Sábado, 11 de Julio de 2020

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OPINIÓN

Los extraños

"A veces siento que si dejara de aferrarme a una rutina de trabajo de catorce horas, sin feriados ni descansos, y me rindiera a la nada o a la holgazanería, sería una máquina de pensar estupideces"

A veces me pregunto cosas anormales. Por ejemplo, qué estará haciendo ahora mismo David Lynch. O cómo hubiéramos reaccionado si esta epidemia hubiera sucedido en los años ochenta. O por qué cuando yo era chica me daba vergüenza que mis padres compraran la marca más barata de cacao en polvo cuando podrían haber comprado la más cara. A veces siento que si dejara de aferrarme a una rutina de trabajo de catorce horas, sin feriados ni descansos, y me rindiera a la nada o a la holgazanería, sería una máquina de pensar estupideces. Nada demuestra que ya no lo sea, claro. Ahora estoy pensando en alguien a quien había olvidado. Mi tía Nenina, prima lejana de mi madre. Era azafata, vivía en un barrio elegante de Buenos Aires, usaba tapados de piel, las uñas pintadas de un rojo sensacional y no tenía marido. Para mí ese combo –tapados, uñas rojas, ausencia de marido- era sinónimo de libertad. Quizás por eso mi padre la odiaba un poco. Decía que hablaba pavadas y que era solterona. Articulaba esa palabra con un desprecio que me daba miedo. Un día encontré una carta en el aparador del living. Era de mi tía y estaba dirigida a mi madre. Pero no la llamaba por su nombre, sino Sangri. Mi madre me explicó, sin darle importancia, que era un apodo que tenía cuando era chica. A mí me dio asco. Había tenido una vida anterior, y allí había sido alguien a quien le decían Sangri. ¿Qué otras cosas me ocultaba, quién era esa mujer que vivía en casa, que decidía ordinariamente sobre lo que me convenía y lo que no? Mi tía Nenina murió joven. La última vez que la vi estaba en una clínica donde llevaba meses internada. La visita terminó pronto porque mi madre tenía opiniones férreas acerca de la cuota de muerte que una chica de quince años podía soportar y poco después, cuando mi tía murió, mi madre la lloró sin énfasis, como las cosas que se han perdido hace rato. Yo no lloré cuando murió mi madre pero, mientras el ataúd bajaba hacia la bóveda, el hombre con quien vivo sollozó como un pájaro al que le están rompiendo el cuello. Reaccioné ofuscada: la había querido tanto y yo no lo sabía. No sé por qué escribo esto. Como les digo, a veces me hago preguntas anormales. Ahora, por ejemplo, me pregunto quiénes son los extraños seres que me criaron, el extraño ser que vive conmigo. A veces siento que hace demasiado tiempo que no los veo. A veces, que nunca los vi. Se dice que por estos días vivimos encapsulados, inmersos en una tierra rara, sólo nuestra. Pero quizás esa fue la forma en que vivimos siempre.

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