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Opinión

Segunda ceremonia fúnebre en la Plaza de la Armería

La desastrosa relación entre los asistentes a la ceremonia fúnebre de ayer en la Plaza de la Armería del Palacio Real no puede ser un problema añadido, pero hoy por hoy lo es

En el plazo de tres meses, la Plaza de la Armería del Palacio Real ha sido escenario de dos ceremonias fúnebres, la primera el 16 de julio por las víctimas del coronavirus y la segunda ayer, por la unidad nacional difunta, a la que los asistentes lloraron con lágrimas de cocodrilo convocado bajo el sardónico lema de Fiesta Nacional.

Segunda ceremonia fúnebre en la Plaza de la Armería

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El acto no podía engañar a nadie. La gravedad de los rostros, las lúgubres conversaciones a media voz, la incomodidad general, lo delataban. Todos hubieran preferido estar en otra parte. No es agradable el espectáculo que ofrecen las líneas de relación institucional quebradas o a punto de quebrarse con la jefatura del Estado.

El Poder Ejecutivo, el Poder Judicial y las comunidades autónomas en conexión o precaria o insegura o fallida. Fue una ceremonia muy triste porque los muertos que se recordaron el día 16 de julio los habían matado un virus. Pero a la unidad nacional, que es una primera necesidad en este tiempo de emergencia, la han eliminado los mismísimos encargados del bien común, sin quitarse ni el término bien común ni la palabra unidad de la boca.

A la misma hora, por el centro de Madrid. Centenares de coches atronaban con sus bocinazos mientras sus ocupantes estallaron ondear banderas de España, de una España a la que no le cabe media España ni una escena bastante inquietante. Dos grupos de jóvenes con enseñas y distintivos propios desfilaban por la Castellana entre gritos patrióticos e instrucciones militares. No es cosa de sacar las cosas de quicio, pero tampoco de confiarse.

Vamos por muy mal camino y los tiempos difíciles están lejos de pasar. La nueva ola de la pandemia ya está aquí y, según las últimas noticias, las ayudas europeas van a ponerse más difíciles de lo que esperábamos. La desastrosa relación entre los asistentes a la ceremonia fúnebre de ayer en la Plaza de la Armería del Palacio Real no puede ser un problema añadido, pero hoy por hoy lo es. 

 
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