película en la que, con una puesta en escena apabullante y con la cámara asomándose por visillos, puertas entreabiertas, agujeros o ventanas, narra las vidas de estas niñas y jóvenes en diferentes épocas.

La directora cambia a lo largo del metraje el punto de vista, el narrador, y mueve la cámara por los interiores de una casa que aprisiona a sus habitantes, sobre todo a las mujeres. Las relaciones madre e hija, algo que ya estaba en su ópera prima 'Dark Blue Girl', la muerte y los traumas van apareciendo en las cuatro historias que parecen estar conectadas. "Ha sido una coincidencia, pero siempre he estado interesada en la infancia. Los niños siempre ver cosas a las que los adultos no ponen palabras, siempre descubren cosas. Ven al mundo sin ideas preconcebidas, y por eso son capaces de mirar y preguntar por las cosas", defendía.

Mascha Schilinski dilata los tiempos con un drama sensorial, poético y también críptico en el que el espectador va componiendo este relato gracias también al extraordinario trabajo sonoro. El sonido del viento, del agua o de la naturaleza que contribuye a la tensión e inestabilidad de las protagonistas. Da igual la época que sea, ese sonido las atosiga tanto como la mirada masculina, presente como una amenaza inquietante y violenta, o la mirada de los muertos con esos rituales fúnebres en la propia casa.

La idea del fantasma o del espíritu emerge en varios momentos del filme a través de fotografías, de espejos, del propio sonido o de la textura del trabajo de iluminación. Todo esos elementos confieren a 'El sonido de la caída' una atmósfera misteriosa, perturbadora y fascinante, ya sea con la familia de agricultores antes de la Primera Guerra Mundial o con la última en llegar a esa granja, una nueva familia cuyas hijas arrastran el dolor y el trauma de ese espacio. "A menudo cuando hablamos de los traumas están asociados a la guerra y a los grandes eventos históricos, pero nosotros estábamos interesados en algo más pequeño, en los sentimientos, en los infortunios, que tienen un tremendo impacto en los personajes y la gente no habla de eso hasta que mueren. Pero esas cosas son importantes porque estas personas sienten estos traumas, y necesitan mostrarlos a veces, y las diferentes generaciones nos ayudan a contar que no están solos en el sufrimiento de ese trauma".

La directora juega con el misterio, los saltos temporales y la mirada, tanto con las voces que narran como con unas protagonistas que a veces miran a cámara, para componer un estimulante relato de cómo se hereda el miedo, de las huellas de la violencia y de la memoria. Una memoria física y sensorial que traspasa el tiempo y a todas esas mujeres que no pueden escapar de sus herencias.

 

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