Domingo, 16 de Mayo de 2021

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Dime con quién andas y te diré cómo comes

obesidad 1Dicen quienes saben de estas cosas que la obesidad es una enfermedad “contagiosa”. Y en mi opinión dicen bien. Nótese que “contagiosa” va entre comillas, es decir, no se trataría en este caso de un contagio clásico en el que se precisa de un elemento tangible y biológico, un vector, que se transmita de unas personas a otras como sería el caso de los virus (gripe, sida, hepatitis…), las bacterias (sífilis, tuberculosis, malaria…) o los hongos (candidiasis…). No, no se trataría de este tipo de contagio a pesar de que en ocasiones ciertas informaciones descontextualizadas nos han podido hacer pensar así (importante: no le hagas ni caso a la “noticia” enlazada). La “transmisión” de la obesidad, su “contagio”, se debe más a la compañía con quién compartimos mesa y mantel, y también está relacionado con el contexto y el ambiente en el que consumimos los alimentos. Algo así, para que me entiendas, como lo que sucede con el hábito tabáquico, que suele iniciarse como una conducta de imitación de gente que ya fuma en un entorno con tabaco al alcance de la mano. De esta forma, son diversos los artículos científicos que han observado como el propio peso se puede ver afectado en base al del estatus ponderal de las amistades, familiares y personas que nos rodean. Así, algunos estudios han establecido modelos matemáticos que predicen el aumento del riesgo de padecer obesidad en base al número, sexo y relación de las personas cercanas a uno mismo que son obesas en un momento determinado. Estos modelos matemáticos apuntan, por ejemplo, que tener cuatro amistades próximas en situación de obesidad duplica el riesgo de padecerla uno mismo. Pero la cosa se complica un poco. Al parecer, no es sólo el peso de las personas el que nos puede llegar a condicionar sino también el verlas comer y relacionar su peso con su comportamiento alimentario. En este estudio se propuso un interesante experimento: a los participantes se les hizo ver una película a solas pero acompañados de una persona de su edad y a ambas se les ofrecieron chucherías al empezar a obesidad 2verla. Lo que no sabían los participantes era que la persona que les acompañaba era un “gancho” que formaba parte de la investigación. De esta forma, la investigadora de 48 kilos sentada al lado de los participantes unas veces pedía muchos caramelos de los que se le ofrecían y otras no tantos y, además, modificaba su aspecto ponderal sustancialmente entre visionados sucesivos. En ocasiones llevaba prótesis por debajo de la ropa que le hacían parecer obesa (véanse los logrados resultados en el estudio). De esta forma se observó que los participantes tendían a realizar sus elecciones en base al peso y a las elecciones que había hecho previamente la investigadora anónima. Los resultados fueron sorprendentes, e incluso contrarios a lo que cabría esperarse. Resulta que quienes más caramelos pidieron comer fueron aquellos que vieron la película con la investigadora delgada que previamente había pedido también una importante cantidad de caramelos. Es decir, si la investigadora pedía muchos caramelos (pongamos que 10) las elecciones de los conejillos de indias variaban en función del peso que le estimaban a la investigadora: si iba de delgada, solían repetir su misma elección; pero si iba de obesa los participantes moderaban su petición de caramelos y se quedaban por debajo de la de la investigadora. En palabras del investigador principal del estudio "la persona más peligrosa para compartir una comida no es la obesa, sino la amiga delgada con gran apetito ya que, al parecer, observar a una persona delgada mientras esta come una gran cantidad de comida otorga una especie de permiso implícito a imitarla. Se tiende a pensar que si ella puede comer así y seguir delgada, también podemos hacerlo los demás". De todas formas estos resultados podrían verse modificados por el nivel cultural de los participantes, su propio peso, etcétera. descarga (3)Sea como fuere está bastante claro que nuestro entorno (la disponibilidad de unos u otros alimentos, nuestras amistades, familiares, etc.) condiciona de modo importante la forma en la que nos alimentamos, nos movemos y demás. Por tanto, el medio termina por afectar al estatus nutricional así como al propio peso. Pero no es preciso considerar estas cuestiones desde un punto de vista pesimista. Más al contrario, al igual que podemos encontrar influencias negativas, también un adecuado entorno puede facilitar el que asumamos conductas positivas. Es más, qué mejor regalo podríamos hacer a quienes nos rodean que ser ejemplo mudo de cómo alimentarse en el día a día. Algo que sin duda tiene un especial valor cuando hablamos de nuestros hijos quienes tendrán unas superiores garantías de comer bien si nosotros comemos bien delante de ellos. Tanto para esos niños como para otras personas que nos rodean, no es preciso decirles qué es lo que hay que comer sino demostrar con el ejemplo callado cómo seguir un patrón alimentario adecuado y satisfactorio. Todos saldremos ganando.  

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