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Jueves, 22 de Agosto de 2019

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Cataluña, Esperanza, Carrillo... y el Jockey

Estos son días intensos. Esperanza Aguirre dimite, Cataluña marcha masivamente por la independencia, el Rey se manifiesta con una carta digital que apela al espíritu de la Transición y, horas después, muere uno de los emblemas de la Historia de España y de su Transición: Santiago Carrillo. El mismo día, además, se anuncia (aunque ya nos lo temíamos) el cierre definitivo de otro emblema de la historia gastronómica española: el Restaurante Jockey. En 1945, antes de que terminara la II Guerra Mundial y cuando España aún vivía en plena posguerra, Clodoaldo Cortés (padre de Luis Eduardo Cortés, actual vicepresidente de IFEMA y ex miembro del Partido Popular) inauguró este establecimiento basándose en el modelo de un club inglés. El Jockey fue el restaurante de la alta sociedad y la Casa Real. De hecho fue el encargado de preparar el banquete nupcial del Príncipe Felipe y Doña Letizia, en el que se sirvieron capones palentinos de Cascajares. El amor real a estos fogones se ha mantenido hasta el último momento. Cuando el pasado año fue cerrado temporalmente por reformas, el restaurante siguió trabajando para la Zarzuela, que suele encargar siempre ahí sus cenas o comidas con delegaciones extranjeras u otros compromisos gastronómicos. El restaurante Jockey forma parte de la historia de la sociedad española, de la política y, por supuesto, de la gastronomía. Por sus puertas entraron los más refinados platos de gusto burgués de Francia, Italia o Inglaterra. Entre los más memorables, el tuétano con foie gras y puré de patata, el clásico solomillo Wellington, la pularda asada a La Broche o la perdiz estofada. Por sus mesas pasaron artistas como Grace Kelly y Frank Sinatra, políticos del más duro franquismo y de la más ilusionante Transición, importantes empresarios, periodistas y otros muchos personajes más que, junto con el restaurante, ya han pasado a la Historia. Cuando pregunto a uno de sus asiduos clientes el motivo del cierre, me responde que está claro: “No iba nadie”. Y de nada sirvió el apoyo de las guías gastronómicas, ni de los antiguos clientes ni de los críticos gastronómicos que lo consideraban “histórico”. Nada. La gente, simplemente, ya no iba. La sociedad cambia y la gastronomía también. Como lo deberían hacer los políticos y algunas instituciones, que pueden resultar tan trasnochadas como un plato de caza con plumas o un camarero estirado sirviendo la mesa con guantes blancos.

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