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Viernes, 21 de Febrero de 2020

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Los amigos del maestro Hooker

La Discoteca de Sofá Sonoro se abre a los discos de John Lee Hooker con sus amigos

John Lee Hooker durante una actuación en los años 90 /

La historia del blues está llena de tipos pendencieros, peligrosos y asesinos. Hasta tal punto ha sido así que el documentalista Alan Lomax llegó a adentrarse en los presidios del sur de los Estados Unidos en busca de nuevos talentos. En aquella américa segregada y racista de los años cuarenta, la educación y la capacidad de prosperar en la vida eran algo ajeno a los afroamericanos. Los que cayeron presos del embrujo del blues no vivían como los artistas de hoy en día. Eran una suerte de vagabundos con guitarra que viajaban de un pueblo a otro tocando por un plato de comida, un lugar donde dormir y unos tragos de whisky. Esa vida dura generó un tipo particular de artistas, hombres ariscos, alcoholizados y en muchos casos peligrosos. Casi ninguno vivió demasiado. La mayoría acabó asesinato o asesinando.

Aunque abundan las historias de músicos perdidos y peligrosos, la música también fue analgésica para muchos otros. Artistas que volcaban sus penas y angustias en canciones y que, fuera de los escenarios, aparecían sonrientes y alegres. Vivían de lo que les gustaba, sin ataduras, rodeados de amigos y en busca de oportunidades para un futuro mejor. Esas oportunidades llevaron a cientos de músicos hacia el norte industrial. A lugares en los que el racismo fuese menos recalcitrante. John Lee Hooker acabó en Detroit tras pasar por Memphis. Dejó atrás la plantación en la que su padrastro, músico respetado, le había enseñado los secretos del blues. A pesar de ser una persona alegre, Hooker solía repetir una frase que resume la esencia de lo que fue el blues para muchos artistas. “Digan lo que digan todo se reduce a una cosa. Un hombre, una mujer, un corazón roto, un hogar roto”, afirmaba el músico.

Bonnie Raitt y John Lee Hooker / GETTY

Tras su paso por Memphis, Hooker llegó al norte con la guitarra y un estilo propio. Su blues fraseado y ajeno a convencionalismos le llevó a tener un temprano éxito en las radios afroamericanas que facilitó que al llegar el revival folk de los sesenta se le abriesen las puertas de los locales para blancos que reclamaban su música y su figura.

Hooker, a diferencia de otros músicos, siempre se mostró como un tipo alegre, cercano y abierto a los jóvenes que le veneraban. Bob Dylan fue su telonero a principios de los años sesenta, cuando apenas era un chico recién llegado a Nueva York. También adoptó a Canned Heat. El mítico grupo de blues adoraba a Hooker y éste los acogió y aceptó como banda. Juntos grabaron el fabuloso ‘Hooker ´n Heat’, un disco de temas de John Lee vestidos con la contundencia sonora de la banda de Los Ángeles. Todos querían a John Lee y el bluesman se dejaba querer. Su gran momento musical, en una carrera extensa y repleta de discos y canciones, llegó gracias a esa adoración. En 1989, el músico ganó un premio Grammy por ‘The Healer’, un álbum grabado con la colaboración de artistas como Carlos Santana, Charlie Musselwhite, Canned Heat o Bonnie Raitt, con quien grabó uno de los temas más sensuales del blues.

El éxito de aquel trabajo relanzó la carrera del músico y le conectó con un nuevo público que descubrió su música por primera vez. Hooker siguió grabando, editando discos que ampliaban sus horizontes, aunque la fórmula de aquel éxito resultó siempre muy tentadora. En 1998, Hooker volvió a rodearse de amigos para grabar ‘The Best of Friends’, un disco en el que figuran todavía más estrellas y amigos que en el álbum de la década anterior. En este trabajo se introducen nuevas amistades como la de Van Morrison, genial en la eterna ‘I cover the waterfront’ o ‘Dont look back’, Eric Clapton, Ry Cooder, Nick Lowe, Booker T. Jones, Los Lobos o Ben Harper. ‘The Best of Friends’ no obtuvo tanto éxito como ‘The Healer’. Algunos duetos no funcionan tan bien como en su predecesor y la fórmula suena menos fresca y original que diez años atrás. Sin embargo, es un buen trabajo para acercarse por primera vez a la obra de Hooker.

Hacia el final de su vida, John Lee Hooker se instaló en San Francisco y comenzó a recibir los derechos de autor que le había birlado a lo largo de su carrera. Se convirtió en un hombre de dinero reclamado por los escenarios y festivales de medio mundo. Comenzó a actuar menos, aunque nunca abandonó del todo los escenarios. Le gustaba aparecer sobre las tablas por sorpresa y solía hacerlo en el Boom Boom, el local que abrió en San Francisco en honor a uno de sus mayores éxitos. En California, Hooker vivió una de las mejores épocas de su vida y se dedicó a dar nuevas oportunidades a músicos locales que encontraron en su local un bastión para el blues. Murió en junio de 2001 a los 83 años. Su legado queda ahí, sus amigos y sus seguidores nunca olvidarán a uno de los hombres más importantes del blues. Un talento sin igual que abandonó el sur en busca de oportunidades y que dejó una huella imborrable en todos los que trabajaron con él.

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