Domingo, 23 de Enero de 2022

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Coronavirus Covid-19

Las residencias de ancianos después de la pandemia: "Somos una generación de resistir"

Con la tercera dosis de la vacuna contra el coronavirus ya puesta, la vida de los abuelos que residen en estos centros va recuperando la normalidad. Hemos pasado una mañana en la residencia de mayores de Vallecas, en Madrid. Nos han contado qué fue lo más duro de aquellos meses de aislamiento total

El coronavirus se ha cebado con los ancianos desde que empezara la pandemia. Más de 30.000 personas mayores que vivían en residencias han muerto desde marzo 2020. Según datos del Imserso -actualizados hasta el 17 de octubre de 2021- de esos 30.600 fallecidos, a 20.000 se los ha llevado la COVID y otros 10.000 han muerto por síntomas asociados al virus.

"Trabajábamos sin descanso, para cuidarles, para que se sintieran acompañados"

Estos centros se cerraron durante meses para proteger la vida de los más mayores, pero el coronavirus ya estaba dentro. A partir de ahí, al igual que sucedió en los hospitales, los trabajadores tuvieron que afrontar día a día la vileza de un virus que ha causado un profundo sufrimiento en miles de familias. Los ancianos se enfrentaron a un confinamiento que, en su caso, ha durado aún más tiempo. La ausencia de la familia, una desescalada muy rigurosa, protocolos anticovid que hoy -algo más flexibles- siguen en vigor en la mayoría de residencias de nuestro país.

Esta semana hemos visitado la que hay en Vallecas, en Madrid. Es un centro público en el que viven 148 personas que ya han recibido la tercera dosis de la vacuna y están a punto de ponerse la de la gripe. "Como somos mayores, nos toca primero", comenta uno de los abuelos. El ruido es lo que más llama la atención al entrar y es que las auxiliares están preparando la fiesta de otoño y también la decoración para un cumpleaños. Es la prueba de que la normalidad está regresando poco a poco. Y, ¿en qué se parece esta vida a la que llevaban los residentes en la prepandemia? "A la libertad para poder salir, para poder visitar a sus familiares y a llevar una vida dentro de la residencia lo más normal posible". Ricardo Miguélez es el director del centro. "Para mí uno de los momentos más complicados fue abandonar mi trabajo porque me contagié. Sentí que dejaba en la estacada a mis compañeros". Ricardo nos hace de guía y nos explica cuál ha sido la enseñanza que le ha dejado la pandemia: "Somos insignificantes frente a la madre naturaleza. Pensamos que nunca viviríamos pandemias como las que ha sufrido la humanidad en el pasado, pero nos equivocamos". Para él, el momento más feliz fue el día que recibieron las primeras vacunas: "Fue un momento muy emocionante".

"Somos una gran familia. Somos una generación de resistir"

En uno de las salas de estar de la residencia nos esperan once personas. Son ancianos que han vivido prácticamente de todo y que en los últimos meses se han enfrentado a momentos de mucho miedo e incertidumbre. Entre estas personas está Nicanor, es famoso porque fue el primero en recibir la inyección contra la COVID en la Comunidad de Madrid. "Fue casualidad. Salí en la tele, es lo que tiene ser el primero", asegura entre risas. Para Nicanor lo peor han sido las semanas de confinamiento, "ha sido demasiado tiempo en la habitación. Estaba uno muy quemado". El aislamiento ha sido, sin duda, uno de los peores momentos. "Llevamos 62 años casados y sólo nos hemos separado en esta pandemia". Josefa lleva 5 años viviendo aquí, lo hace con su marido Eutimio. "Dio positivo y la doctora decidió separarnos por seguridad. Yo lo llevaba mejor que él". Estuvieron cada uno en una habitación dos semanas, pero a Eutimio le pareció el doble de tiempo: "Hablábamos todo el rato por teléfono y nos preguntábamos de puerta a puerta cómo estábamos". Al lado nos encontramos a Josefina. Perdió a su marido por culpa del coronavirus. "Le echo de menos. No pude despedirme de él. No hemos podido hacerle el funeral, no encuentro el momento". Es el testimonio que representa la parte más cruel de esta pandemia, los fallecidos.

Han estado meses sin abrazos, sin besos; carencias que hacen mella, pero que han superado gracias a la gran familia que los acompañó y, sobre todo, les cuidó. Ino es la coordinadora social de la residencia. "Trabajábamos sin descanso, para cuidarles, para que se sintieran acompañados". Lleva 25 años trabajando en esta residencia, es toda una institución. "Algunas hemos dormido aparte del marido. Sin ver a los hijos y sin visitar a los padres. Hay mucha gente que no es consciente de lo que hemos pasado porque no lo han visto", afirma. Los abuelos se sienten arropados por el personal, "somos una gran familia. Somos una generación de resistir".

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