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Viernes, 21 de Febrero de 2020

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La dignidad frente al olvido

Quedan pocos pero, aquellos que sobrevivieron primero a la Guerra Civil Española y más tarde al exilio luchan, casi siempre en silencio y sin hacer mucho ruido, contra el olvido de la historia y de su país

Huyeron de España en barco, en camiones cargados de milicianos, siempre a escondidas, temiendo perder la vida en el camino. Quienes todavía viven para contarlo, para narrar el primer gran éxodo de Europa Occidental eran, a finales de los años 30 del siglo pasado, apenas unos niños.

Muchos ya no están y, a quienes siguen vivos y lúcidos para narrar el horror, cuesta localizarles. Solo saben quiénes son y conocen sus vidas los pocos historiadores, escritores y activistas que luchan por recuperar la memoria. Recurrimos a ellos para encontrar pistas, direcciones, teléfonos… Demasiadas veces, al otro lado, ya no contesta nadie y cuando lo hacen, la conversación deriva en achaques de la edad. Hemos llegado tarde pero algunos siguen ahí, esperando a que alguien quiera escuchar su historia.

Araceli Ruiz recuerda cómo, con 13 años, salió de “El Musel”, el puerto de Gijón. En aquel barco que tenía como destino la Unión Soviética, viajaban 1.100 niños. A ella le acompañaban tres hermanas. Atrás quedaban un padre en la cárcel y una madre que tenía que alimentar a otros dos niños. Mientras ellos sufrían el fascismo en España, sus hijas, ahora exiliadas, sobrevivían a la Segunda Guerra Mundial. Tardarían décadas en regresar a España.

También en barco, a bordo de “El Habana”, y temiendo ser hundidos por el acorazado fascista “El Cervera”, huía de España desde Santurce (Bilbao), una niña de 9 años llamada Elvira Barciela que se agarraba fuerte a sus seis hermanos para sobrevivir al miedo y a la oscuridad. Llegan a Francia, donde son separados y acogidos en familias hasta que su madre consigue reunirse con ellos. Regresan a España años más tarde, en plena dictadura, tras descubrir que su padre no había muerto en la batalla, solo era un preso más. Araceli y Barciela son dos de los 30.000 “niños de la Guerra” que el Gobierno de la República intenta refugiar fuera de España.

Antes de que la ciudad de Barcelona caiga en manos del ejército de Franco, Delfina Tomás, huye a Francia con su madre y con su hermano atravesando los Pirineos. Cumplirá 7 años en un campo de la Bretaña francesa pasando hambre y “viendo morir a niños como moscas”. Su padre huiría días más tarde. Llega a Argelès-sur-Mer, un campo de refugiados por el que pasarán más de 100.000 españoles. La familia tarda años en reunirse y décadas en regresar a la ciudad de la que salieron “con una maletita y dejando las lentejas al fuego”.

El decreto de la vergüenza

Araceli, Elvira y Delfina se sienten agradecidas con Francia y con Rusia, sus “segundas patrias” las llaman, sin embargo, no todos guardan un buen recuerdo del trato recibido ni por el gobierno, ni por la sociedad francesa. Los sindicatos y los partidos políticos de izquierda crearon redes solidarias para acoger y cobijar a los miles de refugiados españoles que buscaron asilo en Francia pero en 1938, el gobierno de Edouard Daladier, firma un decreto que permite crear campos de refugiados a los que llegarán muchos españoles. Allí comenzará un largo camino hasta conquistar a la libertad.

Localizamos a Virgilio Peña en Francia. Sus 101 años son historia viva. Con apenas 22 sale de Espejo, un pequeño pueblo de Córdoba, para luchar al lado de los republicanos. Dos años después, huyendo de la victoria fascista, llega al campo de Argelès-sur-Mer. Tras 12 meses pasando frio y hambre se convierte en mano de obra barata para los franceses en una economía de guerra que se prepara para la II Guerra Mundial. Sus ideales le harán sumarse a la resistencia contra los nazis pero en 1943 es detenido en Burdeos y llevado a Buchenwald, uno de los campos de exterminio que el III Reich tiene en territorio alemán.

El olvido

Hablo con uno de esos jóvenes que ahora salen de España en busca de trabajo, le cuento las peripecias que hemos tenido que hacer en “A vivir” para encontrar a refugiados españoles capaces de echar la vista atrás y me dice: “En las calles de París, hay muchas placas que recuerdan con nombre y apellidos a quienes combatieron en la resistencia contra los nazis”. Ninguna de ellas agradece a los españoles que se sumaran a los franceses en la lucha contra el fascismo. Apenas una, la que Anne Hidalgo -hoy alcaldesa de la ciudad-, luchó por colocar en los alrededores del ayuntamiento de París, agradece a los españoles su lucha. Mientras tando, Araceli, Elvira, Delfina, Virgilio y tantos otros, luchan contra el olvido con su mejor arma, la dignidad.

 

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