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Sábado, 20 de Julio de 2019

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Cela, oficio de tinieblas

En una sociedad acostumbrada a normas y cánones, sus novelas exploraban el tremendismo y el humor. Coqueteaba con el costumbrismo más rancio y lo modernizaba con formas de vanguardia

Camilo José Cela. /

Hace apenas unos días escuché cómo un autor reconocido masticaba estas palabras con una satisfacción evidente.: ¿Quién lee ahora a Cela? Nadie. El entusiasmo era el mismo con el que le recuerdo presumir en 2000 de su amistad con el Nobel, al que adulaba sin pudor. Quien sobrevive, gana, decía Cela. Y, obviamente, tenía razón. Pero para eso hay que sobrevivir a todos. Su estrategia de culto a la personalidad, la manera en la que buscó y logró la fama dejaba a su paso un buen número de cadáveres. Y cuando ya no necesitó más tácticas, quienes no lograban su favor o su atención se alineaban rápidamente en el bando enemigo.

Cela probó todo en narrativa, quizás no antes que nadie pero con mayor éxito que la mayoría. En una sociedad acostumbrada a normas y cánones, sus novelas exploraban el tremendismo y el humor. Coqueteaba con el costumbrismo más rancio y lo modernizaba con formas de vanguardia; y, lo que resulta muy interesante para quienes estudian el proceso de creación, se alzó como uno de los primeros en explicar la deriva de su obra y la evolución de su pensamiento. Ese análisis en primera persona es oro para los aspirantes a escritores, que, en muchos casos, hablan de él con ligero desprecio sin haber leído Cristo versus Arizona o Viaje a la Alcarria. Usaba para ello entrevistas y prólogos, y cuando la televisión se prestó, se convirtió en uno de sus autores preferidos. Su voz campanuda, su aspecto inconfundible, y la combinación entre su humor escatológico y un vocabulario hiperculto encontraron acomodo en una incipiente sociedad del espectáculo que pasó para no regresar.

Si bien esa atención a una carrera extraliteraria parece muy moderna, no hacía sino seguir una tradición bien asentada entre novelistas del siglo XIX. Sabía lo que hacía, y perseguía sus resultados como un perro de presa. Cela fue Senador, levantó ampollas entre los militantes socialistas, y sobrevivió a escándalos como su pertenencia a la censura franquista o las acusaciones de plagio de la novela con la que ganó el Premio Planeta. Quizás ahora se recuerde menos la redacción propagandística de novelas a sueldo del gobierno venezolano, para el que llegó a inventar un idioma propio. Su vida privada también llegó al gran público; y la concesión del Nobel de Literatura pareció un paso lógico en ese escritor desbordante y voraz.

Sus movimientos le llevaron a una amoralidad en la que nadie esperaba de Cela nada sino un exceso nuevo. Bueno o malo, crítica o elogio, todo alimentaba el fenómeno. Nadie discutía su obra, porque toda la atención la atraía el personaje creado. El propio Cela asumía que muchas de sus novelas envejecerían, hijas de un momento concreto, pero que otras soportarían sin problema el paso del tiempo. Por debajo de su histrionismo, no parecía engañarse demasiado sobre quién era él y sobre su propio talento. La ternura que destila La colmena, la mirada conmovedora de La familia de Pascual Duarte, la deconstrucción de Mazurca para dos muertos se mantienen por sí mismas.

Le tocó un tiempo difícil, y no fue una persona ejemplar. Nos gustan los héroes en esas circunstancias, y Cela fue un enorme autor, y un ser humano adaptaticio. Quiero creer que aún se lee a Cela hoy en día. Deberíamos. La vida no debería enturbiar al genio.

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