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Viernes, 18 de Octubre de 2019

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Juglares del siglo XXI

Entre la multitud que se agolpa en la calle un día cualquiera mientras vamos camino al trabajo, a comprar en las tiendas, a salir a cenar o simplemente a deambular por la ciudad se encuentran ellos: los músicos callejeros

“La música es lo primero que pienso cuando me despierto y lo último que pienso antes de acostarme”, sostiene Sandra Merino, una guitarrista que cualquier transeúnte puede escuchar desde hace años en la madrileña calle de Fuencarral y que está ahorrando para lanzar su primer disco.

Los músicos callejeros gozan de una visión privilegiada de la ciudad. Artistas parados en medio del caos. Gente contemplativa que hace arte entre la muchedumbre. Músicos que, en definitiva, ponen banda sonora a la ciudad y a nuestras vidas como si estuviéramos en una película. Quizás es demasiado bohemia esta definición.

En la edad media, los juglares eran artistas ambulantes que actuaban también en la calle a cambio de dinero o comida y que, en el mejor de los casos, eran contratados en alguna ocasión para las fiestas ofrecidas por la nobleza. Tal vez, sea la figura que más se parece a la de un músico callejero actual, aunque detrás de cada uno de ellos se esconde una historia diferente. Los motivos que los impulsan a actuar en el metro, en la plaza de enfrente o en la terraza de su bar preferido son muchos. En ocasiones se esconden historias de ilusión y esperanza, historias de futuro e incluso proyectos de carreras musicales. Otras, son historias de miseria y pobreza.

“La música es lo primero que pienso cuando me despierto y lo último que pienso antes de acostarme”

Dimcho es un músico búlgaro que actúa en la Plaza de Callao con una historia que poco parece haber cambiado desde la Edad Media. Él ha convertido la música callejera en su forma de subsistencia. Antes, tocaba la trompeta en una banda de su país junto con otros cuarenta músicos. Hoy, malvive en la calle con lo que gana gracias a su acordeón y no pierde una sonrisa que parece formar parte de su uniforme de trabajo, más que de sus verdaderos sentimientos. Aunque su español no es fluido, comenta que “lo peor de tocar en la calle son los meses de enero y febrero…duele”, mientras muestra sus grandes manos con unos dedos cortados por el frío invernal. Afortunadamente, sabe llevarlo con humor: “Hoy, mañana y pasado es fiesta. Fiesta sin música ¿cómo se llama? ¡Cementerio!”

Entre los músicos callejeros se mezclan no sólo nacionalidades, sino estilos y clases sociales. Unos metros más abajo, entre la gente que camina deprisa, llena de bolsas y con los auriculares puestos a todo volumen escuchando música enlatada, está Sebas. Como hay demasiada gente en la calle Preciados, está pendiente de la policía porque sabe que en cualquier momento le dirán que no puede seguir tocando debido a la aglomeración de gente. No obstante, reconoce que existe cierta complicidad con ellos. “La policía es muy maja con nosotros porque ya nos conocen”, afirma.

Sebas es un joven de diecisiete años de Leganés, una localidad eminentemente obrera, situada al sur de Madrid. Subía sus covers con la guitarra a las redes sociales para compartirlas con sus amigos hasta que un día alguien le convenció de que fuese a tocar a Madrid. “Estaba cansado de tocarle a una grabadora solo en mi casa. Quería tener un público y a mí no me da vergüenza tocarle a desconocidos”. Sabe que en la calle no puede escoger a su público, pero si se lo tuviera que imaginar cree que sus versiones llenarían salas de gente joven. “Lo mejor de ser músico callejero”, sostiene, “son las relaciones entre los artistas, las amistades y la cantidad de gente que conoces”. Una vez, una chica en lugar de tirarle dinero, como la mayoría, le tiró a la funda de la guitarra una caja de preservativos y, aunque es receloso a contar cómo acabó la historia, es una anécdota que da cuenta de la cantidad infinita de aventuras que les ocurren a menudo.

“Estaba cansado de tocarle a una grabadora solo en mi casa. Quería tener un público y a mí no me da vergüenza tocarle a desconocidos”

De fondo, se escucha una voz latina que dice: “cruzo la frontera sin visa y le saco una buena sonrisa a la Monalisa por ti. Todo lo que hago lo hago por ti, es que tú me sacas lo mejor de mí…”. Aunque me sentí interpelado por ese “tú”, la letra pertenece al grupo Calle 13 y, detrás de sus acordes, está Mau, un chico trans venezolano acompañado por José, un peruano instalado en España desde hace apenas unos meses. Se conocieron en la calle cuando José le preguntó si podía acompañarlo con su cajón peruano. Les encanta lo que hacen y se nota. “Lo mejor de ser músico callejero es que tú eres tu propio jefe y que pasan muchas cosas raras como cuando los ancianos se ponen a bailar swing aunque estés tocando merengue”. Mau reconoce que tocar en la calle no era su primera opción, sino que se vino a España pensando en poder estudiar y trabajar en doblaje de voces, que era lo que él hacía en su país. Con todo, para él la música lo es todo: “yo soy muerte si no hay música.”

Quizás a Sandra, Dimcho, Sebas, Mau o Jose no se les pueda escuchar en las grandes plataformas de música. Tal vez les gustaría llegar a lo más alto del panorama musical. O tal vez ya lo estén porque tienen esa libertad que, de momento, ninguna discográfica les puede arrebatar y porque ayudan a humanizar unas ciudades cada vez más solitarias y más grises.

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