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Una entre un trillón

La noche del 21 de enero, Patri, de 19 años, volvía a casa en coche. Llovía torrencialmente en la sierra de Madrid. Solo fue un segundo, pero ya nada volvería a ser igual. Esta es la historia de una vida que quedó en pausa

Aquel 21 de enero de 2014 era martes. Y como todos los martes, Patricia se levantó a las 7:30 de la mañana, cogió el Fiat Punto rojo que hacía menos de un año le habían regalado sus padres, y se fue a buscar a su amiga María para ir juntas a la universidad. Patricia tenía 19 años y estudiaba Derecho y Administración de Empresas, y aquel 21 de enero tenía el último de sus primeros exámenes de matemáticas de la carrera que acababa de empezar. No le fue muy bien, pero en junio podría recuperar la asignatura. O al menos eso creía hasta entonces.

Ya era casi media noche cuando Patricia cogió el coche para volver a su casa, en la sierra de Madrid. Llovía torrencialmente, no eran las mejores condiciones para conducir, y en la oscuridad de aquella carretera por la que había pasado tantas veces de repente apareció un ciervo. Patricia intentó esquivarlo, pero su coche se salió de la calzada e impactó con el único muro de piedra que había a esa altura de la M-600. Recibió todo el impacto del accidente en su cabeza y entró en coma profundo.

Esa noche Patricia no volvió a la casa donde la esperaban sus padres Antonio y Rafi. Por entonces ellos estaban sentados en el sofá, tapados con una manta, viendo el último capítulo de una serie. Cuando suena el timbre, Antonio, enfurruñado por tener que salir del sofá, se levanta y se dirige a abrir la puerta del garaje. No espera encontrarse con un par de botas de la guardia civil mientras levanta la persiana: “Tu hija ha tenido un accidente muy grave. Va camino del hospital”.

Es difícil comprender cómo tan pocas palabras cambian tantas vidas al mismo tiempo. Porque esta es una historia de historias. Porque aunque es la historia de Patricia, es también la de Antonio, la de Rafi, la de Pedro, María, Carmen, Loli, Isabel, Jesús, Rosa, Manolo...

Mientras la vida de Patricia quedaba en pausa, todo su entorno se transforma. Personas muy cercanas se alejan; otras, hasta entonces ajenas, pasan a ser consideradas unas "pepitas de oro", unas personas indispensables para la familia que, antes de aquel 21 de enero, eran tan sólo amigos de unos vecinos, compañeros de trabajo... simples conocidos. Como es el caso de Pedro, o de Rosa. El primero le cantaba nanas para que despertara; la segunda, de tanto cuidar a Patri, terminó sacándose el curso de auxiliar de enfermería.

“Si ellos estaban siempre conmigo, trabajando con Patricia poniéndole música, hablándole... ¿Cómo me iba a derrumbar yo?”, reflexiona ahora Antonio cuando le preguntamos de dónde sacaba fuerzas para ir día tras día al hospital y ver inconsciente a su hija de 19 años. Los partes médicos no dejaban lugar a ningún tipo de esperanza, eran un golpe de realidad que recibían casi a diario. "Su hija tiene una posibilidad entre un trillón de recuperarse", le decían. Y su respuesta, siempre la misma: "Pues yo quiero que mi hija sea esa una".

La evolución de los pacientes que se encuentran en estado de coma es tan diferente en función de su edad, de la causa del coma y del nivel de conciencia con el que llegan al hospital, que no existen datos fiables sobre cuántas personas se encuentran en esta situación en nuestro país. Sí se conoce que una de las causas más habituales del estado de coma son los traumatismos craneoencefálicos producidos, por ejemplo, por un accidente de tráfico como el de Patricia.

Ese año, 10.086 personas resultaron heridas graves en accidentes de tráfico en las carreteras españolas. 10.086 personas de las que los medios de comunicación solemos pasar por alto, porque no son víctimas mortales. 10.086 sueños, familias, amigos... 10.086 vidas como la de Patri. Esta es su historia.

El CEADAC y la Fundación Polibea

A menudo se dice que cuando estos pacientes despiertan, vuelven a nacer. Pero en el caso de Patricia, esto es mucho más que una frase hecha. Una vez superada la fase del coma, Patricia tenía que volver a aprenderlo todo desde el principio.

Para empezar a recuperar el terreno perdido, la familia de Patri acude al CEADAC, el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral. Allí pasará 18 meses en los que aprenderá a sentarse, a comer papillas, a hablar algunas palabras y, más adelante, dos de sus mayores logros: conducir una silla de ruedas eléctrica y escribir, aunque con una dificultad añadida: las lesiones cerebrales habían afectado, especialmente, a su mano derecha. Ahora, Patricia tenía que aprender a ser zurda.

Tal fue su avance, que cuando entró al CEADAC Patricia tomaba 48 pastillas diarias. Y al salir, 18 meses después, ninguna. De a poco se fue transformando en esa "una entre un trillón".

Una vez terminados los recursos públicos, abandonan el CEADAC y sus padres oyen hablar de la Fundación Polibea, donde pueden seguir con la rehabilitación de su hija. "Su avance en este último año ha sido brutal", explica su padre, Antonio.

Patri nada ahora en una piscina con ayuda de un rehabilitador, se come hasta un chuletón, mejora sensiblemente su capacidad de atención y de concentración... La directora del centro, Gemma Guerra, no deja de sorprenderse con sus avances. Ella se siente incapaz de ponerle techo a su recuperación. "¿Objetivo de aquí a cinco años? Imposible saberlo. Ella hoy hace cosas que hace 6 meses no nos planteábamos".

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