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Viernes, 18 de Octubre de 2019

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Excluir, expulsar, encarcelar y encuadrar

Josep Ramoneda reflexiona sobre la política de oposición que está llevando a cabo Pablo Casado, una vía directa al autoritarismo posdemocrático; todo lo que hay en juego en las elecciones andaluzas y el acuerdo final por Gibraltar

Excluir, expulsar, encarcelar y encuadrar. Estas son las cuatro entradas en la letra E del diccionario de Pablo Casado: excluir a todo aquel que no se alinee con la derecha, hasta el punto de negar al PSOE en el bloque constitucionalista; expulsar a los inmigrantes presentados como seres que vienen a alterar nuestras costumbres y a llevar la violencia a la calle; encarcelar y negar cualquier revisión de su situación a los políticos independentistas; y encuadrar a la ciudadanía en una nueva restauración conservadora que ya intentó Rajoy en 2011 y que acabó con la caída de Ruiz Gallardón y José Ignacio Wert. La escalada autoritaria en el discurso de Pablo Casado se atribuye a la competencia de Vox, y sigue los pasos de la derecha europea que, a base de asumir la agenda de la extrema derecha, la legitima, a la vez que provoca el corrimiento del sistema hacia la radicalización. Pero tiene además elementos genuinos: el ADN del PP y el recurso sistemático a la propagación del miedo y a la construcción del enemigo, ante la incapacidad de dar respuestas concretas y efectivas al malestar de la agente. Y esta vía va directa al autoritarismo postdemocrático.

En este clima, la semana culminará con las elecciones andaluzas. De ella se esperan pistas para el futuro inmediato. Y podría ser que solo las diera para la derecha: ¿PP o Ciudadanos? Esta es la cuestión. Si quieren que la derecha gobierne en España, están condenados a entenderse, pero un resultado igualado mantendrá viva la lucha por la hegemonía conservadora. Para Sánchez es distinto: lo malo, será desgaste de Susana Díaz, lo bueno, signo de revitalización socialista. O sea, para sus cálculos de supervivencia con conservar la Junta le basta.

El presidente Sánchez ha situado el sentimiento de duelo europeo por el Brexit por encima del acontecimiento histórico sobre Gibraltar del que alardea su ministro Borrell. Es un signo de sensatez institucional. Sánchez ha concentrado la atención europea durante tres días, con un espectáculo a tres, Teresa May, Donald Tusk y el propio presidente español, que le ha dado protagonismo y que ha servido para que pueda decir que España ha sido escuchada, aunque haya sido para cerrar un apaño en el que aparentemente cambia algo para que no cambie nada. Es el eterno destino de las piruetas hispánicas con Gibraltar. Y en este sentido la derecha no tiene ninguna lección que dar al presidente, ella nunca ha ido más lejos.

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