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Viernes, 22 de Noviembre de 2019

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Forzados a dejar la "prisión" de Manus

Desde 2013, Australia envía a la isla de Manus a los refugiados que alcanzan sus costas.

Ante el cierre inminente del centro, los 600 hombres que hay allí detenidos se niegan a salir: "Preferimos estar en esta prisión que salir, la gente de Manus nos ataca y nos sentimos más vulnerables"

Los refugiados de Manus protestan por el cierre del centro /

Chauka es un pájaro que solo vive en la isla de Manus, en Papúa Nueva Guinea (PNG). Siempre canta a la misma hora. Los refugiados que están en las celdas de aislamiento que hay en el centro de detención de esa isla cuentan el paso de los días gracias al sonido de este pájaro. Bahrouz Boochani pasó una semana en una de esas celdas. "La situación aquí es horrible, muchos refugiados tienen problemas mentales como consecuencia. Algunos se han suicidado en sus habitaciones, otros se autolesionan, pero al gobierno de Australia no le importa".

Behrouz lleva más de cuatro años en la isla de Manus. Él viene de Irán, pero entre los 600 hombres que están allí, los hay de Somalia, Sudán, Afganistán o Iraq. "No sé lo que me va a pasar... Cuántos años más vamos a estar en esta prisión, en esta isla. Lo importante para nosotros era empezar una nueva vida en un país seguro. ¿Cuándo conseguiremos nuestra libertad?".

Este centro tiene los días contados. Su cierre está planeado para el 31 de octubre. Es la decisión a la que llegaron el gobierno de PNG y de Australia, después de que el Tribunal Supremo de Papúa decretara ilegal el centro de detención. Los refugiados y migrantes se niegan a aceptar la opción que les plantea el Gobierno australiano tras el cierre: el traslado a otro centro que hay en una ciudad cercana. El porqué de ese rechazo lo explica un informe reciente de Human Rights Watch. Elaine Pearson, la autora de ese informe, viajó a Manus por seguna vez hace un par de meses. "Hemos documentado una serie de ataques brutales a los refugiados y un aumento de la violencia. La policía no lo investiga y los hospitales de la ciudad no les atienden. Los locales creen que los refugiados son terroristas, criminales... y no los quieren aceptar".

El centro de detención de Manus. / Behrouz Boochani

Behrouz, en una conversación telefónica que no deja de cortarse por la mala comunicación de la isla, nos cuenta que han protestado pacíficamente durante días para que no les trasladen. "Preferimos estar en esta prisión que salir, porque si salimos es peligroso, la gente de allí nos ataca y nos sentimos más vulnerables. Tienen miedo y es lógico, son una comunidad pequeña, con su cultura... No nos quieren y nosotros no queremos ir. Yo no les culpo, pero no sabemos qué va a pasar".

El gobierno de Australia paga a este pequeño estado para que mantenga encerrados allí a los refugiados y migrantes que alcanzan las costas australianas. Desde 2013, han mandado a alrededor de 2.000 personas a Manus y a otra isla del Pacífico, Nauru. Australia defiende esta política diciendo que ha conseguido frenar las entradas en barco al país, pero desde Human Rights Watch dicen que hay otras medidas que no implican dejar las vidas de 2.000 personas en el limbo. "Estos hombres ya han sufrido persecución en sus países, están traumatizados. Lo que necesitan es un lugar seguro, un lugar donde puedan tener un trabajo y continuar con sus vidas, en vez de ser más vulnerables y estar expuestos a más violencia e intimidación".

Los refugiados vieron algo de esperanza cuando Estados Unidos y Australia llegaron a un acuerdo durante el mandato de Barack Obama. En base a ese acuerdo, Estados Unidos se compromete a acoger a más de 1.200 refugiados. Unos 50 han sido ya aceptados en EEUU, pero Elaine dice que el acuerdo no puede ser una excusa para que Australia eluda sus responsabilidades. "No sabemos cuántos aceptarán bajo la administración de Trump, pero no podemos estar más años esperando. Fui a Manus hace dos años y jamás me imaginé que volvería dos años después y vería a los mismos hombres".

En su encierro, Behrouz utiliza las redes sociales para contar su día a día en este lugar. Quiere llamar la atención del mundo. En Irán era periodista y ha seguido ejerciendo su profesión en Manus, donde la prensa no tiene permitido entrar. Su principal proyecto es una película que grabó con su teléfono. "Durante años he andado como periodista por esta prisión, contando lo que veía. Un día me di cuenta de que el lenguaje periodístico no era lo suficientemente poderoso para describir esta clase de sufrimiento, así que decidí hacer algo diferente: una película para dar voz a los refugiados que están aquí olvidados.

La película de Behrouz, como el pájaro con el que mide el paso del tiempo, se llama Chauka. "Chauka: por favor, dinos la hora". La hora, nos dice Bahrouz, a la que saldremos de aquí.

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