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Heinrich Kramer, escritor antibrujas

El escrito alsaciano es el último protagonista de nuestra sección de historia

Kramer dedicó parte de su obra a las brujas / GETTY IMAGES

Vamos a ver un poco la biografía de Heinrich, que explica bastante de su faceta como escritor antibrujas. Nació en la región de Alsacia, que es esa región de habla alemana que ahora está incorporada dentro de Francia, hacia el año 1430. Parece ser que de joven se hizo fraile de la orden dominicana, que había sido fundada un par de siglos antes y que se había ganado la fama como perseguidores de herejes, dentro de la institución de la Inquisición.

Que en un principio una Inquisición era algo temporal, pero se fue convirtiendo en una institución fija, una que inspiraba bastante miedo en la población. Heinrich mismo fue nombrado inquisidor en 1474, para una zona que ocupa lo que ahora sería parte de la república Checa y parte de Austria. Según parece, era un predicador bastante elocuente, y se ganó la confianza del obispo de Salzburgo.

Aprovechó su estatus dentro de la estructura eclesiástica para hablar con el papa Inocencio VIII para convencerle de la urgencia de publicar una encíclica contra un mal que la iglesia tenía abandonado: el de la brujería. Así que el día 5 de diciembre de 1484, Inocencio publicó la carta a sus fieles titulada Summis desiderantes affectibus, que quiere decir “deseando con supremo ardor”.

Lo que debía desear con supremo ardor Heinrich es que ardieran todas esas brujas que estaba convencido que se estaban expandiendo por la orilla del Rin. La encíclica pedía a las autoridades locales que colaboraran con la iglesia en su persecución de brujas y brujos, que según Kramer, eran un peligro aún mayor que el de la herejía.

Se habla de brujería en el antiguo testamento, y es algo que perduró en la cultura popular durante siglos, pero no había sido objeto de una persecución especifica por parte de la iglesia. De hecho, a menudo había una cierta confusión entre herejía y brujería, pero lo que sí que tenemos que tener presente es que la propia iglesia creía en la magia y en la posesión infernal, igual que creía en una magia blanca y en la posibilidad de sacar a esos demonios de los cuerpos de los fieles gracias a los exorcismos.

Así que armado con la autoridad papal, Kramer se fue a Innsbruck, como jefe de una comisión inquisitorial que debía llevar a todas esas brujas ante la justicia. Y ahí se encontró con 14 personas que consideró que estaban practicando la brujería, pero una en particular ha pasado a la historia: Helena Scheuberin.

Sin Helena, es probable que no hubiese habido libro. Me explico. Helena estaba casada con un próspero comerciante de la ciudad, pero al inquisidor no le hizo ninguna gracia su insolencia, y la acusó de estar detrás de la muerte de un caballero llamado Jorg Spiess. No había absolutamente ninguna prueba de su autoría, ya que Heinrich afirmaba que lo había matado usando la magia.

Además, Kramer afirmó que era “una mujer agresiva e independiente, y que lo había escupido y maldecido en la calle”. También dijo que estaba animando a la gente a no asistir a sus sermones, y que había interrumpido uno de los mismos diciendo que Kramer era un hombre malvado y que estaba asociado con el demonio.

El juicio contra ella se centró mucho en las supuestas actividades sexuales de Helena, que ya de por sí eran un indicio de mujer aliada con el demonio. Pero por mucho que insistiese Kramer, y por mucho que la mentalidad de la época diera crédito a este tipo de afirmaciones, el obispo afirmó que el inquisidor había hecho muchas presunciones que no había demostrado y que se había mostrado obsesionado con la vida sexual de la acusada.

Pese a este bofetón de su superior, Kramer se quedó un tiempo más en Innsbruck para interrogar brujas y buscar pruebas de su culpabilidad, pero al final el obispo se hartó de su presencia y le ordenó que se largara. Los juicios quedaron en suspenso, las acusadas fueron liberadas y Kramer se vio obligado a volver a Colonia, de donde había venido.

Los inquisidores de la ciudad no sólo se negaron, sino que afirmaron que metodología que defendía en el libro era ilegal y falta de ética. Entre otras cosas, el libro decía que el castigo para la brujería debía ser el mismo que para la herejía: la muerte en la hoguera. Y todo esto porque el Kramer veía la necesidad de justificar sus actos en Innsbruck y quería dejar claro que la brujería era algo muy real. Y lo normal habría sido que un libro escrito con esta motivación cayese en el olvido o en el ridículo, pero pasó justo lo contrario.

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