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Gustavo Durán, el hombre al que no le cabía una sola vida

Lorca le dedicó versos, Hemingway lo convirtió en personaje y la música fue el hilo secreto de una vida atravesada por la guerra, el deseo y el exilio.

El viaje de ida | Las siete vidas de Gustavo Durán

El viaje de ida | Las siete vidas de Gustavo Durán

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Hay vidas que parecen una sola y vidas que contienen un siglo entero. La de Gustavo Durán fue así: múltiple, desbordada, casi novelesca. Músico precoz, intelectual de la Edad de Plata, militar republicano, diplomático en la ONU. Lorca lo convirtió en verso, Hemingway en personaje y la música en refugio. “Aprendió el silencio, pero no se resignó a desaparecer de la memoria de los hombres”, escribió Horacio Vázquez Rial en El soldado de porcelana, inspirado en la vida de Durán. Y en esa frase cabe, quizá, toda su historia.

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Gustavo Durán nació en Barcelona en 1906 y creció en Madrid, en una infancia marcada por la herida. Su padre, machista y mujeriego, apartó a su madre para poder vivir con su amante. Javier Juárez, autor de Comandante Durán, leyenda e intelectual en armas, lo resume así: “Con una de sus amantes quiere formalizar una relación con ella pero no puede porque está casado con la madre de Gustavo, con Petra. Y la situación se vuelve ya tan insostenible que finalmente José Durán convence a un médico para que certifique que su esposa no está bien mentalmente. Y entonces Petra Martínez, cuando Gustavo es un niño, es ingresada en lo que se decía entonces el manicomio de Ciempozuelos, y ya nunca sale de allí".

Esto dejó una marca profunda en aquel niño precoz, brillante y ya inclinado a refugiarse en el piano. “Gustavo tiene un talento natural”, resume Juárez. “Empieza a tocar el piano con ocho años, con siete años y lo hace de una manera muy talentosa además”. En el Conservatorio de Madrid tuvo como profesor a Joaquín Turina y entendió pronto que la música no era solo una disciplina: era una forma de decir lo que no podía decirse de otro modo.

El intelectual

Muy pronto empezó a alejarse de un hogar roto y a acercarse al Madrid más vivo de su tiempo. Gustavo Durán fue una figura natural en el corazón de la Edad de Plata. Frecuentó la Residencia de Estudiantes, se movió entre Lorca, Buñuel y Alberti y encontró en ese mundo artístico un lugar donde la música, la amistad y el deseo convivían sin demasiadas fronteras. “Ya de adolescente tiene una vida también muy bohemia”, cuenta Juárez. En ese ambiente, recuerda Samuel Diz, músico que ha recuperado junto a Jonathan Alvarado el cancionero de Gustavo Durán, añade que“Gustavo Durán junto a Federico García Lorca se sentaban al piano de la residencia y allí empezaba todo su interés por los cancioneros españoles”.

No fue un invitado secundario de aquella constelación. Durán publicó en la mítica revista Litoral —la misma que dio cobijo a los primeros textos de quienes serían los poetas del 27— y fue el único músico que publicó una partitura en sus páginas: La seguidilla de la noche de San Juan, con poema de Lope de Vega.

Su relación con Lorca fue estrechísima. Su biógrafo apunta que el poeta “le llamaba Gustavito". "Era una relación que iba más allá de la amistad, posiblemente también”. Su hija, Lucy Durán, va más allá: “Mi padre y Federico García Lorca eran amantes, habían sido amantes y Federico le dedica un poema de amor a mi padre, mi padre le dedica una canción de amor a Federico”. La música, de hecho, acompaña ya ese mundo emocional. Una de sus primeras partituras estaba dedicada a Lorca: “Para Federico, amigo en la vida y en el arte”.

"Mar en reposo", de 'Poema del Atlántico' (Néstor Fernández de la Torre, 1923)

"Mar en reposo", de 'Poema del Atlántico' (Néstor Fernández de la Torre, 1923)

"Mar en reposo", de 'Poema del Atlántico' (Néstor Fernández de la Torre, 1923)

"Mar en reposo", de 'Poema del Atlántico' (Néstor Fernández de la Torre, 1923)

No fue la única. Gustavo también mantuvo una relación decisiva con el pintor canario Néstor Fernández de la Torre. Juárez la enmarca en ese despertar a la vez artístico y emocional: “Conoce a un pintor canario, entonces es bastante conocido que se llama Néstor Fernández de la Torre y inicia una relación sentimental con él”.

En 1923 hizo de modelo para una de las obras de El poema del atlántico de Néstor y a partir de ahí comienzan diferentes viajes de Gustavo Durán a Canarias. "En el 27 es un primer viaje a París con Néstor y es en el 29 cuando se traslada hasta el 24”, explica Diz.

Entre Canarias y París, Gustavo siguió componiendo. A finales de los años veinte llegó además su relación musical con Antonia Mercé 'La Argentina' para quien creó su partitura más conocida, "Fandango del candil". Lo cuenta Samuel Diz: “Con 21 años tan solo es el estreno de La Argentina de una de las grandes artistas españolas en el ámbito de la danza y estrena en Alemania su compañía de balletes españoles. En ese primer espectáculo ya está presente una de las partituras más emblemáticas de Gustavo Durán en la época preguerra civil, que es el Fandango del Candil, ese ballet, que después incluso la argentina grabaría una parte de este ballet que es un bolero”.

A su vuelta definitiva de París, España ya era republicana. Y también estaba cambiando Gustavo.

El militar

La Guerra Civil rompió esa primera vida y abrió una segunda, tan improbable como deslumbrante. El músico, el joven bohemio, el hombre de los salones literarios se convirtió en militar del ejército republicano. “Cuando él toma una decisión, la toma hasta las últimas consecuencias”, dice Juárez. “De repente él se convierte en algo que nunca ha sido, que es un militar”. No solo eso: acabó siendo uno de los mandos más admirados del ejército republicano.

Su amigo Rafael Alberti y María Teresa León fueron decisivos en ese proceso de politización. Juárez cuenta que “hay un proceso de ideologización, digamos, que se va produciendo desgraciadamente a medida que toda España también se va radicalizando políticamente". Y los culpables de que esto le ocurre a Gustavo son sus amigos Rafael Albierti y Maria Teresa León. "A ese apoyo se sumó también Pablo Neruda, que fue también otro gran amigo de Gustavo Durán”, añade Juárez.

Y llegó la guerra. Con ella, la segunda de sus vidas: la más corta, quizá, pero también la más intensa. Fue con todo: "capacidad de estrategia, capacidad de mando, respetado por sus hombres, admirado también por sus superiores, inicialmente en una escala más básica y posteriormente ya como jefe de estado mayor al final de la guerra", remarca Juárez.

Aquel cambio impresionó tanto que Hemingway lo convirtió en personaje de Por quién doblan las campanas: “Que era un compositor, un niño bonito antes del movimiento y ahora es un general de brigada rematadamente bueno”. André Malraux también lo retrató en La esperanza: “Manuel no era disciplinado, ni por gusto de la obediencia, ni por gusto del mando, sino por naturaleza y sentido de la eficacia”.

Pero la derrota fue devastadora. Perdió todo lo que había sido antes. Murieron Lorca, Néstor Fernández de la Torre, La Argentina. Su padre se suicidó. Su madre escapó de Ciempozuelos durante la batalla del Jarama y nunca más se supo de ella. Aquel dolor explica, quizá, el silencio feroz que mantuvo después sobre esos años. Su hija Lucy Durán recuerda el silencio, como "casi nunca hablaba de su vida antes de la guerra civil, tampoco nos hablaba de la guerra civil. O sea que era como que si su vida hubiera empezado en 1939”.

En 1939, Gustavo Durán salió de España a través del puerto de Gandía rumbo a Inglaterra.

El diplomático

El exilio abrió su tercera vida. Gustavo Durán volvió a cambiar de piel. El lugar de ese reinicio fue Inglaterra, en Dartington Hall, donde fue acogido como refugiado por Leonard y Dorothy Elmhirst. Allí, además, conoció a quien sería su esposa, Bronte Crompton. La anécdota familiar, contada por Lucy Durán, parece sacada de una película. “Mi padre era muy guapo y era súper buen músico y mi madre se enamora perdidamente, pero mi padre no tanto de ella. Y al final la dueña de Durtington le dice, bueno, Gustavo, ¿qué haces el 4 de diciembre? Y dice mi padre, Dorothy, yo no voy a hacer nada porque como usted sabe muy bien, yo soy refugiado, no tengo trabajo ni nada. Y dice Dorothy, ah, pues muy bien, estupendo, te vas a casar ese día con Bronté, con mi madre. Y dice, ¿qué, qué? Y así es como fue, que le conoció a mi madre y se casaron”.

En 1940, el matrimonio se trasladó a Estados Unidos. Durán trabajó un tiempo en el MoMA y se reencontró en Nueva York con parte del exilio español. Le ayudaron su facilidad para los idiomas, su inteligencia y un viejo conocido: Ernest Hemingway. El escritor triunfaba entonces con Por quién doblan las campanas, donde Durán era, además, personaje.

Más tarde, Gustavo se marchó a La Habana. Lucy Durán lo recuerda así: “Mis padres fueron a vivir en el 43 a La Habana. Hemingway le contrató para ayudarle a espiar sobre los nazis en Latinoamérica y todo esto en plena guerra mundial.” El siguiente paso, explica Juárez, fue "a través de Hemingway". "Gustavo conoce al embajador norteamericano que se llamaba Spruille Braden. Inmediatamente, como pasó en tantas otras ocasiones en su vida, se queda, digamos, hipnotizado por el personaje de Gustavo y rápidamente le pide que pase a colaborar con él en la embajada norteamericana en La Habana”.

A partir de ahí, Durán entró de lleno en la administración estadounidense. Y en 1945 tuvo un papel central en Argentina, en la batalla política contra Juan Domingo Perón. “Entonces Gustavo en Buenos Aires idea toda una estrategia propagandística denunciando los vínculos que tenía entonces el candidato Juan Domingo Perón con la Alemania nazi que acababa de ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial. Incluso la embajada, a través de Gustavo, publica un libro que se llamaba El Libro Azul denunciando todos estos vínculos con el nazismo y con el fascismo de Perón. Perón convierte a Gustavo Durán en su enemigo público”, detalla Juárez.

Pero Perón ganó aquellas elecciones. Y Durán regresó a Estados Unidos. No tardaría en incorporarse al cuerpo diplomático de la ONU. Allí parecía haber encontrado, por fin, una cierta estabilidad, hasta que en los años cincuenta irrumpió el macartismo.

Su pasado republicano lo convirtió en sospechoso. Juárez recuerda que "el único ciudadano español que es denunciado por McCarthy es Gustavo Durán”. Lucy Durán añade que “Hemingway quería contratarle a mi padre para hacer el guillón de la película por quien dobla las campanas, pero Hollywood se negó porque decía que era comunista. Entonces mi padre sufrió mucho en toda esa época”. Samuel Diz anota que “incluso Gustavo Durán durante un tiempo pierde su pasaporte hasta que finalmente comienza a contarse la verdad de su vida, recupera su pasaporte y es cuando empieza su etapa diplomática en Santiago de Chile”.

Gustavo Durán fue republicano, pero nunca comunista. Pese a ello, tuvo que atravesar también esa persecución. Después regresó a la diplomacia y a la ONU, que fue, de algún modo, su último refugio. Su trayectoria internacional fue amplísima: Latinoamérica, la descolonización del Congo belga y, finalmente, Grecia, donde desempeñó un papel relevante frente al golpe de los coroneles.

Terminó sus días en Grecia, donde mantuvo una gran amistad con Jaime Gil de Biedma, que también le dedicó un poema. Allí, además, dejó una huella política y humana que todavía hoy se recuerda. Fue un héroe local por su labor diplomática contra el golpe de los coroneles y por impulsar proyectos para llevar agua a pueblos como Alones, en la isla de Creta, donde está enterrado.

Lucy Durán lo dice con orgullo: “En Creta es un héroe, es el héroe de Alones y todos los pueblos alrededor sabían quién era Gustavo Durán. Yo soy la hija del héroe. Llego allí y me organizan fiestas y comidas y puedo quedarme en cualquier casa gratis. Tiene su estatua allí, su tumba esta allí.” La periodista Inés García Albi añade una imagen final difícil de olvidar: “yo creo que es de las tumbas más bonitas que he visto en mi vida. Sencillas, con el canto de las chicharras, sin parar, debajo de un inmenso árbol formidable. Un sitio verdaderamente para descansar en paz”.

A los hombres y mujeres que amó

La bisexualidad no desaparece del relato, sino que lo atraviesa. Lucy Durán, con una mezcla de ternura y lucidez, cuenta que “Mi padre era bisexual, sus primeros amores fueron hombres. Mi madre era encantadora, bastante púdica y creo que no haya sido fácil para ella aceptar el hecho de que mi padre era bisexual”. No es un detalle menor la complejidad privada de un hombre que rehízo su vida en el exilio sin borrar del todo la anterior.

Su hija añade una escena reveladora, casi novelesca, que condensa esa verdad íntima mejor que cualquier explicación: “Me enteré porque yo con mis 18 años viviendo en Grecia con él, íbamos a peñas pequeñas donde tocaban artistas griegos y tal y en un momento me doy cuenta de que yo estoy coqueteando con el mismo hombre con quien está coqueteando también mi padre y pensé, uf, pero tampoco me chocó porque lo había intuido”. Esa intuición, dice Lucy, venía de antes. No era una revelación abrupta, sino la confirmación de algo que siempre había estado ahí, en la forma de mirar, de callar y de vivir.

La música, siempre

Por debajo de todas sus vidas hubo una que nunca se interrumpió: la música. Antes que soldado, antes que diplomático, antes incluso que personaje literario, Gustavo Durán fue músico. Y lo fue siempre. Quizá porque en la música podía decir lo que en otros ámbitos tenía que callar: el trauma de la guerra, la pérdida, el exilio, pero también el amor y esa identidad afectiva que no siempre encontraba acomodo en la palabra pública.

Jonatan Alvarado reivindia “la música como búsqueda de expresar una cierta identidad que no puedo expresar de otra manera”. Y su hija lo reconocía en el gesto más íntimo: “Siempre me conmovía mucho cuando él tocaba, lloraba, no sé, ni no sabía por qué. O sea, me emocionaba la música, pero también pienso que era su forma de comunicar su vida tan difícil”.

Tal vez ahí esté la clave de Gustavo Durán: en haber hecho de la música un lugar donde podían convivir todas sus vidas y todas sus contradicciones. El joven que amó a Lorca y a Néstor, el marido de Brontë, el militar que calló la guerra, el diplomático que siguió moviéndose por el mundo como un exiliado.

Gustavo Durán murió el 25 de marzo de 1969. Según su hija, a solo cinco días de cumplir su sueño de volver a España. "Se fue con esa pena", puntualiza su hija. Durán dejó detrás una historia desbordante de un músico que también fue soldado, la de un soldado que acabó siendo diplomático, y la de un hombre que convirtió el arte en refugio cuando la historia le obligó a vivir varias vidas en una sola.

 

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