Martes, 04 de Agosto de 2020

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"¿A qué edad se le puede decir a un niño que debe desconfiar de los adultos?"

El miedo tiene muchas formas. La más exitosa combina dos vertientes: una concreta y otra fantasmal. El resultado es un miedo absoluto que hace que, aún cuando el individuo no esté sometido a la situación que le infunde terror, continúe aterrado por amenazas fantasmales de diversa índole. Por ejemplo, frases del tipo: “Si contás lo que sucedió, te van a pasar cosas horribles a vos o a tu familia”. El individuo no sabe cuáles son las cosas horribles que podrían pasarle, pero no logra salir del círculo del miedo: el componente fantasmal ocupa hasta el último resquicio de su razón. Sobre todo si el individuo tiene tres o siete o doce años. No hay manuales para infundir un miedo de esta categoría, pero los predadores sexuales de niños parecen tener las instrucciones tatuadas en los genes. El abuso sexual infantil sólo puede ejercerse porque, entre el abusado y el abusador, hay una relación asimétrica: de edad, de experiencia, de poder. En este mismo momento, miles de chicos están encogiéndose en sus cuartos porque escuchan los pasos de su predador acercarse por el pasillo. Y no pueden hacer más que eso, encogerse y esperar, paralizados por el miedo fantasmal que amenaza con que algo terrible sucederá si hablan, si cuentan que papi o el abuelo o el tío o el profesor les hacen tal cosa. Pero se pone peor: porque, de hecho, es posible que ya hayan hablado, que le hayan contado lo que sucede a mami o a la maestra o a la abuela. Y es posible que mami o la maestra o la abuela no les hayan hecho mucho caso, o les hayan ordenado callarse para evitar que la policía se lleve a papi de casa, o les hayan sugerido no decir nada si no quieren ser el hazmerreír del colegio. Acaba de estrenarse en Netflix el documental Gimnasta A que relata cómo el médico Larry Nassar abusó de cientos de niñas y adolescentes del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos, y la forma en que entrenadores y federativos del comité olímpico hicieron caso omiso de las denuncias en contra de Nassar, que datan de 1997. Es bueno que documentales así pongan en evidencia el nivel de impunidad al que llegan estos predadores e instalen el tema en la conversación pública, pero yo intento verlos sin sentir que sólo por eso, por verlos, estoy haciendo algo importante para impedir el abuso de chicos y no simplemente apretando botones en un control remoto. Hay algo que me pone incómoda en todo este asunto: el abuso no es perpetrado por un adulto sino por varios: por el abusador pero también por quienes lo ocultan o son indiferentes. Se dice que hay que enseñar a los niños que ciertas partes de su cuerpo son privadas, que nadie tiene derecho a tocarlas. Eso es algo que cualquiera puede aprender. Pero ¿a qué edad se le puede decir a un niño que debe desconfiar de los adultos? No sólo de quienes lo manosean y lo penetran sino de quienes no hacen nada por él, de quienes no lo escuchan. O sea, ¿de casi todos?

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