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Desde nuestra pequeñez, osamos explicar la inmensidad

Josep Ramoneda reflexiona sobre la primera imagen de un agujero negro que hemos podido ver en la historia de la humanidad, las promesas populistas de campaña y las peticiones de Sánchez a los independentistas catalanes

La primera imagen de un agujero negro es tan inexpresiva como inquietante: un haz de luces rodea la boca del pozo. Son los últimos destellos de los gases que van a desaparecer arrastrados por la atracción fatal que acaba con todo lo que se le acerca. Otro misterio del universo al que la ciencia nos aproxima. Y nos carga de orgullo: desde nuestra pequeñez osamos explicar la inmensidad, apoyándonos en la razón y en la peculiar capacidad de construir ficciones que nos caracteriza. Extraño poder de un ser tan precario. Hay que agradecer a los científicos que una mirada a lo indescifrable se haya colado en los telediarios, dándonos una breve tregua para la fantasía, en medio de las sórdidas píldoras de la campaña electoral. Y dicen que marcará un antes y un después en la historia del saber.

Hay definiciones más o menos sofisticadas de populismo. Pero hay una muy concreta: populismo es hacer promesas a la ciudadanía sabiendo a ciencia cierta que no podrán cumplirse. Y este es el pan de cada día de las campañas electorales. Unos más, otros menos, pero todos se pasan de frenada. Y de momento Pablo Casado va por delante con clara ventaja. Su proyecto estrella: rebajas fiscales imposibles porque no hay margen para aplicarlas sin aumentar el déficit alarmantemente. De momento el único efecto de la encuesta del CIS es que Pablo Casado está tocado. Así se explica el lío que se ha montado hoy él solito con el salario mínimo.

Pedro Sánchez acusa a los dirigentes independentistas de mala fe porque “saben que la independencia no es posible pero no lo dicen” y pide a Torra que lo reconozca, porque solo sobre la confianza se puede construir el diálogo. Lo saben ciertamente, pero Torra precisamente no puede reconocerlo: mantener la ficción es el único salvavidas que le queda, aunque esté ya un poco pinchado. Para llegar a este reconocimiento –que no significa renunciar al objetivo- han de ocurrir dos cosas: que acabe el ciclo electoral y que se conozca el desenlace del juicio del Supremo. El tono de la nueva etapa lo dará quien gobierne en España, quien se haya impuesto en la lucha por la hegemonía en el soberanismo y la sentencia judicial. Es decir, dependerá de que gane la rabia o la distensión.

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