Miércoles, 29 de Septiembre de 2021

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Abejas y música bajo un fresno

Alejandro Ovejero decidió dejar Morgan, las giras y los discos para irse a vivir al campo y trabajar como apicultor con más de 600 colmenas repartidas por el Parque Natural de Guadarrama

Alejandro Ovejero era el bajista de Morgan. El mes de octubre del año 2019, cuando el reconocimiento de la banda crecía y crecía y empezaban a gestarse planes para un nuevo disco, Alejandro les comunicó que no podía seguir, que una vez acabada la gira, se iría a vivir al campo y trabajaría como apicultor. “Claro, fue un mazazo, porque era como romper la familia”

Alejandro había nacido en Madrid, era del barrio de Hortaleza. Nunca había tenido animales, nunca se había interesado por las abejas, nunca se le había pasado por la cabeza ir a vivir al campo. Su mundo era la música.

Todo empezó con dos pequeños teclados infantiles que le regalaron el día de su primera comunión. Luego llegó la guitarra. No mucho después, un amigo del barrio, Javier Casas, Javo, “que tocaba con un par de amigos, se quedó sin bajista. Y me dijeron, tú que te gusta trastear, vente y pruebas. Y a partir de ahí estábamos todos los días tocando en el local”

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Alejandro y Javier, que siguen siendo amigos y comparten un proyecto vital ligado a las colmenas, se pasaron 13 años grabando discos y haciendo giras con Inlogic. Era una banda, como la mayoría de las bandas, que se abría camino con dificultad y que obligaba a hacer de todo y a compatibilizarlo con todo tipo de trabajos. “Te decías, ¡joder no gano un pavo y estoy todo el puto día en la carretera tocando!”.

Alejandro también tuvo una banda que se llamaba Libens, formó parte de Dinero, hizo algunas sustituciones con Malú y empezó a sentir los efectos de eso que llaman éxito como parte de Morgan. “Todos los conciertos que se hacía muy emotivos. Ekain, el batería decía, vamos a hacer el Sol. ¿Cómo vamos a hacer la sala Sol? Tú estás loco, si es grandísima. ¡Lleno! Vamos a hacer el Teatro Lara. ¿Pero cómo vamos a hacer el Lara? ¡Dos Laras! Y dos Circo Price y dos Riviera... Se han ido cumpliendo sueños constantemente. Y cuando aparece lo que has estado soñando toda tu vida, de repente el destino te coge y te dice, que no, que es que no vas a ser feliz, que es que tu camino es otro”.

Alejandro Ovejero decidió dejar Morgan, las giras y los discos para irse a vivir al campo y trabajar como apicultor junto a su amigo Javier. Tienen alrededor de 600 colmenas repartidas por el Parque Natural de Guadarrama, la sierra de Ayllón, los arribes del Duero y el Monte Caxado, en Galicia. Practican la apicultura orgánica, se dejan guiar por el calendario biodinámico y comercializan sus productos bajo la marca “Amor y Miel”. Pero no todo es idilio con el mundo de las abejas. “No es una maravilla – cuenta Javier- Es mucho esfuerzo, muchas horas, viajes, un trabajo muy físico y mental. Que tú no abres una colmena y sacas miel”. Están las bajas producidas por la varroa, una garrapata roja que esquilma las colmenas, los efectos de la climatología, los ataques de los abejarucos, los imprevistos, la burocracia, la competencia de mieles que no es miel...”. Si alguien quiere empezar en esto, hay que decirle, - piénsatelo muy bien, porque esto no es un proyecto de trabajo, es de vida”.

Alejandro dejó Morgan, los conciertos, los discos, la parte más o menos pequeña o grande que le correspondía de notoriedad e irremediablemente, sigue haciendo música. “Sí, quedo con unos amiguetes y tocamos. Amigos de toda la vida, de la época de Inlogic. Nos tomamos un par de cervezas y tocamos un poco. Es algo que necesito hacer. Hacer giras es muy bonito, pero no lo necesito. Sí que necesito tocar. Es algo que llevo dentro y que no puedo dejar de hacerlo. Es algo que me pide el organismo".

Sonará exageradamente bucólico, pero Alejandro y Javier Ovejero nos recibieron en un colmenar asentado en medio de altas hierbas agostadas. Ladera abajo corría el arroyo de Matarrubias, las vacas pastaban frente a las cumbres de Guadarrama, las zarzas rebosaban por encima de las cercas de piedra, el tomate y la judía maduraba en el huerto y las gallinas y las ocas rebuscaban entre la tierra.

Tres días antes, Alejandro había compuesto una canción, “Las paredes del mundo”. La cantó bajo un fresno, el micrófono apoyado precariamente sobre un palé asentado sobre las alzas de una colmena.

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