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Martes, 28 de Enero de 2020

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Rato o el fin de la impunidad

Desgraciadamente para él, el mundo ha cambiado y la impunidad ya no se lleva

Al borde de entrar en la cárcel, el otrora todopoderoso Rodrigo Rato tendrá tiempo de ver pasar ante sus ojos el recuerdo de una vida familiar y política llena de padrinos. Desde la fortuna de su padre a la amistad de José María Aznar. Contó después con la generosidad de una oposición -el PSOE- que le facilitó que ocupara aquel majestuoso sillón de mandamás del Fondo Monetario Internacional. Pero tampoco el magnífico cargo le convenció, y se vino a España a hacer dinero en mitad de su mandato, dejando a todos sus padrinos con las vergüenzas al aire. Qué más daba, si los amos del universo nunca tenían que dar cuentas a nadie.

Desgraciadamente para él, el mundo ha cambiado y la impunidad ya no se lleva. Inmerso en una escalada de fiasco tras fiasco, pero al tiempo amontonando millones, hoy está a punto de que alguien le recuerde aquello de que más dura será la caída. Picoteó aquí y allá, aunque fue en Bankia -ese gigantesco horror que todavía estamos pagando usted y yo- donde definitivamente hundió su carrera y le llevó a los tribunales, donde todavía faltan varios juicios por decidir. Tampoco nos olvidamos, cómo vamos a hacerlo, del resto de consejeros y su utilización vergonzante de las tarjetas, incluidos representantes de la izquierda canónica. Doce millones gastados en vino y rosas. Un auténtico asco.

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