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Martes, 02 de Junio de 2020

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OPINIÓN

El verano estepario

"Entendí que tenía que callarme: que él no necesitaba traducción para lo que estaba sucediendo"

Ayer estaba haciendo zapping cuando me detuve, más que en la escena de una película, en un momento de mi vida: el final de Blade Runner, de Ridley Scott, cuando Rick Deckard y el replicante Roy Batty están en la azotea del edificio bajo la lluvia, Batty aferrado a su crueldad y a su desazón, diciendo “Yo he visto cosas que ustedes las personas no podrían imaginar. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad de la puerta de Tännhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Y después muere. Vi esa película por primera vez en París. Tenía unos 19 años, debía ser 1987 y viajaba con mi padre por Europa. Todas las tardes él compraba una botella de vino blanco que bebíamos sentados en el balcón de algún hotel, después nos tomábamos otra con la cena, y después nos íbamos de bares. Era un verano estepario y éramos lobos. En Sevilla, un hombre que me doblaba en edad se acercó para invitarme a su departamento y mi padre, que miraba de lejos, no se acercó sabiendo que él me había templado para defenderme sola. En Marsella nos asaltaron. En Barcelona casi nos acuchilla un yonqui. Yo nunca me asustaba y él me miraba con orgullo mafioso, como un dios soberbio que contempla a su criatura que, a su vez, lo contempla y lo ama. Finalmente, llegamos a París. Y fuimos a ver Blade Runner, hablada en inglés, un idioma que yo no manejaba, y subtitulada en francés, un idioma que había estudiado durante siete años. Mi padre usaba una chomba roja que en la oscuridad del cine irradiaba una luz joven, y no entendía ninguna lengua que no fuera el español, así que, en susurros, le traduje la película como él había hecho conmigo cuando yo era pequeña. Hasta que llegó el monólogo final. Entonces él me tomó la mano. Hacía años que no me tocaba. Era una mano suave y matemática, tensa, seca y perfectamente mía. Entendí que tenía que callarme: que él no necesitaba traducción para lo que estaba sucediendo. Y mientras el replicante decía su monólogo sufrí un vahído de fatalidad y supe que, cuando me muriera, muchas cosas también se morirían conmigo. Cosas como esa tarde en París. Después, las luces se encendieron y no quedó allí nada de nosotros. No extraño esa ciudad. Ya volveré. Extraño la mano de mi padre, la certeza de ser un sujeto palpitante y vivo en el centro de una gozosa atrocidad.

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