Viernes, 07 de Agosto de 2020

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OPINIÓN

Casa Patas, o la nostalgia de lo que no se conoce

En todo este tiempo me he preguntado por qué los gobiernos no toman medidas urgentes para apoyar eso que llamamos "la cultura", ese mundo del que forman parte las personas que hicieron que el encierro impuesto por causa del virus resultara menos agobiante

La periodista y escritora argentina, Leila Guerriero

La periodista y escritora argentina, Leila Guerriero / Cadena SER

¿Se puede tener nostalgia de lo que no se conoce, lamentar la pérdida de lo que nunca se tuvo? La primera vez que vi a un bailarín flamenco sobre el escenario fue a los catorce años en un teatro de Buenos Aires y junto a dos personas que están muertas, mi madre y mi tía Nenina, una mujer espléndida que trabajaba de azafata y parecía deslizarse bajo una cúpula de perfume tan rico que daban ganas de morderla. Aquella noche, en el teatro, yo no tenía idea de qué era lo que iba a ver. A veces, en casa, mi madre se quedaba paralizada de éxtasis cuando escuchaba en la radio a un cantante flamenco y decía “Qué maravilla”, como si fuera una reverencia o el saludo adecuado para un dios. Cuando los que cantaban eran Camarón de la Isla o Enrique Morente, esa reverencia parecía hacerla de rodillas aunque no se arrodillara. Mi cercanía con lo gitano era intuitiva, misteriosa, pero sentía que en esas voces de esparto y sangre había algo mío. De todos modos, nada me preparó para lo que vi en el teatro cuando, aquella noche, Antonio Gades bailó Bodas de Sangre por primera vez en Buenos Aires. Salió al escenario con ese porte de rufián gallardo, con esos ojos de gato malo, y empezó a hacer lo que hacía, que era básicamente ser un predador, y yo quedé convertida para siempre a la devoción por un arte del que, sin embargo, no puedo hablar con comodidad. Porque no soy una conocedora del flamenco sino de lo que el flamenco hace en mí. Ver a Gades fue como incorporar una tormenta y, desde entonces, esa tormenta no ha hecho sino crecer.

Ahora, hace unos días, una amiga me escribió para avisarme que cierra el Casa Patas, el tablao más emblemático de la ciudad. Aunque he ido muchas veces a Madrid, no conocí el Casa Patas. En cada viaje me decía “Esta vez voy”. Pero nunca fui. Por falta de tiempo, porque aparecían otros planes. Ahora esta cerrado -la ausencia de turistas, que representaba el setenta por ciento de su público, no les permite seguir sosteniéndolo-, y yo lamento la pérdida de algo que nunca tuve: una noche larga en el Casa Patas, quizás la recuperación de aquel deslumbramiento enceguecedor que viví de chica en Buenos Aires. En todo este tiempo me he preguntado por qué los gobiernos no toman medidas urgentes para apoyar eso que llamamos “la cultura”, ese mundo del que forman parte las personas que hicieron que el encierro impuesto por causa del virus resultara menos agobiante: los autores de los libros, los actores de las series, los músicos de los recitales on line que consumimos los encerrados. Nadie parece estar pensando en ellos. Pero salvar vidas es algo más que salvar cuerpos: uñas, hígados, los pelos. Salvar vidas es salvarlas por completo.

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