Martes, 11 de Mayo de 2021

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Inmigración

El vecino que de verdad "quiso acoger"

Josep Riera, de 77 años, ha abierto las puertas de su casa en Torroella de Montgrí (Girona) para ofrecer vivienda, comida y "una familia" a ocho personas migrantes con las que convive

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Si tanto te gustan los inmigrantes, mételos en tu casa”, dicen algunos. Pues bien, es exactamente esto lo que lleva haciendo Josep Riera desde 2008. Este vecino de Torroella de Montgrí (Girona) a sus 77 años ha decidido compartir su vivienda con otras ocho personas migrantes. Son todo chicos, algunos de ellos refugiados o sin papeles, que no tenían un lugar donde vivir hasta que Josep se cruzó en sus vidas. Él les ofrece una habitación, comida y “una familia” a cambio de un pequeño alquiler de no más de 150 euros para quien pueda pagarlo. Quien no puede, no paga. Y es así precisamente como actualmente están cinco de las ocho personas que conviven con él.

La de Josep es una casa de pueblo, antigua, situada en el centro. Es el lugar donde este vecino de Torroella de Montgrí nació, creció y se crió, ya que la compraron sus abuelos allá por el año 1920 y luego perteneció a sus padres. La vivienda tiene dos pisos y un pequeño patio, donde Josep ha acondicionado un par de habitaciones para los migrantes. En torno al salón y la cocina, como en cualquier hogar, se organiza la vida. Funcionan como una gran familia: a veces uno hace la compra, otro limpia, otro cocina... No hay ninguna norma escrita más allá del respeto y la solidaridad.

Una vida dedicada a los demás

“¿Si no sirves, para qué sirves?”, se pregunta Josep como un mantra que ha marcado toda su vida. Ya desde muy pequeño, a los 11 años, comenzó trabajando como voluntario en un cine infantil. Más adelante trabajó en el campo, en la construcción, en un almacén de madera, en un taller de artes gráficas y hasta en el mismo ayuntamiento de Torroella. Nada le llenaba tanto, sin embargo, como sus activdades de voluntariado. Para él el verdadero sentido de la vida es servir a los demás y compartir.

La cocina es una de sus aficiones. Dice que es una de las mejores formas de sensibilizarse con los gustos y cuidar de los demás. Quizás por eso Josep presume de que puede estar un mes seguido cocinando sin repetir ningún plato. A sus compañeros de casa de vez en cuando les hace fideuà, arroz, paella... cocina típica catalana. Aunque ahora, con la edad, deja cada vez más que sean los africanos que viven con él los que cocinen.

Josep, de lo que se queja, es de cómo se ha perdido el sentido colectivo de la vida, el barrio, la calle como un lugar de encuentro y de convivencia. Cuenta que cuando él nació, Torroella era un pueblo muy pequeño donde las mujeres salían a coser a la calle, a preparar la comida. Se sentaban frente a la puerta y charlaban mientras limpiaban y cortaban las verduras. Y para los niños, la calle era la mejor escuela de la vida.

En aquellos tiempos la mayoría de la gente vivía del campo, pero lo que ahora añora Josep, y por esto también hace lo que hace, es el contacto entre los vecinos, las puertas de las casas abiertas, el cómo se ayudaban unos a otros. Y frente a esta situación, cuando hoy algunos vecinos le preguntan si a su edad no tiene miedo de vivir con tantos desconocidos en su casa, Josep siempre les responde lo mismo: los chicos tampoco lo conocían a él, y bien que entran a vivir a su casa. El riesgo es para todos el mismo.

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