Chopin, George Sand y Mallorca
Hay vidas que parecen compuestas en tono menor. La de Frédéric Chopin es una de ellas: breve, intensa, enfermiza, atravesada por una fragilidad que se filtra en cada una de sus notas, sobre todo en su “marcha fúnebre”
Interior de la celda número 4 de la Cartuja de Valldemossa donde se alojaron Chopin
Niño prodigio, pronto demostró una sensibilidad poco común al piano. A diferencia de otros virtuosos de su tiempo, no buscaba el espectáculo grandilocuente; prefería los salones privados y casi en penumbra. Su música no pretendía deslumbrar, sino conmover. Por eso la historia de Chopin no puede contarse sin detenerse en uno de sus capítulos más fascinantes, su relación con la escritora George Sand, seudónimo de Aurore Dupin. Cuando se conocieron en París, él era reservado, casi tímido; ella, en cambio, desafiaba las convenciones sociales con su carácter independiente, su manera de vestir y vivir. Lo que comenzó con cierta desconfianza mutua terminó convirtiéndose en una de las relaciones más intensas y complejas del siglo XIX.
Sand fue, durante nueve años, refugio y sostén para Chopin. Su salud, siempre delicada, encontraba alivio en el cuidado casi maternal de la escritora. A cambio, él llenaba de música sus días y su entorno. Sin embargo, la relación no estuvo exenta de tensiones porque chocaban a menudo. Donde Chopin era introspectivo, Sand era extrovertida y diana de varias polémicas.
Uno de los episodios más célebres de esta unión fue su estancia en Mallorca, en el invierno de 1838-1839. Buscando un clima que beneficiara la salud del hijo de Sand (Maurice) y del compositor, la pareja se instaló en la isla balear, concretamente en la zona de Son Vent y luego en la Cartuja de Valldemossa. Lo que prometía ser un retiro idílico en los meses de invierno pronto se convirtió en una experiencia difícil. El clima húmedo y frío empeoró la tuberculosis de Chopin, y la convivencia con los habitantes locales, desconfiados ante aquella pareja poco convencional ya que no estaban casados, ella fumaba y vestía a veces con ropa masculina. Para colmo, Chopin no podía vivir sin su piano que mandó traer desde Francia y que tardó semanas en llegar a la isla. Mientras tanto, tuvo que conformarse con un instrumento local en mal estado, lo que lo desesperaba. Cuando por fin llegó su piano Pleyel, ya estaba enfermo y el clima no ayudaba.
Descubre la nueva app de Cadena SER Te ofrecemos una mejor experiencia de audio y video
DescargarEn Mallorca, Chopin compuso buena parte de sus Preludios, piezas breves que condensan estados de ánimo como relámpagos emocionales. Sand convirtió toda esta experiencia en el libro “Un invierno en Mallorca”, donde mezcla crítica, ironía y descripciones muy vivas de la isla y sus habitantes. A su regreso a París, la relación acabó deteriorándose. Las diferencias, los conflictos familiares y el desgaste emocional terminaron por separarlos.
Para Chopin, la ruptura fue devastadora. Su salud, ya frágil, se resintió aún más. Murió en París en 1849, con apenas 39 años, y su corazón trasladado a una iglesia de Varsovia.


