Miércoles, 02 de Diciembre de 2020

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'La carretera', un angustioso viaje hacia la esperanza

Una novela durísima, triste y desasosegante, que nos habla de nosotros mismos desde un territorio devastado y apocalíptico

Cormac McCarthy nació en Rhode Island, Estados Unidos, en 1933. Las circunstancias de su biografía se hallan envueltas en la leyenda: no concede entrevistas, se dice que vivió bajo una torre de perforación petrolífera y que en su juventud llevó la vida de un vagabundo.

Está considerado como uno de los más importantes escritores estadounidenses de la actualidad, desde la publicación en 1992 de 'Todos los hermosos caballos', ganadora del National Book Award y después con la publicación de 'En la frontera' y 'Ciudades de la llanura'. Es autor, además, entre otros, de 'Meridiano de sangre' o 'No es país para viejos'.

'La carretera' se publicó en 2006 y ganó el Premio Pulitzer en 2007. Es una novela durísima, triste y desasosegante, pero a la vez es una de esas obras que rompe nuestro hielo y que nos habla de nosotros mismos desde un territorio devastado y apocalíptico.

Rafael Lemus señala que Cormac McCarthy es un narrador enorme, tocado por la gracia y 'La carretera' es una novela mayor. No hay salud ni voluptuosidad ni optimismo en este libro. Hay –como siempre, pero más que nunca, en McCarthy– un exasperante ánimo apocalíptico. Hay un ethos agónico que termina por devorarlo todo.

Dos personajes y un mundo devastado

¿Qué elementos son arrasados en 'La carretera'? Los nombres propios y los flujos de conciencia. La tentación sociológica y las digresiones costumbristas. Las explicaciones sobre casi cualquier cosa y casi todo artificio novelesco. Queda apenas algo: dos personajes y un mundo devastado.

Los personajes: un padre y un hijo que caminan a lo largo de una carretera, rumbo al sur, en busca del mar y de un cielo menos hosco. El mundo: un desierto postapocalíptico atravesado por unos cuantos sobrevivientes y sobrevolado, oprimido, por una densa nube de cenizas. Desconocemos las razones del ocaso, observamos solo los escombros.

La narrativa de McCarthy es despojada y vertiginosa. Pensaba Adorno que “en ninguno de sus elementos es el lenguaje tan musical como en los signos de puntuación”. McCarthy se obstina en creer lo contrario: una escritura que prescinde, casi enteramente, de paréntesis y comillas y guiones y comas. Porque McCarthy se bate contra el artificio. Suprime las comas y más que escribir, parece transcribir las palabras que el mundo –el desierto, la frontera– le dicta brutamente.

'La carretera' es la constante. Es un personaje vivo: se mueve, lleva en su lomo a los que huyen, a los que quieren encontrar, por ejemplo, el mar. A los que se someten al terror que les comunica la realidad. Y la realidad es el silencio o el extraño ruido de algo que no se ve, de algo que acecha, como un asesino.

Ruinas, cuerpos quemados, huesos visibles... una novela que anula el optimismo

Alberto Hernández señala que la novela anula el optimismo. En la tierra no hay nada. Solo ruinas. Escombros. Cuerpos quemados. Huesos visibles. Vehículos abandonados. Edificios fantasmales. Alimentos ocultos que palian por un tiempo el hambre de los que recorren la carretera en búsqueda de los “buenos”, porque los malos son capaces de comérselos. Es decir, hay otros seres humanos que andan con el mismo objetivo: mantenerse vivos en medio de esa destrucción que no se sabe quién la provocó porque en la novela, el narrador, no lo dice.

Pudo haber sido una explosión nuclear. Una guerra de exterminio. Un gran incendio global. Un cometa contra la Tierra. Solo se sabe —lo advierte el lector— que la esperanza anda en esos cuerpos andrajosos, sucios, enfermos flacos, casi vencidos. Sin embargo, la carretera es el futuro, la línea que los podría conducir al encuentro con otras personas, con alguna ciudad que, aunque no se diga en la narración, podría estar presente en el fondo de quienes anhelan seguir viviendo.

Como señala José Antonio Millán Alba, la narrativa contemporánea abunda en relatos de viajes, la mayoría de las veces en busca de un origen o de una memoria y una identidad, personal o colectiva, todavía por encontrar. 'La carretera' muestra, en cambio, un angustioso viaje de supervivencia en un mundo dominado por la muerte, pero participa de esa búsqueda de identidad, de ese espacio del otro con el que vivir que es propio de la narrativa posmoderna.

Un angustioso viaje de supervivencia en un mundo dominado por la muerte

Este viaje es, por otra parte, hacia el sur, un espacio mítico acuñado por las literaturas románticas y simbolistas. En el viaje de 'La carretera' ese carácter mítico se redobla, porque, como en una epopeya prehistórica o futurista, o en un relato onírico, padre e hijo son los portadores del fuego, sin el cual no hay vida, lo que les confiere cierta dimensión sacra.

Aunque la impresión superficial lleve a pensar que McCarthy ensaya un estudio humano sobre el nihilismo, existe una vaga religiosidad que deja un resquicio abierto para la esperanza. Esta religiosidad se basa en su hijo, del que el hombre piensa que "si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca".

En varias ocasiones el hombre pone en duda esta esperanza, llegando a pensar incluso que es preferible la muerte a la supervivencia; se trata en todo caso de la muerte y de la supervivencia propia, porque sabe que ante todo tiene que proteger a ese niño que es el guardián y el responsable de la escasa humanidad que queda en el mundo, un niño bueno y confiado a pesar de haber nacido y de haberse criado en un entorno hostil. Esta es la esperanza, simbolizada en el niño, que cierra 'La carretera', la esperanza de que todavía es posible que el hombre reconstruya su presente, que vuelva a levantar su futuro.

'La carretera' puede leerse también como un relato alegórico de la ausencia y la presencia del amor humano, vinculado al amor de Dios y a su capacidad creadora.
Llama la atención que en todo el relato apenas haya referencias de orden cultural, ni tan siquiera para mostrar el fracaso de una hipotética visión humanista del mundo. La que hay es profundamente despectivo, el recuerdo de una biblioteca, como si la sabiduría humana y sus promesas de felicidad contenidas en los libros fuesen una mentira tan infatuada como esos mismos los libros que siempre aparecen hinchados por el agua.

Otro aspecto destacado es el del llanto. Hay dos tipos de llanto en el texto que se dan predominantemente en el chico: uno producido por el miedo, y otro producido por la compasión. Bondad y Belleza pueden conmovernos hasta lo más íntimo, pero para ello es primero preciso que brillen con todo el fuego de lo valioso, y luego que su voz (de nuevo la conjunción fuego-luz-palabra) resuene en nosotros, para lo cual es sin duda necesario tener la capacidad de escucharla.

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