Martes, 21 de Septiembre de 2021

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LA LLAMADA DE LA HISTORIA

Eugenio Montero Ríos

Fue en 1884 cuando ingresé en el partido de Sagasta. Me uní a ellos porque fui incapaz de formar yo un partido que pudiese competir con ellos. Así que ya saben, si no puedes con el enemigo, únete a él.

No lo hice mal porque empecé de este modo un periplo político que seguramente no hubiera tenido de otra manera: ministro de Fomento, ministro de Gracia y Justicia, presidente de Tribunal Supremo…

Y para no seguir enunciando solamente cargos, puedo decir que fui presidente de la delegación española que negoció el Tratado de París, tras la guerra con los Estados Unidos y que supuso la pérdida de las últimas colonias.

También fui sucesor, provisional, de Sagasta, yo que quería haber formado un partido en su contra. Mi facción era la que estaba más a la izquierda.

La anécdota de montero ríos

-Mire, don Eugenio, Yo es que tengo una tierriña, nada, apenas me da para ir malviviendo, pero ahora me preocupa lo del vecino.

-¿Pues qué le pasa a su vecino? –le preguntó Montero Rios.

-Es el dueño del pazo “colidante” de al lado.

-Si ese pazo linda con su terreno es lo que llamamos en derecho colindante

–le corrigió el abogado.

-Bueno, el “colidante” ese plantó unos eucaliptos en la “colidancia”, justo donde se juntan los dos campos, el suyo y el mío.

-¿Y bien?

-Que las raíces se me han metido en mis tierras, oiga, y me fastidian toda la cosecha de ese lado y, por si algo fallaran, las copas dan un sombrajo que no permite crecer lo sembrado. Y yo me pregunto: ¿Tiene el señor “colidante” derecho a hacerme esa ruina?

-Ningún derecho. Usted puede solicitar legalmente incluso que arranque los árboles causantes del perjuicio.

-Pues no sabe lo que me alegra oírlo. Oiga, pero es que este vecino “colidante” tiene influencias, usted ya me entiende. A ver si en el juzgado…

-¡Por favor! La Ley no conoce de favoritismos. Si se puede demostrar el daño que usted aduce, quédese tranquilo que la Justicia le dará la razón.

-¡No sabe lo que celebro eso que usted me dice! Óigame, don Eugenio, ¿y no podría ponérmelo por escrito? Lo que llaman un “ditamen” o algo así.

-Naturalmente. Venga mañana a esta misma hora y lo tendrá listo. Al día siguiente el famoso abogado recibió al campesino.

-No he creído necesario extenderme porque el asunto está suficientemente claro.

-Está claro. Vaya que está claro. No sabe cuánto se lo agradezco. ¿Qué le debo, don Eugenio?

-La secretaria le dirá. El campesino abonó al minuta y al momento regresó al despacho del abogado.

-¿Alguna duda, querido amigo?

–le preguntó Montero Ríos.

-No, no es eso, don Eugenio. Verá es que no le dije que mi vecino es usted, como dueño del pazo “colidante”, se dice así, ¿verdad? O sea, que supongo que no tendrá inconveniente en arrancar sus árboles, si no existe otro remedio, como muy bien explica aquí, en su “ditamen”.

Quizá si les digo que fui presidente del Consejo de Ministros no les suene tan importante como ser presidente del gobierno. Bien, ubíquese en 1905: es lo mismo.

Mis primeras reivindicaciones llegaron con la separación entre Iglesia y Estado, con la ley de registro civil y con el matrimonio civil. La Institución de Libre Enseñanza fue otro de mis principios básicos y fui nombrado rector. Apoyé a Amadeo I, y también firmé un manifiesto republicano.

Mi dimisión como presidente del Consejo de Ministros vino dada por una viñeta. El humor de una revista satírica provocó la ira de los militares por una parte, la negativa de Alfonso XIII a castigar a esos militares, que decidieron no solo enfadarse, sino asaltar la redacción de esta revista, ¡Cu-cut!. Dimití. Era el 1 de diciembre de 1905. Y ahí, acabó mi mandato.

Algunos dicen que nunca dejé de organizar y mandar. Que soy el representante del entramado liberal del caciquismo político durante la Restauración borbónica en España. Se pusieron como locos años después de mi muerte con una estatua en la plaza del Obradoiro, en Santiago.

En Santiago nací, quise morir en Pontevedra, en Lourizán, pero no pudo ser: tuvo que ser Madrid. Lo tenía todo muy pactado, por escrito: nada de honores, nada de invitaciones para el entierro como era habitual entonces, y una carta para Alfonso XIII en la que renunciaba a todos los títulos que me dieron en vida, como el collar de Carlos III o el Toisón de Oro. Se hizo mi voluntad, en contra de la primera reacción del rey que fue no hacer caso.

Mi voluntad era esta para que todo el mundo supiese que mi ambición era limitada: al lugar y al momento. Acepté cargos y condecoraciones porque estaba allí, pero sin más pretensiones. A pesar de tener a mi familia en una supuesta Galicia orquestada por nosotros.

Hay dos tipos de biografías sobre mí: me llaman cacique o bien hombre de Estado. Busquen los datos y suyas son las conclusiones…que dirían ahora…

 

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