Sábado, 23 de Enero de 2021

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En guardia y entre el centeno ante el sueño americano

La obra de J. D. Salinger, firmada en 1951, camina junto a un adolescente por Nueva York. Nadie sabe bien de qué trata

Manhattan, vista desde Central Park.

Manhattan, vista desde Central Park. / PMORONI

Está en una ciudad repleta de personas y de rascacielos, pero a él lo que le provocan curiosidad son los patos del parque. Ese es Holden Caulfield, el joven adolescente que deambula por Nueva York, en El guardián entre el centeno. La crítica literaria suele celebrar la obra, aunque existen pocos posicionamientos claros sobre su significado. Fundamentalmente, porque nada relevante ocurre en ella. Todas las preguntas y respuestas se formulan, más allá de la acción, en el soliloquio del protagonista. Sobre este misterioso clásico de Jerome Salinger han hablado Macarena Berlín y Fran Pastor.

Holden miente a muchos de los personajes con los que se cruza. Pero, quizá, sea honesto con el lector. Ese contraste se asemeja a su peripecia: lo que ocurre a su alrededor apenas altera los pensamientos que cruzan su cabeza. Los personajes le hablan y él solo piensa en lo dura que está la superficie sobre la que se recuesta. O en algún detalle del aspecto, de la ropa o del pelo, de quienes le hablan. Unos de los pocos adultos a los que admira, por ejemplo, son un profesor y su mujer que, al contrario de como es costumbre, duermen en habitaciones separadas.

Nueva York es la ciudad de las artes, de los intelectuales, del cine de autor. Pocos años después de que se publique el libro, allí crecerá la generación beat, que desafiaba los valores norteamericanos. Mientras en Hollywood, al Oeste, se vive el capitalismo más descarnado. Es allí donde vive el hermano al que Holden admira, hasta el punto de esquivar mencionar su nombre.

La ciudad de los rascacielos, y en los albores de la Navidad, es también el lugar donde Holden elige gastar muchísimo dinero. Pero, siempre, en cosas intangibles, que no se pueden tener, ni regalar. Lo gasta en taxis, en copas, bailes. Nunca compra ningún objeto que se pueda llevar a casa. Es decir, se entrega al capitalismo postindustrial, el anticipo de aquello en lo que vivimos hoy. No nos regalamos cosas tangibles, sino suscripciones para ver series de televisión.

Es curioso cómo Holden, ya en los años 50, responde al capitalismo industrial de la Navidad, el capitalismo de las cosas, desde el capitalismo posindustrial, el de las sensaciones. Al final, será también una de esas sensaciones, algo intangible, lo que le conmueva. Lo que le haga dar un giro y renunciar a ir al Oeste: ver a su hermana montando en tiovivo.

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