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Miércoles, 17 de Julio de 2019

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Un señor de provincias

Clarín era el catedrático más temido de la Universidad de Oviedo. En sus artículos críticos, el autor de 'La Regenta' no dejaba títere con cabeza, y aunque cada uno de ellos le suponía nuevos enemigos, se enorgullecía.

Retrato de Leopoldo Alas Clarín realizado por Juan Martínez Abades. /

El catedrático más temido de toda la Universidad de Oviedo era el de Derecho Natural. Los alumnos llegaban allí sin saber qué les esperaba; solía comenzar con la reflexión de un autor clásico o del Quijote, y esperaba luego que los futuros abogados dedujeran de ella la lección del día. Implacable, de una exigencia cruel, e incorruptible en un sistema que veía con complacencia los tratos de favor, don Leopoldo era el ateo local, un krausista y un simpatizante del partido liberal que, no contento con torturar a sus estudiantes, despedazaba con ferocidad a todo autor que asomara en la imprenta. Tenía veleidades literarias, una de esas aficiones de señor de provincias, posiblemente herencia de la curiosidad imbuida por los jesuitas que le educaron.

Entre sus extravagancias se encontraba el haber escrito una novela a la francesa con solo treinta y un años. Se titulaba La Regenta, y apareció firmada con el pseudónimo con el que rubricaba otros artículos y críticas: Clarín. La novela no estaba mal, había recibido bastante atención e incluso había sido traducida, pero muchos ciudadanos de Oviedo recordaban con mayor claridad que había intentado dar el salto al teatro, animado por la actriz María Guerrero, y que esa obrita, Teresa, resultó un fiasco. Muchos aguardaban ese fracaso con deleite, porque Clarín se había ganado a pulso la antipatía de sus enemigos, e incluso de algunos amigos. En su paso por Madrid, obligado para casi todos los jóvenes de su posición, había fundado una tertulia en la Cervecería Inglesa, en la Carrera de San Jerónimo. La ferocidad de sus críticas era tal que la habían bautizado como el Bilis Club.

No era el único autor desengañado por una época de agudísima crisis social, pero a Clarín le resultaba imposible ocultarlo. Su nota aguda se elevaba sobre la orquesta. En sus artículos críticos, los Solos de Clarín, no dejaba títere con cabeza, y cada uno de ellos le suponía nuevos enemigos, de los que se enorgullecía. Sabía enfrentarse al resentimiento y al odio sin un parpadeo, protegido por su elocuencia y su talento, muy superior al de cualquier adversario. Lo demostraría también en política, cuando le eligieron concejal en Oviedo por el partido republicano.

En él contrastaba la esperanza de las reformas que creía posibles con la lucidez de quien ha observado la realidad en detalle; la conciencia del propio genio y la implacable denuncia de la mediocridad. Si de algo puede acusársele es de falta de generosidad, y quizás de paciencia, como lector. De sus contemporáneos, salvaba a Galdós, a Campoamor y a Zola, algo muy justo. Pero el ensañamiento mostrado hacia otros autores resulta a menudo gratuito e indigno de su inteligencia. Por otro lado, el tiempo le ha dado la razón. Si su obra, muy en especial sus deliciosos y conmovedores cuentos, se leen ahora con la misma frescura que hace un siglo, la de los autores que criticaba no ha soportado, en general, el paso de los años.

El catedrático que, en sus ratos libres, traducía a Zola, no gozaba de muy buena salud. Con cuarenta y nueve años le diagnosticaron una tuberculosis ya avanzada, incurable. Su final resultó fulminante, y su muerte se celebró en Madrid como la mejor de las noticias del año. El veneno que había vertido en vida se filtró lentamente por la tapa de su ataúd en necrológicas llenas de júbilo. Mientras tanto, olvidadas ya las rencillas, muertos y olvidados los autores, descatalogadas casi todas las novelas que provocaron tanto debate y dolor, tantas esperanzas y artículos, Ana Ozores, la Regenta, habita entre las páginas que la custodian. El Magistral sube a la torre de su reino para inspeccionarlo con su catalejo, Mesía retoma su carrera de Don Juan crepuscular, Vetusta, la heroica ciudad, duerme la siesta. La novela del catedrático ha sobrevivido a la censura eclesiática y a las acusaciones de amoralidad. Lo demás, en realidad, no importa demasiado.

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