Domingo, 27 de Septiembre de 2020

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Antropología

¿Qué nos hace humanos a los humanos?

Exploramos el concepto de Antropoceno y charlamos con María Martinón para conocer mejor nuestra naturaleza humana

Recreación de un enterramiento en el Parque Arqueológico de Atapuerca, Burgos

Recreación de un enterramiento en el Parque Arqueológico de Atapuerca, Burgos / Getty Images

El impacto de las actividades humanas en el planeta Tierra es tal que en una conferencia en México en el año 2000, el premio Nobel de química Paul Crutzen sugirió el término Antropoceno para referirse a la era geológica en que vivimos. Desde entonces, el concepto se ha popularizado y, como nos cuenta Javier Armentia, es la propuesta de la comunidad científica para dar por finalizado el Holoceno, la época actual del período cuaternario terrestre. Esta última época engloba unos 11700 años, desde la última glaciación hasta hoy, cuando el debate para cerrarla continúa abierto.

En el centro de la propuesta para cambiar de época geológica se encuentra la revolución industrial, que comenzó en el siglo XVII en las islas británicas. Las consecuencias de nuestra actividad productiva y del desarrollo que comenzó entonces son evidentes ahora en el medio terrestre. Tanto es así que el biólogo Edward Wilson plantea que los cambios del planeta que caracterizan al ser humano y al Antropoceno conducen rápida e inexorablemente a un nuevo cambio, el Eremoceno, la era de la soledad o, como dice María Martinón, la edad de “los paraísos asfaltados”.

Un clásico del cine como ‘Tiempos modernos’ de Charles Chaplin, estrenada en 1936, ilustraba ya el ritmo frenético del sistema productivo heredero de la aplicación de una de las invenciones de la revolución industrial: la fabricación en líneas de montaje. Ya en nuestro siglo, el fotógrafo Edward Burtynsky, viajó por todo el mundo y retrató los cambios en el paisaje que se producen como consecuencia del desarrollo industrial, en un testimonio recogido por el documental ‘Paisajes transformados’, dirigido por la canadiense Jennifer Baichwal y estrenado en 2006.

Para entender mejor qué nos hace diferentes a los seres humanos y por qué somos capaces de producir todos estos cambios, charlamos con María Martinón, médica, paleoantropóloga y directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana. María nos explica en primer lugar la condición “eusocial” de nuestra especie, compartida únicamente con otra veintena de animales, entre los que se encuentran las hormigas, termitas, abejas, algún crustáceo y mamíferos como las ratas topo lampiñas. Los animales eusociales comparten algunas características: un hogar, algún desde el que orientarse y al que regresar; el cuidado aloparental, en el que los padres no son los únicos que se ocupan de las crías de la especie; y una división de roles que organiza la sociedad. En el caso de los humanos, es especialmente reseñable el papel de las abuelas y abuelos en el cuidado de nuestros descendientes y en la vida en el hogar, donde llegan a convivir tres y hasta cuatro generaciones. Además, nos explica que vivimos más “a expensas de haber aumentado los períodos en que no somos fértiles: la niñez y el momento en que se tiene el último hijo, a los 40 años de media”. Una vida tan larga nos permite, entre otras cosas, desarrollar relaciones profundas entre nosotros. El antropólogo Robin Dunbar estima que podemos mantener hasta 150 relaciones plenas, un número muy alto, aunque limitado. María nos cuenta que la importancia de nuestra condición social se refleja incluso en el grosor de la corteza cerebral: “una de las fuerzas conductoras de la evolución de nuestro cerebro ha sido esa necesidad que tenemos los humanos de preocuparnos por los demás humanos”.

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