Leonor de Aquitania

Madrid
No vamos a empezar por el comienzo, aunque casi podría serlo. Tenía quince años cuando llegué a París. Estaba allí para contraer matrimonio con un joven de dieciséis. Mi futuro esposo y yo nos veíamos por primera vez el día de nuestra boda. Quizá suene pretencioso que lo diga yo, pero a estas alturas, se me permite. Fui siempre una mujer muy bella, hasta el final de mis días, y claro, en plena juventud…Luis se quedó completamente prendado al verme. No fue tanto al revés.
Él no me gustaba mucho, pero menos aún me satisfacía el lugar donde había llegado. París era una corte fría, conservadora, de costumbres recias y vestimentas sosas. Mi lugar de origen, Aquitania, era bien distinto: yo había crecido rodeada de cultura, de lujo, y rodeada de amor cortés, de trovadores que cantaban sus hazañas. Quizá esto no se vea como algo significativo si no lo explico: Hablamos de la Edad Media, entonces, los matrimonios eran como el mío: concertados, arreglados. La idea del amor romántico, de lo platónico, era algo callado, prohibido…Estas fiestas en las que se permitía cantar al amor cortés eran una auténtica revolución. Se me considera la pionera en estas modernidades.
Todo esto hizo que a mí no me gustase París, pero es que a París tampoco le gusté yo. Les parecía una extranjera que llevaba vestimentas inmorales y que tenía costumbres libertinas. A esto súmele que tuvimos dos hijas, mujeres, en nuestro matrimonio. Nada de un heredero varón que todos esperaban, especialmente mi marido.
Hay quien dice que fue él el que decidió que nos íbamos juntos de cruzada, porque no podía soportar los celos. También hay quien dice que me empeñé yo…Sea cual fuere la razón, lo cierto es que no nos vino nada, pero que nada bien, este viaje. En medio de las desavenencias fuimos a ver al Papa que nos animó a intentar una reconciliación y fruto de aquello, nació nuestra segunda hija.

CADENA SER

CADENA SER
En la cruzada visitamos el lugar donde estaba mi tío, que fue mi tutor y con quien rumorearon que tuve algo más que una relación familiar…
Llegó el divorcio. Ahora no suena raro, pero estamos hablando del año 1152…Conseguí alegar motivos de consanguinidad y así, también pude recuperar los territorios que aporté al matrimonio, pero que eran míos, de mi herencia. Algo así como una separación de bienes…Lo que nadie sabía es que mientras preparaba mi divorcio, preparaba también otra boda. La mía con un joven Enrique, que sería Enrique II de Inglaterra. Este matrimonio fue por amor. Se invirtieron los papeles, yo sí lo amaba a él pero él solo quería de mí las tierras. Tuvimos ocho hijos. Me di cuenta, porque una no es tonta, que mi marido dejaba de tener cualquier interés por mí…Mostré comprensión con las amantes de mi marido, hasta que se enamoró de una. La hizo pública, y la rebelión llegó a nuestra vida, a nuestros hijos, a nuestro reinado…Mi marido me encerró dieciséis años, hasta que murió y mi hijo fue nombrado rey.
Ricardo Corazón de León era él….Ni aun así pude descansar, porque este hijo también murió y tuve que estar muy presente en el reinado de su hermano, Juan sin tierra, pero además, también estuve presente en los acuerdos de matrimonio de mis nietas…

Adriana Mourelos
En El Faro desde el origen del programa en 2018. Anteriormente, en Hablar por Hablar, como redactora...




