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Martes, 19 de Noviembre de 2019

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Los jóvenes ya no quieren ser pescadores

Viajamos hasta Vigo para hablar de pesca, un sector clave en la región en el que ahora peligra el relevo generacional

Antonio es de esas personas que habla de "la mar” así, en femenino. Cuenta este capitán de pesca ya jubilado, que ha pasado más tiempo de su vida navegando que en tierra firme. Con la piel curtida por el sol, Antonio se recuerda desde los siete años pescando en la Ría de Arousa junto a su abuelo. “Antes existía una pasión por la mar. Toda mi familia estaba vinculada al oficio, había un seguimiento generacional. Hoy en día eso se perdió”, lamenta el capitán.

En Galicia, donde la pesca ha sido siempre un oficio que pasa de padres a hijos, un oficio antiguo que forma parte de la propia cultura del país, ahora peligra el relevo generacional. Faltan capitanes, maquinistas, marineros, hasta el punto de que últimamente algunas embarcaciones han tenido que retrasar su salida por falta de personal.

Antonio y Eligio, dos generaciones de capitanes de pesca. / V.R.

Pero, ¿qué ha ocurrido en los últimos años para que los jóvenes ya no quieran dedicarse a la pesca? No existe una única respuesta a esta pregunta. Hasta ahora existía una visión casi romántica de este oficio: las condiciones de trabajo tan duras, con largos períodos de tiempo sin tocar tierra, lejos de la familia… hacen que sea una profesión puramente vocacional. Y mientras los armadores se lamentan por la falta de tripulación joven y cualificada, se da la contradicción de que las escuelas náutico-pesqueras están llenas de alumnos que se quieren dedicar a esta actividad.

Esto es: hay suficientes jóvenes formados, hay vocación, pero un amplio debate en torno a las condiciones de trabajo. Como en muchos otros sectores, hoy los más jóvenes no están dispuestos a trabajar en las mismas (o peores) condiciones que lo hacían sus padres, o incluso sus abuelos, hace 40 o 50 años.

Puente de mando del 'Golden Chicha', pesquero de calamar en Malvinas. / V.R.

Hijo de marineros, Iván estudia ahora en el Instituto Politécnico Marítimo de Vigo para ser capitán de pesca. “Mi padre trabajó de cantero, y cuando pudo, se cambió para la mar porque así ganaba 25 veces más. Hoy los marineros cobran 700, 800 euros al mes… ¿Cómo te van a convencer para que vayas a la mar, si ahora ganas 900 de albañil?”, se pregunta el joven.

La formación que reciben los alumnos de las escuelas náutico-pesqueras les permite a muchos acabar encontrando una salida laboral en tierra, trabajando en talleres o astilleros, por ejemplo. Los sueldos, además, varían en función del cargo y el tipo de barco en el que se trabaje. Javier Touza, presidente de la Cooperativa de Armadores de Pesca del Puerto de Vigo, explica que, según un estudio de la cooperativa, “de media un tripulante cobra en torno a 40.000 euros al año”.

Camarote del capitán del 'Golden Chicha'. / V.R.

En cualquier caso, el problema no se reduce únicamente a una cuestión de salarios. Las condiciones de habitabilidad de los barcos y las largas jornadas de trabajo también son un inconveniente a la hora de atraer a los más jóvenes. “Los barcos están más pensados para trabajar, que para vivir”, opina Óscar, que estudia el FP Dual de Máquinas en el Instituto Politécnico Marítimo de Vigo. “Yo empecé de marinero en el caladero Gran Sol. Allí te pasas tres meses pescando al pincho durante casi 14 horas al día. Te vas con 80 kilos y vuelves con 65”, cuenta el alumno, que pertenece a la cuarta generación de pescadores de su familia.

Y así como los sueldos difieren en función del cargo, las condiciones de vida también varían según el tipo de pesca que se lleve cabo. Los atuneros, en este sentido, son los preferidos: la tripulación faena cuatro meses y pasa otros cuatro descansando en tierra. Suelen tener internet a bordo y, además, las instalaciones “no están pensadas únicamente para gente asiática”, señala David, estudiante de capitán de pesca. “En otras embarcaciones una persona que mida 1,75 metros no entra”, se queja.

Ante la falta de tripulantes jóvenes y formados dispuestos a aceptar estas condiciones laborales, los armadores recurren a trabajadores extranjeros: “En el momento en el que no se encuentra personal para cubrir la explotación, hay que contratar a tripulantes peruanos, indonesios, chilenos…”, explica Antonio. "No puedes rellenar, se necesita un grado de profesionalización muy importante", añade Touza.

Según el capitán, ahora jubilado, otro de los problemas que explicaría la falta de relevo generacional en el sector es que la incorporación al mundo laboral se produce cada vez más tarde. "Cualquier persona que tenga que integrarse en un barco con 35 ó 40 años no aguanta mucho. Para la gente joven, estar encerrados aquí un tiempo es casi inaguantable, hay que estar muy preparado psicológicamente", opina. Aún así, el capitán no se lo piensa dos veces: "Si hubiera una segunda oportunidad, yo volvería a repetir".

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